lunes, 29 de diciembre de 2014

La herencia recibida.

Se me acaba de ocurrir que podría pegar el enlace en la entrada anterior, de manera que la novela que escribimos el 27 de diciembre aparecería publicada el 26.
En fin. Quince personas se han batido contra el Kraken y han salido victoriosos. Entre todos hemos escrito una novelita que se llama "La herencia recibida" y os está aquí.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Novela en un Día 2014

Escribo esta entrada para que podáis cotillear en los comentarios. Yo aprovecharé para ir poniendo cosas de interés general que vayan surgiendo en vuestros emails, estad pendientes de las actualizaciones.
  • Los envíos serán en torno a las nueve de la mañana, por cierto, que se me ha olvidado comentarlo en los correos de hoy.  (ACTUALIZADO 16:36)
  • Me despido por hoy con un tweet de Jorge Martínez, que hace un par de horas decidió pintarse la cara de azul y arengarnos, con grandilocuencia y estilo (ACTUALIZADO 02:47):
  • Buenos días. Estoy mandándoos los correos, pero como era de suponer han empezado a pasar cosas raras y todavía voy por el octavo. En todo caso, tardaré poco. (ACTUALIZADO 10:10)
  • Hoy por la mañana, presionado por escribir en pocos segundos la descripción de un Guardia Civil, hice que su novia trabajase en Vodafone. Me acabo de dar cuenta ahora, ocho horas y una siesta después, de que la novia de mi primo el guarda fue comercial de Vodafone. Además de eso, ayer a las tres de la mañana decidí que era aceptable, e incluso tremendamente ocurrente, escribir "que bullan las dudas y surjan las pullas". Curioso cómo funciona la cabeza  (ACTUALIZADO 17:14)
  • Ante las posibles dudas que puedan surgir sobre la línea temporal de la novela, dejadme aclarar que esta tiene lugar en un universo paralelo en el cual la Inmaculada cae a 9 de diciembre y no a 8. Lo siento mucho. (ACTUALIZADO 18:21)
  • Dejadme ponerlo otra vez, que tampoco es el momento de hacerse el listo ahora. La he cagado, pensaba que el festivo era el martes 9 en lugar del lunes 8, así que algunos tendréis capítulos en los que la gente trabaja un lunes festivo sin quejarse lo suficiente, y otros capítulos en los que la gente entra en clase el miércoles 10 y se saluda como si no se hubiesen visto desde la semana anterior. Lo siento mucho. Como cada uno habrá adaptado mi calendario equivocado al real por su cuenta, supongo que lo más fácil es que todos asumáis eso que os decía antes, que la Inmaculada es el 9, y tratéis de corregir los capítulos según están. Lo siento mucho, de verdad.  (ACTUALIZADO 18:54)
  • Exclusivamente por seguir con la metáfora de Jorge ayer: buenas noches, bravos guerreros, bien luchado y tal, pero tengo un sueño terrible. Me voy a acostar. Tendrá que servir una novela en dos días. (ACTUALIZADO 00:47)

domingo, 23 de noviembre de 2014

Escribamos una novela en un día

¿Tenéis libre el próximo 27 de diciembre? ¿Os apetece escribir un capítulo de una novela? Si es así, tengo una idea que os puede interesar.
Yo me ocupo del argumento, la estructura de la novela, de los personajes y en general del trabajo de fondo. Vosotros recibiréis un correo a las nueve de la mañana del 27 en el que os explicaré el argumento de vuestro capítulo, y todo el contexto que considere imprescincindible para que lo escribáis. Y a partir de ahí, tenéis las manos libres hasta las nueve de la noche para escribir más o menos lo que os venga en gana. Solo tenéis que preocuparos de que el capítulo comience donde os digo, acabe donde os pido, ocupe 2000 palabras como mínimo y esté enviado antes de la hora límite.
Entonces yo pegaré todos los capítulos y haré lo que sea necesario para publicar aquí la novela en formato PDF, antes de que acabe el día.
Para apuntaros, mandadme un correo a novelaenundia@yahoo.es. La fecha límite para apuntarse es el 20 de diciembre o bien cuando lleguemos a los quince voluntarios, aquello que pase primero.
Si tenéis más dudas, lo cual es razonable, porque tengo la sensación de que estoy dejando muchas cosas sin explicar, preguntadme en los comentarios.
____________

