viernes, 12 de abril de 2013

Alors...

- No sé si te lo he contado alguna vez, pero durante mucho tiempo creí que la Marsellesa empezaba "Alors, enfants de la Patrie", en lugar de "Allons...". Y me parecía que tenía sentido... Quiero decir, le intuía un significado... que no es el que tiene si lees lo demás, claro, pero sólo tarareas los dos primeros versos, así que nunca te enteras.
- ¿"Alors, enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé"?
- Parecía una llamada a la reflexión nacional: "Pues bien, hijos de la Patria, el día de gloria ha llegado..."
- ¿"...id vosotros que yo estoy muy cansado"?
- No, no, más bien: "...estamos en nuestro momento de gloria, estamos tocando techo como nación y a partir de ahora -no os dejéis llevar por la euforia, por la música triunfalista y toda esa fanfarria- a partir de ahora todo va a ser una larga cuesta abajo"
- "... hasta que llegue Robespierre y os guillotine a todos."
- Pues sí.
- Mola. Igual se pueden hacer más versiones así... ¿qué tal "dehors, enfants de la Patrie", por ejemplo? "Restez dehors, enfants, escondeos que nos vamos a enfrentar a la tiranía, que está izado el pabellón ensangrentado y no queremos a niños jugando por aquí..."
- Pues es otro himno con el que estaría de acuerdo. Más que con el de verdad, de hecho. Es el himno de un país que se preocupa por tí en vez de darte ánimos estúpidamente para que te mates por él, es básicamente un primer paso hacia el estado de bienestar.

