Mi habitación en la Espiñeira estaba amueblada con sobras y restos. Tengo la sensación de que de alguna manera crecí demasiado rápido y la cuna se me quedó pequeña, y entonces tuvieron que armarme una habitación infantil a toda prisa.
Así que me pusieron una cama de matrimonio que había venido de casa de mi tío, y con cinco años podía nadar dentro de ella durante horas sin llegar a los bordes, podría haberme echado a bucear bajo las mantas y nadie me habría encontrado nunca; me pusieron una estantería y una mesilla que ya venían llenas: patos de porcelana, postales de santos y un crucifijo de latón, y las escrituras de la casa en el segundo cajón de la mesilla; pintaron las paredes de azul celeste, y como colofón al despropósito me pusieron a mi de guinda, coronando el pastel, y se quedaron satisfechos pese a que nada tenía sentido.
Lo único que no había venido de otra habitación, si no que había estado siempre allí, era un armario de roble, enorme y oscuro, tan pesado que el día que lo trajeron a casa fueron necesarios cinco hombres para ponerlo en su sitio, y echó raíces, y llevaba allí durante décadas, viendo sucederse en su habitación a mis tías, después mi madre, nadie durante diez años, yo, y después el futuro que le esperase a la humanidad, por los siglos de los siglos.
Mi madre no me dejaba andar en él. Estaba lleno de pesadas mantas de cama de matrimonio que acumulaban polvo año tras año, y de cosas sucias y trastos viejos, arañas, incluso es posible que una colonia de ratas hubiese entrado en él haciendo un agujero en el tablón del fondo y ahora reinase en los rincones oscuros del armario. Por si fuera poco, un día mi prima me contó que, cuando mis tías eran pequeñas, antes de que mi madre naciese, se habían cortado una trenza cada una y la habían guardado en el armario.
Misterio y suciedad, esas eran las sensaciones. No sé si tenía miedo o jugaba a tenerlo, pero convivía con el armario sin tocarlo nada más que lo necesario: si necesitaba coger algo de él, una camiseta vieja por ejemplo, abría la puerta cuanto podía, y se me ponía la piel de gallina, agarraba la camiseta lo más rápido posible y volvía a cerrar de un portazo. En las noches de verano se oían crujidos de madera y tenía la sensación de que era la madera del suelo rompiéndose bajo el peso del armario, de que podría caérseme encima y tragarme, de que podría abrir un agujero por el que nos escurriríamos la cama y yo. Se oían crujidos y yo pensaba en ratas mordiendo la madera hasta abrir un pasadizo por el que bajar al suelo y meterse en mi cama enorme cuyas fronteras desconocía. Misterio y suciedad.
Y ahora hemos vuelto a la casa, a hablar cara a cara con nuestros recuerdos. Mi madre me dio un par de guantes de látex, una escoba, un bote de limpiamuebles y un trapo hecho con una camiseta vieja y me mandó limpiar el armario. Así que en primer lugar lo vacié, saqué de los estantes todas las mantas, sábanas y edredones; recuperé el vestido de novia y los zapatos de mi madrina, que metí en una bolsa para devolvérselo; tiré mucha ropa vieja de cuando era niño, y desmonté los cajones de sus raíles y los aparté a un lado, y después vacié el enorme arcón que sirve de fondo al armario, que estaba lleno también de mantas y ropa de cama.
El armario estaba vacío, la madera desnuda. ¿Habéis leído ese cuento de Quim Monzó? En el que acaba picando las paredes, tirando los tabiques, arrancándose la piel... Yo quería hacer algo así, no detenerme en la superficie. Desmonté las baldas, levanté el tablón que tapa el arcón y luego saqué el arcón entero. Incluso desarmé una puerta, lo habría partido con un hacha para pegarlo después de haber podido, lo habría quemado para moldearlo de nuevo con sus cenizas.
Pero sólo tenía los guantes, la escoba, el bote de limpiamuebles, la camiseta vieja, así que tuve que conformarme con limpiar el armario: pasar el trapo húmedo por todas las esquinas, sacudir el polvo y el serrín y después barrer el suelo.
Tan prosaico, tan poco catártico, tan tedioso. Para cuando hube acabado, estaba ya anocheciendo y no se podía trabajar más. Antes de irme, vi el último rayo de sol del día reflejado en el suelo bajo el armario, a través de su armazón vacío.