Y hasta aquí toda la información. Lo que ocurre es que le estoy copiando descaradamente la idea de la novela en un día a Tim Rogers, @pigfender, que lleva cinco años organizando una cosa igual en inglés, y su versión de este texto de explicación es francamente mejor que la mía. Es ilusionante e informativo y tiene citas literarias; es más profundo. Se me ha ocurrido escribiros un pequeño discurso, con citas, por no desmerecer.
Veréis, Mathew Inman tiene un cómic en el que explica por qué corre maratones, y parte de lo que dice me resulta, en medio de esta mala fiebre del running, bastante comprensible:
"¿Sabes cómo te sientes después de haber pagado todas tus facturas, de haberte puesto al día en los emails y haber limpiado la casa? Me encanta esa sensación. Aspiro a ese nirvana idílico. El problema es que no me gusta pagar las facturas, responder a correos es un engorro y odio limpiar la casa. Prefiero saltarme esa parte e ir directo a la del nirvana. Y correr es un atajo mágico para llegar a esa euforia. (...)
Recuerdo acabar mi primer maratón y sentirme inundado por un orgullo inmenso. Me sentía como si hubiese alcanzado lo imposible, como si hubiese acabado con el hambre del mundo, encontrado vida en Marte, vencido al Kraken. Pero realmente lo único que hice fue sudar y gruñir durante 42 kilómetros antes de pegarme un atracón de barritas de granola y quedarme dormido (...).
Corro largas distancias porque me hace sentirme mejor, porque me gustaría matar al Kraken, pero no me apetece levantar la espada"
Creo que os estoy ofreciendo algo como esto. Veníos el 27, escribid una novela el último sábado del año y después salid de fiesta sintiendo que habéis cumplido por 2014, que habéis mirado al Kraken a los ojos, empuñando la espada con decisión.