jueves, 28 de marzo de 2013

Los bucles son otro tipo de instantes infinitos


Madurar viene a ser una profecía autocumplida que consiste en convencerte de que lo has hecho; por eso es peligroso saber dónde has dejado escondido tu diario de hace diez años.
En mis sueños escribo y soy feliz. En la mayor parte de ellos es lo único que hago, aunque en otros incluso tengo novia. Cuando recuerdo los sueños de mi padre escribo, estudio ingeniería de Caminos y soy feliz (me da tiempo a todo, son sueños largos). Por supuesto, no soy tan feliz como si lo único que hiciera fuera escribir, pero si infinitamente más que si sólo me dedicara a la ingeniería.
Cuando despierto de mis largos sueños son las ya once o las doce de la mañana. Hace quince días que me prometí madrugar, y de hecho programé la alarma del teléfono móvil para que sonase a las ocho. Las primeras mañanas no reconocía el sonido y despertaba a toda la casa; lo apagaba mi padre, cabreado, pero por lo menos luego llegaba a tiempo al trabajo. Luego ya aprendí a silenciar la alarma durmiendo, y a levantarmea las once o a las doce.
Casi prefiero estar dormido a estar despierto, porque me aburro mucho por el día. Todas las mañanas desayuno como un rey, si señor, y todas las mañanas me ducho y me lavo el pelo, porque no sé qué más hacer. El pelo.
Llevo sin cortármelo desde hace cuatro meses, y mis padres comienzan a tener ilusiones de que lo vaya a dejar largo, que es algo que les hace ilusión sabe Dios por qué. Yo lo quiero cortar, y el día que me levante temprano va a ser lo primero que haga, después de desayunar y ducharme.
Tengo un montón de ropa que no uso, pero cuando, después de bañarme, me cuelgo en la puerta de mi armario buscando ropa para ponerme me entra una especie de angustia ante el folio en blanco y acabo cogiendo el mismo pantalón vaquero del día anterior, los mismos tenis azules. Hay días en los que incluso me pongo una camiseta azul, y parece que lleve un uniforme.
Tras adecentarme, veo la televisión durante horas, concentrado, sin descanso, apenas las paradas para comer, mear y esas cosas necesarias... Si me canso de no hacer nada, me voy al ordenador. Lo enciendo, abro un documento de Word, y me entonces me entra una especie de angustia de armario.
En mis sueños no escribo y soy feliz, corrijo, tengo la habilidad de soñarme ya escritor, y de hecho consagrado, y así sí que me duermo a gusto.
Supongo que, en definitiva, me sueño respetado y eso es normal, pero cada vez tengo más claro que me tengo que buscar otra razón por la que me respeten, porque no valgo para escribir. Cuando me siento frente a la pantalla tengo un brote instantáneo en el que creo que me vuelan las ideas y estoy eufórico, pero luego empiezo a teclear y se me cae el mundo encima de las manos, en cada movimiento de cada dedo sobre el teclado soy consciente del peso de toda la columna de aire sobre él...
Escribo frases boqueando desesperado, ahogándome en el aire sobre mis dedos, y luego paro, releo, borro, reescribo, leo, reborro y cierro el documento con ganas de llorar. Para no pensar mucho en ello me meto en el Messenger, pero nunca tengo nada que decir, lo cual es normal teniendo en cuenta que no salgo de casa, así que ni siquiera saludo a la gente.
Para no irme a ver la televisión otra vez, vuelvo a abrir un documento de Word, pero ya ni siquiera tengo ese momento inicial de euforia, simplemente me quedo mirando mis manos perfectamente dispuestas sobre el teclado. Nada. Aprieto todas las teclas a la vez. Cierro (¿quiere guardar los cambios?-No, por Dios).
No puedo escribir en el ordenador. Es tan impersonal, tan... ingenieril. Pienso que debería escribir en libreta, o en folios, con bolígrafo, haciendo ruido mientras araño la hoja.
Así que me voy a mi cuarto, pongo la radio para tener algún sonido de fondo, despejo todos los libros de mi escritorio y abro una libreta, cayendo justo en una hoja que tengo rayada.
La arranco y la parto en dos mitades, y hago lo mismo con cada uno de esos trozos, doblándolos cuidadosamente hasta que una esquina casa con la otra, pasando velozmente la punta del dedo índice y la uña del pulgar sobre la doblez, y al tiempo que coloco las palmas extendidas de mis manos sobre cada uno de las mitades del trozo de papel para después separarlas poco a poco, me miro las uñas y pienso que debería cortármelas.
Cuando vuelva del peluquero. Llegaré a casa con el pelo corto, me ducharé y me cortaré las uñas y me pondré la camisa y saldré de casa hecho una persona nueva. Sigo rompiendo el folio en pedazos pequeños, que tiro a la papelera. Oigo por la radio que el Deportivo está perdiendo, en Riazor, así que me voy a la televisión a ver el partido.
Cuando llega mi padre del trabajo, yo sigo viendo la televisión en el salón. Él me saluda y me pregunta si he repasado matemáticas, o si he estudiado dibujo.
Empieza a hablar. Me dice que en primer año de Caminos hay dos asignaturas que vienen de las matemáticas, y que son las más difíciles. Dice que las integrales se me han olvidado, y nadie regala nada, los profesores van a pasar por ellas como trenes, sin mirarnos a la cara ni aprenderse nuestros nombres, y tengo que llevarlas muy claras.
Yo asiento sabiendo que tiene razón, y me avergüenzo de haber perdido la tarde en vez de dedicarme a cosas serias. Cuando aparece mi padre recupero la consciencia, recuerdo los miles de cosas productivas que podría haber hecho. Me da pena mi padre, sé que está triste por mi culpa.
Apago la televisión furioso conmigo mismo y me vuelvo a la habitación, y está desordenada, hay un montón de libros encima de la cama y me he dejado la radio y la luz encendidas. Empiezo a recogerlo todo, pero mi madre me llama para cenar, así que lo dejo a medias y voy.
Ceno bien, como un rey, sí señor, y me voy a la cama a soñar que soy escritor, estudio Caminos, tengo novia y soy feliz.