Me sentí más o menos bien. Supongo que tendré que conformarme con eso.
Así que me pusieron una cama de matrimonio que había venido de casa de mi tío, y con cinco años podía nadar dentro de ella durante horas sin llegar a los bordes, podría haberme echado a bucear bajo las mantas y nadie me habría encontrado nunca; me pusieron una estantería y una mesilla que ya venían llenas: patos de porcelana, postales de santos y un crucifijo de latón, y las escrituras de la casa en el segundo cajón de la mesilla; pintaron las paredes de azul celeste, y como colofón al despropósito me pusieron a mi de guinda, coronando el pastel, y se quedaron satisfechos pese a que nada tenía sentido.
Lo único que no había venido de otra habitación, si no que había estado siempre allí, era un armario de roble, enorme y oscuro, tan pesado que el día que lo trajeron a casa fueron necesarios cinco hombres para ponerlo en su sitio, y echó raíces, y llevaba allí durante décadas, viendo sucederse en su habitación a mis tías, después mi madre, nadie durante diez años, yo, y después el futuro que le esperase a la humanidad, por los siglos de los siglos.
Mi madre no me dejaba andar en él. Estaba lleno de pesadas mantas de cama de matrimonio que acumulaban polvo año tras año, y de cosas sucias y trastos viejos, arañas, incluso es posible que una colonia de ratas hubiese entrado en él haciendo un agujero en el tablón del fondo y ahora reinase en los rincones oscuros del armario. Por si fuera poco, un día mi prima me contó que, cuando mis tías eran pequeñas, antes de que mi madre naciese, se habían cortado una trenza cada una y la habían guardado en el armario.
Misterio y suciedad, esas eran las sensaciones. No sé si tenía miedo o jugaba a tenerlo, pero convivía con el armario sin tocarlo nada más que lo necesario: si necesitaba coger algo de él, una camiseta vieja por ejemplo, abría la puerta cuanto podía, y se me ponía la piel de gallina, agarraba la camiseta lo más rápido posible y volvía a cerrar de un portazo. En las noches de verano se oían crujidos de madera y tenía la sensación de que era la madera del suelo rompiéndose bajo el peso del armario, de que podría caérseme encima y tragarme, de que podría abrir un agujero por el que nos escurriríamos la cama y yo. Se oían crujidos y yo pensaba en ratas mordiendo la madera hasta abrir un pasadizo por el que bajar al suelo y meterse en mi cama enorme cuyas fronteras desconocía. Misterio y suciedad.
Y ahora hemos vuelto a la casa, a hablar cara a cara con nuestros recuerdos. Mi madre me dio un par de guantes de látex, una escoba, un bote de limpiamuebles y un trapo hecho con una camiseta vieja y me mandó limpiar el armario. Así que en primer lugar lo vacié, saqué de los estantes todas las mantas, sábanas y edredones; recuperé el vestido de novia y los zapatos de mi madrina, que metí en una bolsa para devolvérselo; tiré mucha ropa vieja de cuando era niño, y desmonté los cajones de sus raíles y los aparté a un lado, y después vacié el enorme arcón que sirve de fondo al armario, que estaba lleno también de mantas y ropa de cama.
El armario estaba vacío, la madera desnuda. ¿Habéis leído ese cuento de Quim Monzó? En el que acaba picando las paredes, tirando los tabiques, arrancándose la piel... Yo quería hacer algo así, no detenerme en la superficie. Desmonté las baldas, levanté el tablón que tapa el arcón y luego saqué el arcón entero. Incluso desarmé una puerta, lo habría partido con un hacha para pegarlo después de haber podido, lo habría quemado para moldearlo de nuevo con sus cenizas.
Pero sólo tenía los guantes, la escoba, el bote de limpiamuebles, la camiseta vieja, así que tuve que conformarme con limpiar el armario: pasar el trapo húmedo por todas las esquinas, sacudir el polvo y el serrín y después barrer el suelo.
Tan prosaico, tan poco catártico, tan tedioso. Para cuando hube acabado, estaba ya anocheciendo y no se podía trabajar más. Antes de irme, vi el último rayo de sol del día reflejado en el suelo bajo el armario, a través de su armazón vacío.
Me sentí más o menos bien. Supongo que tendré que conformarme con eso.
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