martes, 21 de octubre de 2014

The cage

A guy in his early twenties is walking down a winding mountain road, signaling all the cars that pass by to stop. He’s wearing a wool cap, which is useless under the rain, and some of his locks are stuck to his forehead. He looks somewhat like a dog.
A black car stops 40 meters ahead of him and, shortly after, the passenger door opens in a burst, probably because of the wind, just at the exact moment that a lightning bolt crosses the sky. The boy stops, hesitantly, but then imagines the rain soaking the car upholstery and the driver getting mad at him, so he runs to the car and gets in it. He closes the door after him and the car starts again. It is a dark night, and it is stormy.
“It wasn’t raining so much.”
“Yeah, who would’ve thought.”
The boy drops his cap in the floor of the car and looks at the driver. He’s a young man, about thirty. He sits upright and grabs the steering wheel firmly, with both hands. The top button of his shirt is undone and the tie is a bit loosened. He seems very focused on driving, he doesn’t look back at the boy even for a moment.
“At least you’re still listening to Pearl Jam; otherwise it would’ve been impossible to recognize you.”
“It’s been a long time.”
“Fifteen years, almost to the day. It’s good to see you back, you know, you’ve been missed round here. But look at you: new car, suit and tie.”
“It’s all because of the job, it’s not my fault. I knew you were going to say something about it. But I like the job, and I can live at home… I see you every day. Every morning when I go to work, and then on the evening too, walking by this road up and down as if you were waiting for me, just like that day.”
“And you just ignore me.”
“Of course I do. God, I’m sorry, but you’d do the same. I put the radio on or just try to focus on the road or just sort of look the other way. But I had to stop today, with this storm, the rain…”
“I already told you, it wasn’t raining so much that day, don’t think about it.”
The boy says this sort of offhandedly, while he looks through the window. There’s lighting outside. The man keeps driving and the music and the sound of the water lashing the windshield fill the silence. But after some time he turns off the radio and starts talking.
“You were very silent that day too. I kept thinking you were angry at me. You got in the car, threw you bag in the backseat, and then you shut up and let me drive you back home. You never told me where you were intending to go.”
“I don’t know. I was 20… I wanted, you know, to go, far away. Or maybe not even that far, I don’t know, just out of that house.”
“Yes, but why were you here, then? Why using this road, you’d never get anywhere…”
“Listen, I don’t mind if you really want to talk about it, but I don’t know, what d’you want me to say? I hadn’t figured out anything; I thought dad would use the new one, so this one was safer, and I didn’t really care where to go anyway, as long as they took me far enough that nobody would know us. But the only car that stopped was dad’s, of course. And it was you driving it, but it didn’t matter, because I had seen it, you know what I mean? I had realized.
“I didn’t want you to see me and neither did you, but it happened because it was supposed to, because it had to. The only fucking option was going back, and it had been that way my whole life and it was useless to try anything… And it had to be you. You know what? Since we're talking about it, yeah, I was mad. You were driving me back in dad’s car, as if you were the eldest, ‘cause he let you use it. And, you know, fair enough, right? It was you who had learned how to drive and all that, while I kept hitchhiking around, I get it.”
“God, but I didn’t want to take you home, I had no idea what to do. If you had told me “take me to the city”, or whatever, I would have. But you were so silent I just drove home because that was what I knew how to do, I wasn’t really thinking.”
“I know. Listen, it’s fine. Really, I’ve known it for a long time. Don’t worry.”
The boy reaches with his hand to his brother’s shoulder, but he dodges it.
“Then why are you here? God, why are you still here? I see you every day, just yesterday I saw you reflected on the window at Fletcher’s. It was only a gaze, in the corner of my eye, but it was you, smiling like a child and taking a run up to jump against the glass… And now you’re in my car. What are you even doing here? How on Earth, and why… why are you following me?”