miércoles, 9 de enero de 2013

Prólogo al libro de Jacinto Antón

El mismo mar baña por igual las Svalbard y la Ría de Foz, la Ítaca que añoraba Odiseo y la Isla Elefante de la que Shackleton escapó.
Vivimos rodeados de él y necesitamos navegarlo y pescar; pero es un medio hostil para nosotros, que nacemos gateando. Es un enorme animal dormido que nos mata sin querer cuando se despereza, pero como tenemos que convivir con él nos decimos que lo dominamos, que lo entendemos incluso. Hemos inventado a Escila y Caribdis y al Kraken para justificar su traición cuando atacaba barcos y se quedaba con sus marineros; y dragones, en los mapas antiguos, por no confesar simplemente que había zonas de aquel mar con el que convivíamos que todavía nos eran desconocidas.
La única manera de ir perdiéndole el miedo al mar es jugar de pequeño en una playa. En ese momento todo es sencillo: no existe nada más allá del horizonte, y el mar es solamente una ola que viene a estallar en la arena y otra que la sigue; y la lucha histórica de la Humanidad contra el animal indomable se reduce a decidir entre tirarte de cabeza hacia la ola o intentar la sutileza de dejarte mecer y hacer que pase a través de ti.
Este libro funciona como una playa, una lectura soleada en la que siestear mientras suenan rítmicamente de fondo las olas batiendo contra la arena. Scott, Almászy, Lawrence... todas arrastran profundidades en las que perderse, podríamos pasarnos la vida entera buceando. Este libro te permite chapotear en la orilla, gritar entre la espuma y, tal vez, escoger una ola bajo la cual sumergirte y seguir a partir de ahí buceando mar adentro.

sábado, 24 de marzo de 2012

El armario de mi habitación (... y II)

Fui vaciando los cajones del armario sobre una sábana vieja en el suelo: al cabo de un tiempo se acumulaban en ella varios cromos sueltos de la liga del 76, una colección de postales de mi tía C., el soporte roto de un crucifijo, algunos mecheros de propaganda y una gran cantidad de esa suciedad indefinida que se acumula en las casas viejas, que no es ni polvo ni serrín sino una mezcla de todo, es tiempo sedimentado, misterio y suciedad.
También las trenzas de pelo de mis tías, que estuve a punto de tirar pero acabó llevándose mi madrina para hacerse unas extensiones, cuando vino a por su vestido de novia. Y también, finalmente, un triángulo de cartón del tamaño de una cuartilla.
Tiene escritas con lápiz a lo largo de dos de sus lados las letras del alfabeto, y en el tercero los números del uno al diez; en el centro, las palabras "Sí" y "No" y en los vértices, "Cuerpo", "Mente" y "Espíritu".
Creo que es la ouija de mi bisabuelo.

Insomnio en pareja

Una de esas noches de insomnio y calor y cada vez que me muevo hago ruido y descoloco algo que no seré capaz de colocar fácilmente luego sin hacer más ruido, así que debería estarme quietecito.
Y la puñetera mesa tiene un tablero circular y luego una columna —la llamo columna pero sé que es un pie, estoy convencido con mi cerrazón de madrugada de que la única palabra de todo el diccionario que sirve para referirse a columna cilíndrica que sujeta el tablero circular de una mesa no es pata ni pila sino pie, pero tengo que llamarle columna porque el puto pie acaba en tres tacos triangulares, tres piezas que de nuevo no son tres patas distintas, sino que es un trípode, con lo que el pie se convierte en tres, es uno y trino. Y yo lo único que hago es tropezarme una y otra vez con los pies; incapaz de evitarlos, como mi padre jugando al fútbol.
Solía jugar todas las semanas con sus compañeros de trabajo, que siempre eran recién licenciados que acababan de llegar a la empresa y ya estaban a punto de irse; mi padre llevaba quince años jugando el partido de los jueves y bromeaba con el otro viejo que quedaba. "A los veinte eres un gato. Corres —eso más o menos seguimos haciéndolo—, pero además giras, regateas, y sabes a dónde vas, porque a los veinte eres capaz de levantar la vista... A los cuarenta y pico corres mirando el balón y esperando que nada se te cruce por delante, eres como un elefante en estampida".
Y se me pasan por la cabeza ideas e imágenes como flashes deslumbrantes, como bombas de luz, y con la inercia de la carrera no puedo sentir otra cosa que la urgencia de escribirlo y de hacer algo, pero ya no sirve de nada, porque si soy capaz de pensar en escribir es que ya ha pasado, si todavía estuviese allí no vería nada, sólo el humo, sólo luz blanca.
Tendría simplemente que cerrar los ojos y dejarme aplastar pero no soy capaz de no intentarlo, así que hago ruido y me levanto y hago ruido y enciendo el ordenador y hago ruido y pienso que seguro que tengo algún texto a medio escribir al que le vendría bien mi energía nerviosa y desordenada de elefante en estampida, si consiguiese domarla.
De alguna manera que no recuerdo porque he llegado corriendo sin levantar la vista, me encuentro delante de un documento con aquella historia que quise contar en cualquier otro momento sobre una mesita de mi bisabuelo, por ejemplo, y lo intento aunque no me siento capaz de hablar de ebanistería.
Y encima nunca llego a la parte de mi bisabuelo haciendo la ouija para su patrón y aunque llegue no merecerá la pena, serán sólo palabras colocadas una tras otra formando frases y párrafos sin flashes deslumbrantes y habré malgastado otra vez toda mi energía en buscar un sinónimo de pie y en cuestiones teológicas.
Lo que pasa es que llegados a un determinado punto ya no se trata de decir nada en concreto y ni siquiera de que las metáforas tengan sentido, sino de sacar palabras, de sacar presión y hacer sitio, y que lo que se quede dentro sea el problema de otras noches.

