Tú y yo somos iguales. Tienes tantas capas que puedes pelar unas cuantas y dejar a todo el mundo impresionado o asustado porque estás desnudando tu alma, aunque para ti no supone nada porque sabes que te quedan otras veinte capas debajo
martes, 27 de mayo de 2008
domingo, 18 de mayo de 2008
jueves, 8 de mayo de 2008
Fragmento del episodio piloto de "Los Soprano"
Le diré algo: hoy en día todo el mundo tiene que ir a loqueros y a consejeros, o a programas de entrevistas para hablar de sus problemas. ¿Que ha pasado con Gary Cooper? Aquel tipo fuerte y callado. No exteriorizaba sus sentimientos, sólo hacía lo que tenía que hacer. Lo que no se sabe es que si algún día Gary Cooper exteriorizaba sus sentimientos, ya nadie iba a poder pararlos.
Y luego disfunción tal, disfunción cual, disfunción de irse a tomar por culo
Y luego disfunción tal, disfunción cual, disfunción de irse a tomar por culo
lunes, 5 de mayo de 2008
Fragmento de "Tokio Blues (Norwegian Wood)", de Haruki Murakami
"Por fin Hatsumi tomó el tenedor y el cuchillo y empezó a comer la lubina.
- Por lo menos podrías dejar en paz a Watanabe.
- Watanabe y yo nos parecemos, no creas- continuó Nagasawa-. Los dos somos incapaces de interesarnos por nadie que no sea nosotros mismos. Dejando de lado que uno sea arrogante y el otro no. A ambos sólo nos interesa qué pensamos, qué sentimos, qué hacemos. Por eso no podemos pensar en nadie más. Eso es lo que a mi me gusta de él. Pero todavía no tiene plena conciencia de ello y a veces duda, se siente herido.
- ¿Hay algún ser humano que no dude y no se sienta herido?- reflexionó Hatsumi-. ¿Estás diciéndome que tu jamás has dudado ni te has sentido herido?
- Es obvio que yo también dudo y me siento herido. Pero eso, con disciplina, puede mitigarse. Incluso las ratas aprenden a elegir el crcuito donde reciben menos descargas eléctricas."
- Por lo menos podrías dejar en paz a Watanabe.
- Watanabe y yo nos parecemos, no creas- continuó Nagasawa-. Los dos somos incapaces de interesarnos por nadie que no sea nosotros mismos. Dejando de lado que uno sea arrogante y el otro no. A ambos sólo nos interesa qué pensamos, qué sentimos, qué hacemos. Por eso no podemos pensar en nadie más. Eso es lo que a mi me gusta de él. Pero todavía no tiene plena conciencia de ello y a veces duda, se siente herido.
- ¿Hay algún ser humano que no dude y no se sienta herido?- reflexionó Hatsumi-. ¿Estás diciéndome que tu jamás has dudado ni te has sentido herido?
- Es obvio que yo también dudo y me siento herido. Pero eso, con disciplina, puede mitigarse. Incluso las ratas aprenden a elegir el crcuito donde reciben menos descargas eléctricas."
domingo, 23 de marzo de 2008
A. (... y II)
Lo otro que me viene a la cabeza no pasó en el mismo lugar ni al mismo tiempo, pero sí en un momento gemelo —o siamés: un momento que llevo pegado al otro, destinado a ser revivido a la vez—. Ocurrió bajo igual clima, en las mismas circunstancias: de nuevo ella y yo, Tom Waits y todo lo demás también.
Ella me sonrió y, sacándose el mp3 del bolso, dijo que tenía algo que enseñarme. Me colocó un auricular en la oreja derecha, rozando mi lóbulo con su dedo anular, y al apretar el botón de reproducción empezó a sonar “All the world is green”.
Ella me sonrió y, sacándose el mp3 del bolso, dijo que tenía algo que enseñarme. Me colocó un auricular en la oreja derecha, rozando mi lóbulo con su dedo anular, y al apretar el botón de reproducción empezó a sonar “All the world is green”.
“I felt into the ocean/ when you became my wife”, y estábamos muy cerca, ella con un auricular y yo con el otro, pegados para que no se nos cayeran, “you turn kings into beggars/ and beggars into kings…”, realmente cerca, mirándonos a los ojos, y la canción sonaba tan lenta y morosa.
Había leído en algún sitio que en los momentos cruciales, aquellos de los que depende una vida, siempre sonaban las lentas. Había leído que bailar es suspender el tiempo, y que suspender el tiempo es abolir la muerte, y sonreí pensando que los dos bailaríamos infinitamente al son de la canción. Luego pensé que reviviría durante toda mi vida aquel instante infinito, y me pregunté si sería normal estar ocupado en escribir “reviviré toda mi vida este instante infinito” en lugar de vivirlo sin más… Y su boca esperaba entreabierta, ávida, cerca, tan cerca.