“Listen, don’t worry, really. I get that you needed to talk and I’m glad we’ve done this, but I’m not haunting you or anything.”
“But what does this mean then, then? Why are you in my car, in this car?”
“Because I needed a lift, that’s why. It’s really not sinister, trust me. I need you to take us somewhere… Listen, I’m going to tell you the whole story. I was hoping not to have to, but I might as well, I guess. Just don’t be scared with the kid, ok? Don’t want to have an accident.
“When I was… I don’t know, five or six, maybe, mom bought me a pet bird. It was a parakeet, a small blue one; they brought it home from Fletcher’s in a big cage that looked like the Tetris castle. It was very beautiful, I think they eventually sold it in a jumble sale; but the thing is I hated seeing the bird locked up, so when mom wasn’t home I would open the trap door of the cage and let him fly all over the room. Sometimes it would perch in your cradle and sing you, I swear.
“But one day I opened the door and the bird flew off the corridor window, and I got out of the house and followed him to O’Donnell Park. And he stood there, on the branch of a tree, as if he was waiting for me. So I climbed to the tree and I grabbed it to take it back home. I was holding it with both hands, I don’t really know how I climbed down the tree. And it was flapping its wings, you know, poor thing, it was desperate, and I was holding it tight so it would fly away. Fuck, I didn’t know, I didn’t really know what was going on.”
“God, don’t tell me you killed the bird.”
“Mom was already there when I got home. And she was, you know, just about to get really mad at me, but she saw the bird, strangled in my hands, and I started crying. She gave me a shoe box and I told her to go back to the park, to bury the bird under the tree. It was stupid, you see? There and back again, it was useless.”
The driver sees on the mirror of the car a small kid who has just sat in the backseat. He is wearing a school uniform, and he looks exactly like his brother in a third grade school photo their parents used to have over the fireplace. The kid is sobbing and wiping his snot with the sleeve of his sweater. He’s got a shoe box on his lap, and when he opens it and looks inside he stops crying, and then he tilts it tentatively back and forth, and eventually reaches inside with his hand. When he pulls it out, he drags a blue, stringy sludge.
“What on Earth is that??”
“That’s the bird. It’s weird, I know, but I guess it’s the best you can do. You were really small, back then.”
“That’s disgusting.”
The kid plays with his blue jelly, dipping his fingers in it and passing it from one hand to the. He sometimes squeezes it with both hands, and gushes of it spurt out to the seat of the car, and his uniform.
“You pretty much got it by now, right? The thing is mom’s going to go through the park in twelve minutes, and the kid has to be there. She’s been avoiding it lately, did you know? Since you told her I tried to run away that day, she always remembers the bird when she passes by. Fair enough, I guess…
“So I figure mom wouldn’t be needing the kid today and thought that I could take him to the river, since all I was doing was walking up and down this road anyway. But it’s started to rain, so mom’s going to shortcut through O’Donnell, and you need to take us there.”
The kid opens the back window of the car and cleans his blue-stained fingers with it. Then he sticks his head out the window to get the wind in his face. The driver shrugs.
“You know, I do remember the bird, I think. A blue and white bird landing on my bedside table and singing to me. I’ve never made much of it, always thought it was something I’d seen on TV, or a baby’s dr-­
Right in that moment a blue shadow flies into the car and before the man can avoid it, it smashes into the windshield, leaving a big red mark in the glass.
“What on Earth was that?!! Did you see anyone throwing us a stone, or something?”
“Nope, I guess you have just killed the bird.”
“God! But… but the glass is broken, how is that even possible?”
“Yeah, it was a hell of a bang…You’ll need to get that fixed, you know?”
Then the boy turns back in his seat and caresses the kid, who has gone back to sobbing silently, now that he has a dead bird in his shoebox. He pets his head and pinches his cheek. Outside of the car, the rain keeps falling, heavy and real and meaningless, and it washes the blood off the windshield. There's a chip in the glass, round like a cobweb.