El límite de mi capacidad como escritor

Camino por una calle cualquiera. Comienza a anochecer y la luz del sol, que está muy bajo, me da directamente en la cara, así que compongo un gesto que parece una sonrisa, entrecerrando los ojos. Pero no es un gesto que parece una sonrisa, ya empiezo, es ese gesto en concreto: achino los ojos, levanto los pómulos, ese gesto, frunzo ligeramente el ceño.
Camino cruzándome con sombras a contraluz, sin cara ni sexo; cuando son grupos apenas consigo distinguir un bulto de otro. Lo curioso es que el sol brilla en su contorno, y se refleja en su pelo… No lo explico bien, otra vez: son personas, no sé si había quedado claro, me voy cruzando con personas que no consigo distinguir porque las veo a contraluz y el sol me molesta en los ojos así que para mí son sombras; pero de todas ellas, sean lo que sean en realidad (mujeres u hombres, bajos, ancianos...) surgen cabellos sueltos que, al sol que les da de refilón, brillan perfilados, yo qué sé, como un aura. Es bonito y es también muy poco importante.
Me pasa constantemente, me enredo en explicaciones de algo que sólo me importó a mí, sólo en un preciso momento. Son explicaciones liosas, mal escritas, nunca sé como frenarme para darle coherencia a todo lo que se me ocurre, no sé si frases largas o cortas, si escribir adjetivos o no... Ahora mismo, por ejemplo, me pregunto si la frase anterior está bien escrita, si es o no literatura; y además me rondan la cabeza tres o cuatro ideas sueltas que no consigo enlazar: que el primer párrafo no está bien escrito, no sólo no es literariamente bonito sino que ni siquiera es una buena descripción, nadie entenderá a qué me refiero… pero en último término no quería describir la situación (camino por tal acera, la calle tiene tantos carriles y en determinado momento pasa un coche), si no que quería que vieses lo que vi, sólo unos cabellos brillando al sol y movidos ligeramente por el viento, sin que importe mucho todo lo demás. Lo que era bonito era la situación, no el intento de reproducirla, así que todo lo que escriba es un gasto inútil de palabras, y sí, claro que una foto hubiese estado mejor, pero de todas formas tú no estabas allí y no sabes que hacía una brisa que refrescaba lo justo, y que estaba volviendo a casa así que estaba de buen humor, y que me encanta caminar por la ciudad… y aunque hubieses estado, tú no eres como yo, ¿sabes?
Finalmente, lo que me gustaría es que tú fueses yo, para así poder compartir contigo (es decir, conmigo mismo) esa alegría poco importante que me sobrevino un día cualquiera en una calle cualquiera, y luego no fui capaz de expresar porque cualquier calle va más allá del límite de mi capacidad como escritor