Se terminó la canción, y comenzó otra, que no era lenta ni de lejos, y ella me dijo que esa canción también le gustaba mucho y yo pensé que era lógico, porque para eso era su mp3, y ella sonreía exactamente igual que antes y qué imbécil, pensé, qué grandísimo imbécil, ni siquiera se ha enterado.
Había leído en algún sitio que en los momentos cruciales, aquellos de los que depende una vida, siempre sonaban las lentas. Había leído que bailar es suspender el tiempo, y que suspender el tiempo es abolir la muerte, y sonreí pensando que los dos bailaríamos infinitamente al son de la canción. Luego pensé que reviviría durante toda mi vida aquel instante infinito, y me pregunté si sería normal estar ocupado en escribir “reviviré toda mi vida este instante infinito” en lugar de vivirlo sin más… Y su boca esperaba entreabierta, ávida, cerca, tan cerca.
Se terminó la canción, y comenzó otra, que no era lenta ni de lejos, y ella me dijo que esa canción también le gustaba mucho y yo pensé que era lógico, porque para eso era su mp3, y ella sonreía exactamente igual que antes y qué imbécil, pensé, qué grandísimo imbécil, ni siquiera se ha enterado.
A. (I...)
Era el descanso de alguna clase, estábamos esperando a que llegase el profesor para empezar. No recuerdo nada más: ni en qué aula estábamos, ni en qué pupitres… por lo que a mí respecta, éramos las dos únicas personas de todo el puñetero universo, estábamos buceando en el vacío espacio-temporal. Buceábamos juntos, eso sí, estábamos uno al lado del otro y hablábamos sabe dios por qué de las canciones que nuestros padres ponían en el coche para que nos quedásemos dormidos.
Mis padres usaban a Dylan y a Joan Báez, a Silvio, a Víctor Jara y a Paco Ibáñez; siempre fueron muy de izquierdas. Pero cuando empecé a contárselo solo tuve tiempo de decir “A mí me ponían a Dylan” antes de que ella me interrumpiese, la cara iluminada en una sonrisa, diciéndome que a ella también, a ella también, y luego citase de carrerilla a Bruce Springsteen, a Leonard Cohen y a Tom Waits.
Y yo me di cuenta de que había muchas maneras de acabar cayendo en Dylan al final, pero eso era una reflexión que no venía mucho a cuento. El caso es que, como no quería perder la complicidad del momento, me agarré al último nombre que había mencionado y dije “¡Tom Waits!” aunque no había escuchado a Tom Waits en la vida y ella me dijo que me prestaría "Heartattack & Vine"; poco a poco fuimos saliendo a la superficie y solté todo el aire de los pulmones y ya no recuerdo claramente nada más, pero ese fue el momento en el que me empezó a gustar Tom Waits, sin haberle escuchado ni la primera canción.
Mis padres usaban a Dylan y a Joan Báez, a Silvio, a Víctor Jara y a Paco Ibáñez; siempre fueron muy de izquierdas. Pero cuando empecé a contárselo solo tuve tiempo de decir “A mí me ponían a Dylan” antes de que ella me interrumpiese, la cara iluminada en una sonrisa, diciéndome que a ella también, a ella también, y luego citase de carrerilla a Bruce Springsteen, a Leonard Cohen y a Tom Waits.
Y yo me di cuenta de que había muchas maneras de acabar cayendo en Dylan al final, pero eso era una reflexión que no venía mucho a cuento. El caso es que, como no quería perder la complicidad del momento, me agarré al último nombre que había mencionado y dije “¡Tom Waits!” aunque no había escuchado a Tom Waits en la vida y ella me dijo que me prestaría "Heartattack & Vine"; poco a poco fuimos saliendo a la superficie y solté todo el aire de los pulmones y ya no recuerdo claramente nada más, pero ese fue el momento en el que me empezó a gustar Tom Waits, sin haberle escuchado ni la primera canción.
sábado, 16 de febrero de 2008
"La vida de los otros"
Estaba siendo perfecta. Estaba siendo una máquina de relojería precisa, una obra de ingeniería cinematográfica. Una película sutil y riquísima en pequeños detalles cuyo cuerpo mayor os voy a explicar, más que nada por las ganas que tengo de hablar de ella:
Se nos presenta a un frío y eficiente agente de la Stasi. En la primera escena de la película, enseña a unos jóvenes aspirantes a espías cómo interrogar a un sospechoso: defiende la privación de sueño como un método útil, da consejos extraños ("si grita es inocente, pero si llora es culpable") y, en fin, se comporta como un fanático perro de presa.