Traduje este texto para que me dejasen participar en la Novel in a Day 2014.  
Versión en castellano de este cuento aquí.

sábado, 18 de octubre de 2014

Tres dinosaurios en el trineo (interludio expositivo)

Ciencia y aventura
La expedición del Discovery había sido organizada conjunta y muy disputadamente por dos asociaciones científicas inglesas, la Royal Society y la Royal Geographical Society (RGS en adelante), cuyas diferencias cabe suponer que no serían muy grandes, en vista de los nombres.
La Royal Society, fiel a una historia en la que habían participado por igual matemáticos, biólogos e inventores, había fijado originalmente una serie muy amplia de objetivos científicos (recogida y estudio de especímenes, análisis de la meteorología y la dinámica del hielo, establecimiento de una historia geológica, etc.), a través de los cuales pretendía estudiar en profundidad y caracterizar  las zonas de la Antártida ya conocidas, en torno a la isla de Ross. Por su parte, la RGS, con su presidente Clements Markham al frente, presionó para centrar la expedición en la exploración geográfica del continente, que por entonces era todavía un vacío en los mapas, terra incognita, hic sunt dracones.
La divergencia parece pequeña, pero es buen ejemplo del difícil equilibrio entre ciencia y aventura, entre ciencia y espectáculo: establecer como objetivo un récord de furthest South, o incluso la conquista del Polo, atraería el interés y aseguraría la financiación; pero se necesitaba también una razón legitimadora como el avance de la ciencia, el bien común.
Este conflicto se reproduce constantemente en la exploración moderna, desde que cristianizar salvajes dejó de ser una excusa admisible para lanzarse al mar. La carrera espacial(1), por ejemplo, fue un choque geopolítico de ciervos de catorce puntas que estuvo pavimentado por descubrimientos y avances tecnológicos; Thor Heyerdahl navegó en la Kon-Tiki para probar que era posible que la Polinesia hubiese sido colonizada desde América, y su viaje fue al mismo tiempo una aventura prodigiosa y un experimento científico relativamente inútil.
Estirándolo un poco más, se me ocurre que el eco de la expedición Discovery puede que llegue incluso a la inauguración del Mundial de Brasil(2). Y en el fondo es el mismo dilema que enfrentan los divulgadores o periodistas científicos, e incluso yo, modestamente: hacer artículos atractivos e interesantes, listas de 8 experimentos científicos que harán que creas en fantasmas escritas en párrafos cortos y llenos de fotografías, o bien dejarme llevar y contar todo lo que he aprendido sobre un tema que me apasiona, con notas al pie y párrafos inabordables, escribiendo entusiasmado incluso a riesgo de estar estropeando la historia.
Uno navega por esa línea como buenamente puede, haciendo dolorosas concesiones(3). De igual modo, los científicos de la Royal Society acabaron por reconocer que para hacer experimentos en la Antártida necesitarían a alguien que los llevase hasta allí, que fuese capaz de establecer un campamento, y en general que pudiese cargar pesos. Así que el comité conjunto de organización, después de nombrar jefe de la expedición al geólogo John W. Gregory, contrató por recomendación de Markham a un capitán de la Royal Navy llamado Robert Scott, al que le dieron el mando de un buque y unas instrucciones bastante condescendientes: "(T)he Captain would be instructed to give such assistance as required in dredging, tow-netting etc., to place boats where required at the disposal of the scientific staff."