La mesita de mi bisabuelo

A lo largo de las décadas, mi familia ha conservado muy pocos muebles viejos en la casa; apenas el armario de mi habitación, un tocador con espejo, una mesa auxiliar y una butaca con un brazo roto, que mis padres usan de galán de noche. Es algo de lo que mi madre habla a veces con bastante pena, porque recuerda muebles antiguos que mi abuela dejó pudrir o regaló a los gitanos, y los siente como trozos perdidos de su infancia.
La mesita, que tiene unos ochenta años, está todavía en buen estado, aunque le falta uno de los pies del trípode que la sostendría. Nunca supe cómo había acabado así, sólo la recuerdo coja y arrumbada en alguna esquina del garaje, y me acostumbré a ella hasta pensar que aquel era su sitio y aquella su naturaleza, ser un trozo cojo de otra época sin función en la actualidad.
Por eso me sorprendió encontrarme en el desván el pie que le faltaba y darme cuenta de que, después de todo, arreglarla era un asunto meramente práctico, sin melancolía e incluso bastante sencillo.
Me puse a la labor como si fuera un hombre de acción, armado de martillo y clavos y también de un bote de cola, porque no tenía claro qué debía utilizar. Resultó que la pata quedaba demasiado holgada, la solapa saliente del pie era más pequeña que la ranura con la que debía machihembrar. Me extrañó, pero no me paré a pensarlo: yo era un hombre con una misión y no me iba a dejar vencer, cuando todo lo que necesitaba era encontrar una cuña de madera para rellenar el hueco.
Buscándola por el garaje, me crucé con mi madre y le comenté de pasada que no podía parar, que estaba en una misión y que la pata de la mesita no encajaba. Me contestó que nunca lo había hecho, porque era la mesa de mi bisabuelo.
Y con esto —qué poco se necesita— me desvié de la misión, porque no entendía a qué se refería. Al preguntárselo, respondió sin mucha concreción que era "donde hacía sus espectáculos". Y tardó todavía un rato en contarme la historia del bisabuelo.
Le llamaban O Cochero porque era el chófer del rico del pueblo, un indiano que se había vuelto de Cuba y se había hecho un caserón al lado de la ría.
El hombre había hecho fortuna de médico, pero le apasionaban los fenómenos paranormales. Muy convenientemente, mi bisabuelo era capaz de hablar con los muertos. De vez en cuando, para impresionar a las visitas, el patrón le pedía que les preparase una demostración, y entonces subían los huéspedes al salón, donde él había colocado sobre la mesa un mantel que la cubría hasta el suelo, y encima de éste una especie de tabla de ouija, y algunos vasos con agua o velas.
Se sentaba a la mesa, haciendo que los participantes formasen un círculo alrededor; después empezaba el espectáculo, citaba a los muertos y estos le respondían y pasaba lo que se supone que tiene que pasar en estas circunstancias y poco a poco la situación iba haciéndose más intensa (imagino que pondría los ojos en blanco, gritaría, qué sé yo) hasta que, en el momento oportuno, le pegaba una pequeña patada a un pedal que se encontraba disimulado al lado de uno de los pies y entonces el tablero de la mesa vibraba, haciendo que el agua se vertiese o las velas temblasen, y los huéspedes se alejaban asustados.
Luego pasó el suficiente tiempo para que las cosas se estropeasen, se murió mi bisabuelo y el mecanismo del pedal se acabó soltando, dejando la pata suelta. A mi bisabuela le daba vergüenza contar esas historias de su difunto marido, y creo que su vergüenza percoló a través de mis abuelos y mi madre y fue lo que hizo que nadie en la familia se decidiese a arreglar la mesita. Sospecho incluso que alguien, tal vez mi abuela, se ocupó de desperdigar las piezas para que quedase por siempre coja.
Pero ahora sólo falta encontrar una cuña de madera que encaje bien en el hueco para rehabilitarla. Y la estoy buscando, que conste; o tal vez debería hacerla, cortarla con el hacha. Aunque me pregunto si el pedal no estará todavía en alguna esquina del desván.