Este hombre tiene una cierta cota de poder y prestigio, provocada por su rango de capitán y por ser amigo de su superior (otro personaje muy bien planteado, un trepa cualquiera sin más talento que el de saber aparentar y aprovecharse de sus amigos, descrito de una manera quizás un tanto burda al principio, pero eficaz, en todo caso). Es perfectamente consciente de ello, y se siente cómodo: es alguien que sabe lo que se hace, y cómo se hace. Todo un hombre de aparato, en fin.
Sin embargo, fuera del trabajo, su vida es vacía e insípida. Vive en un socialista apartamento impersonal, no conoce más mujeres que las prostitutas que contrata de vez en cuando, cena arroz blanco con salsa de tomate mientras ve en la televisión lo bien que va la economía de la república, y se viste siempre, por cierto, con la misma cazadora gris, extrañamente informal. También es consciente de su forma de vida, y la amargura o la desazón que ello le provoca es lo que hace que, al comienzo de la historia, se decida a espiar a un dramaturgo de éxito que sale con la actriz más famosa del país, un bohemio, un triunfador, todo lo opuesto a él, en definitiva.
Pese a que la película camufla esta decisión como un ejemplo de su instinto policial lo cierto es que sólo está provocada por las pasiones: por la envidia del policía (quizás incluso por su deseo de ver desnuda a la actriz), y por la avaricia de sus superiores.
Y este acto pasional se ve continuado por otro, un momento clave de la película, en el que el espía, dueño y señor de monitores y micrófonos, se siente tan seguro, tan omnisciente, que decide bajar a la arena y cambiar la vida de los otros. A la larga sus actos hacen que el dramaturgo, que vivía abotargado por su éxito personal, gane conciencia y madure, convirtiéndose así en el enemigo que el Estado quería ver en él. Sin embargo, tambén hacen que el vigilante comience a empatizar con su vigilado (este proceso está narrado de una manera bastante sutil, desde mi punto de vista).
En fin, a partir de ahí nada es frío, ni calculado, todo es humano y pasional sin ambages, y todo se va acelerando y complicando hasta llegar a un clímax en el que mágicamente, con un golpe de guión genial, aunque un tanto artificioso, todo se cierra.
Si la película hubiese acabado en el plano del periódico con un Gorbachov sonriente al llegar al poder, o incluso en el que, al caer el muro de Berlín, el eficaz espía sale de su trabajo ya inexistente rumbo a un futuro imposible, entonces habría sido redonda. Perfecta, ingeniería cinematográfica alemana.
Pero se alarga innecesariamente: se nota que el deseo del director es que veamos colocados a sus personajes para así poder irnos tranquilos. Juega con el encuentro aplazado de los dos protagonistas, pero tampoco parece saber cómo resolverlo. El final que elige es para mí falso, y me deja buen sabor de boca.
Pero bueno, eso es sólo el último cuarto de hora. E incluso los coche alemanes acaban por estropearse, al final.
Pese a que la película camufla esta decisión como un ejemplo de su instinto policial lo cierto es que sólo está provocada por las pasiones: por la envidia del policía (quizás incluso por su deseo de ver desnuda a la actriz), y por la avaricia de sus superiores.
Y este acto pasional se ve continuado por otro, un momento clave de la película, en el que el espía, dueño y señor de monitores y micrófonos, se siente tan seguro, tan omnisciente, que decide bajar a la arena y cambiar la vida de los otros. A la larga sus actos hacen que el dramaturgo, que vivía abotargado por su éxito personal, gane conciencia y madure, convirtiéndose así en el enemigo que el Estado quería ver en él. Sin embargo, tambén hacen que el vigilante comience a empatizar con su vigilado (este proceso está narrado de una manera bastante sutil, desde mi punto de vista).
En fin, a partir de ahí nada es frío, ni calculado, todo es humano y pasional sin ambages, y todo se va acelerando y complicando hasta llegar a un clímax en el que mágicamente, con un golpe de guión genial, aunque un tanto artificioso, todo se cierra.
Si la película hubiese acabado en el plano del periódico con un Gorbachov sonriente al llegar al poder, o incluso en el que, al caer el muro de Berlín, el eficaz espía sale de su trabajo ya inexistente rumbo a un futuro imposible, entonces habría sido redonda. Perfecta, ingeniería cinematográfica alemana.
Pero se alarga innecesariamente: se nota que el deseo del director es que veamos colocados a sus personajes para así poder irnos tranquilos. Juega con el encuentro aplazado de los dos protagonistas, pero tampoco parece saber cómo resolverlo. El final que elige es para mí falso, y me deja buen sabor de boca.
Pero bueno, eso es sólo el último cuarto de hora. E incluso los coche alemanes acaban por estropearse, al final.
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