Scott resultó ser un hombre muy polémico, que aprovechó las malas relaciones entre la Royal Society y la RGS para exigir el control absouto de la expedición, tanto en el barco como en tierra. Provocó la dimisión de Gregory, quien se marcharía declarando que el trabajo científico no debería estar supeditado a una aventura naval; consiguió que el Almirantazgo liberase de sus funciones a otros oficiales de la Royal Navy para que lo arropasen; finalmente estableció el código naval en todos los expedicionarios, fuese cual fuese su origen.
De los 49 hombres que finalmente viajaron en el Discovery, solo cinco eran científicos. El médico de la expedición acababa de graduarse, y el zoólogo era un chaval de 22 años. Su teórico jefe, el sustituto de Gregory, se había quedado en Sudáfrica.
Curiosamente, fue en este menguado grupo rival en el que Scott encontró a su más cercano colaborador: el médico y zoólogo Edward Wilson, un hombre paciente, optimista y diplomático, que se ganó su respeto por su buena relación con todos los oficiales y marineros.
Scott se había reservado para sí el proyecto más importante de la expedición, un viaje en dirección Sur durante el verano de 1902. Necesitaría uno o dos compañeros, y todos los miembros de la expedición deseaban aquellos puestos; podían llegar a conquistar el Polo Sur. Pero el elegido fue finalmente Wilson.
Este tuvo muchas dudas, porque viajar con Scott supondría dejar de lado sus labores de zoología; pero consideraba que la oferta era un honor que no podía rechazar, una muestra de amistad y respeto, así que finalmente aceptó.
Unos días después, una partida de exploradores fueron enviados bajo el mando del teniente Skelton a recuperar del cabo Crozier una baliza abandonada allí unos meses antes. Mientras rodeaban cabo por su ladera Sur hicieron un descubrimiento asombroso.
Solo un miembro de la expedición Discovery era capaz de entender la relevancia científica del hallazgo. Un hombre que vería aquel descubrimiento como una oportunidad única en su carrera, una posibilidad de pasar a la historia, y se pasaría diez años lamentándose de que le hubiese pillado caminando hacia el Sur con Scott, lanzado a la aventura.

 
REFERENCIAS
"El peor viaje del mundo" de Apsley Cherry-Garrard

(1) Muchos participantes en la carrera al Everest, sin embargo, esquivaron hasta donde sé la tentación de autojustificarse apelando vagamente al bien común. Se suele decir que George Mallory, por ejemplo, declaró que pretendía subir a la montaña simplemente "because it is there". Que esa frase sea una simplificación casi ridícula de lo que realmente escribió es otro asunto, claro.
(2) El saque inicial del Mundial fue realizado por un chico parapléjico que empleaba un exoesqueleto controlado por su  mente. Por participar en esta maniobra publicitaria, el doctor Miguel Nicolelis recibió financiación pública para su proyecto de investigación; por otra parte, su objetivo inicial era emplear una técnica muy avanzada (implantes cerebrales para controlar el exoesqueleto), pero las prisas lo obligaron a resignarse a otra (un gorro de electrodos) que ya se había utilizado muchas veces.
 (3) El lector curioso, si lo hubiese, puede consultar la versión en gallego del texto, en la que aprovecho para narrar con más pena que gloria la preciosa historia de la ISEE-3 y para insistir en la importancia de no crear mitologías completas alrededor de hechos aislados que los doten de significados espurios, mientras utilizo una expedición científica como ejemplo de la lucha de los medios por formar, informar y entreneter.

domingo, 12 de octubre de 2014

Tres dinosaurios en el trineo (II)

Viene del capítulo anterior

El chico que se compró un pasaje en el Terra Nova.
Apsley Cherry-Garrard era un chaval torpón y miope, cobarde como cualquiera de nosotros. Era el único hijo varón entre cinco hermanas del Major-General Apsley Cherry, héroe en dos guerras, que acababa de morir dejándole una herencia con la que podría dedicar el resto de sus días a discutir con su mayordomo sobre la conveniencia de usar salacot en las batidas de caza de zorro.
Entre muchas otras posesiones, además de la mansión familiar de Denford Park en Berkshire, que era tan grande que años después fue una boarding school, heredó también la mansión de Lamer Park en Hertfordshire solamente por incorporar a su apellido original el Garrard de una tía abuela, para que no se perdiese. De esta clase eran las preocupaciones en su familia, este era el clima que lo rodeaba. Pero era joven, y no tenía la intención de vivir en los caserones familiares protegido entre faldas y con el fantasma condecorado de su padre mirando sobre su hombro.
Una noche de verano de 1907 conoció a un amigo de la familia, llamado Edward Wilson. Este era ya un explorador polar reconocido, veterano de la primera expedición de Scott a la Antártida, y estaba organizando una segunda en la que ejercería como jefe científico.
Tengo la teoría de que cuando Wilson decidió cenar con Cherry-Garrard probablemente tuviese la intención de acabar pidiéndole una donación. Le habló de la gran aventura del continente de hielo, de esfuerzo, camaradería y disciplina, del avance de la ciencia. Lo convenció sin medias tintas: en lugar de simplemente ofrecerle dinero, Cherry decidió anotarse como voluntario para la expedición.
Pero Wilson buscaba hombres formidables a los que poder confiar su vida, científicos de prestigio y militares, y Cherry era un pipiolo de 21 años, grandullón pero torpe, y recién salido de Oxford con un título de Historia Clásica completamente inservible en el hielo. Dejando a un lado el incómodo tema del dinero, era uno de los nuestros. No valía. Wilson se lo explicó lo más cortesmente que pudo, pero siguió dándole largas durante unos meses
O tal vez no, yo qué sé. El libro de Cherry es una medida del cinismo del lector. Para él las amistades son profundas y verdaderas, los hombres formidables y sus motivaciones honradas. Y tal vez tenga razón, aunque uno puede interpretar tanto que Wilson le cogió cariño con el paso de los meses y acabó por hacerse a la idea de llevarlo, como que lo que hacía era darle esperanzas para quedarse con su dinero.
El proceso fue, en todo caso, desesperante para Cherry. Una tarde, en una polvorienta oficina de Victoria Street, Wilson le confió sus planes: en la expedición del Discovery había tenido a su alcance la mayor oportunidad científica de su carrera y se le había escurrido entre los dedos, pero pretendía intentarlo de nuevo. Volvería diez años después al cabo Crozier, aunque fuese un viaje casi imposible en pleno invierno polar. Merecía la pena; sería la culminación de una década de esfuerzos, y podía ser un hito histórico para la ciencia. Y quería que Cherry lo acompañase.
Apenas unos minutos más tarde, Scott le explicó que los médicos no lo consideraban apto para la aventura, y por tanto no podrían llevarlo.
Al final, fuese por resignación, esperanza o convencimiento, Cherry decidió donar a la expedición mil libras, una fortuna en la época. A partir de aquí el capítulo puede leerse como un baile de amagos, el equivalente eduardiano de una pelea de amigos en la barra de un bar por ver quién paga la ronda.
Scott y Wilson necesitaban dinero y no podían renunciar a una cantidad tan importante, pero no querían llevar a un chico desvalido al que tuviesen que estar constantemente cuidando en el hielo, así que Scott le gritó a Wilson, en un susurro reprimido "¡Agárrame! ¡Agárrame o le devuelvo el dinero!", mientras se palpaba ostensiblemente la dinner jacket en busca de bolsillos que hubiesen podido surgir en ella; Cherry estampó el cheque sobre la barra figurada del gentlemen's club con un manotazo cortés y comedido, diciendo que el dinero estaba para gastarlo y que en cualquier caso querría mantener la donación por el bien común y el avance de la ciencia aunque no le dejasen participar, pero le gustaría repetir que sería awfully nice of them llevarlo; Scott, repentinamente impresionado por el amor a la ciencia que demostraba el joven Cherry-Garrard, recordó que los bolsillos estaban en el pantalón justo a tiempo para meter el dinero en ellos, y prometió con los ojos empañados reconsiderar su candidatura.
Es solo una manera cínica de contarlo, claro; pero el caso es que Cherry acabó embarcado en el Terra Nova con un puesto de ayudante de zoólogo, que no le otorgaba ninguna responsabilidad en concreto y lo colocaba bajo el ala protectora de su mentor Wilson. No sería injusto resumir la historia hasta ese momento en que un chico rico y desocupado se compró un paquete de vacaciones de aventura.
Pero Cherry, que muestra en su libro una humildad en la cual me gustaría creer,hizo en el viaje todo lo que supo y pudo. Se esforzó por sacarle de encima trabajos pesados o engorrosos a sus compañeros; fue atento, amable, entusiasta, y honrado en el esfuerzo, y se convirtió en uno de los expedicionarios más queridos.
Y cuando Wilson, honrando la promesa que había hecho en aquella oficina en Victoria Street, le pidió que marchase con él al Terror, Cherry-Garrard arriesgó la vida para acompañar a su amigo en el peor viaje del mundo, precisamente porque se reconocía torpón y cobarde, porque pensaba que no debería estar allí. 

Continuación en el capítulo siguiente
Innecesario interludio expositivo

REFERENCIAS
"El peor viaje del mundo" de Apsley Cherry-Garrard

sábado, 4 de octubre de 2014

Detour (El desvío)

Viene del capítulo anterior

Mientras continuaba enfilado en dirección a Oviedo por la autovía, puente tras puente, me puse a recordar la visita que habíamos hecho a la obra un par de años antes. Habíamos comido en un restaurante al lado de mi casa, y yo me había ilusionado con la idea de encontrarme a mi tía, que les vendía el pan.
Después nos enseñaron la planta de prefabricados de hormigón y nos llevaron a la caseta, para que viésemos los planos del proyecto. Mencionaron que habían tenido que cambiar la salida original, que iba a ser simplemente un paso superior, eficiente y coordinado, para hacer sitio al enlace con un posible corredor a Viveiro. La salida les había quedado ridículamente enrevesada, pero se suponía que la obra se acabaría construyendo así que a todos nos pareció muy razonable. Ese era el clima.
Supongo que estoy obligado a explicar en algún momento por qué he dicho que despreciaba los corredores. Me pasa por salirme del camino principal, uno coge estos desvíos sin darles demasiada importancia, y luego acaba teniendo que rehacer sus pasos.
Lo cierto es que la idea que hay detrás de ellos sonaba muy bien en la década pasada: se hacía la plataforma para una autovía, con todos los pasos superiores y terraplenes necesarios, pero se construía solo una de las calzadas, que se usaba provisionalmente como carretera. Los corredores funcionan mal como carreteras, el diseño es distinto, pero en el momento se asumía que el resto de la autovía se acabaría por hacer.
Ahí está el problema, claro, en suponer que vas a construir una autovía entre Sarria y Monforte. Pero ese era el clima; en clase nos decían que las infraestructuras eran focos de crecimiento y creaban negocios por sí mismas, que los presupuestos se podían cuadrar teniendo en cuenta el futuro beneficio social.
Pero ahora, después de cinco años de recesión, el país parece no tener dinero ni siquiera para pagar el estado de bienestar, y el presupuesto de Fomento baja geométricamente año a año. Y después de haber gastado un montón de dinero, nos hemos quedado con carreteras diseñadas para ir a 120 km/h, cuando el máximo legal son 100; y sin rectas para adelantar, así que mucha suerte si te toca detrás de un camión. En fin, ya os lo había dicho, un desprecio personal.
Al ver la salida a lo lejos tomé aire y traté de mentalizarme. Traté de convencerme a mí mismo de que es peligroso formar una historia coherente con una llovizna de hechos inconexos que te caen cerca; que no hay de ser fatalista, y correlación no implica causalidad y no creo en las líneas zigzagueantes de causas y consecuencias.
Pero cuando salí de la autovía, tras un cuarto de hora conduciendo por ella en sentido equivocado y otros veinte minutos más yendo por carretera, y tuve que seguir todavía 800 metros más por una clotoide interminable construida únicamente por culpa de un puñetero corredor, para llegar a la rotonda en la que de una vez por todas conseguí dar la vuelta y ponerme en la dirección adecuada por primera vez en cuarenta minutos, cuando ya nada tenía sentido, solo para inmediatamente después tener que repetir el camino por la misma clotoide y por debajo de la autovía y tras un giro de 340 grados de nuevo por encima, como un parvulito aprendiendo a atarse los cordones de los tenis, lo comprendí todo, vi tan clara como lo había hecho McKie la línea de puntos que unía a los desempleados de Alabama que recibieron hipotecas subprime con los ingenieros que proyectaron el puñetero corredor de Viveiro, pasando por los hermanos Harry, Emanuel y Mayer Lehman, Angela Merkel y el BCE, todos tramando juntos la forma de crear un enorme huracán en la otra punta del mundo que costó millones de dólares y tardó décadas en producirse para hacer con él que una pequeña mariposa aletease un poco en el cruce de A Espiñeira y me jodiese la tarde.

Versión en gallego

REFERENCIAS
"Scott of the Antarctic: The lies that doomed his race to the Pole" de Robin McKie

sábado, 27 de septiembre de 2014

Detour (El desvío)

Viene del capítulo anterior

Mientras buscaba en la radio un aria de ópera con la que hacer mi entrada triunfal en la autovía, el carril de incorporación en el que iba se puso a girar sin previo aviso. De repente, sin que mediase provocación. Paró de hacerlo cuando me hubo colocado exactamente en el sentido contrario al que quería ir, y antes de que me diese cuenta me había escupido a traición en la autovía en dirección a Oviedo.
Esta vez me lo tomé algo mejor. Después de todo, ya estaba en la autovía, que era lo que quería. Todo lo que tenía que hacer era dar la vuelta en el siguiente paso superior, y tendría un rato más de autovía de propina.
Me gustan los pasos superiores, por cierto. Moderadamente, quiero decir; más allá del odio por los corredores en realidad no tengo grandes pasiones en cuanto a las infraestructuras lineales. Pero los pasos superiores están bien, son unidades de obra muy sencillas que resuelven un problema con el mínimo esfuerzo necesario. Antes de llegar al cruce hay un desvío a la derecha de cada calzada, que desemboca sendas rotondas simétricas; estas se enlazan mediante un puente sobre la autovía, y a través de cualquiera de ellas se desemboca en una incorporación a la izquierda de la calzada contraria. Cada parte del mecanismo encaja perfectamente con la anterior, se recorren sin esfuerzo; en realidad, es más complicado explicarlo que recorrerlo. Eficiencia y coordinación. Hay una cierta elegancia en esto.
Como en el artículo de McKie, se me ocurre. Cada pieza enlaza con una anterior, cada resultado con su causa, sin esfuerzo, con elegancia. El viaje acaba, claro, en una tienda de campaña en medio del mar de Ross, a una jornada de camino del depósito de provisiones más cercano. El capitán Scott y sus compañeros murieron en ella a principios de abril de 1912, después de una semana sin poder avanzar ni un metro por culpa de una tormenta.
Este es el final de su viaje, y es innegociable; pero antes de llegar a él, McKie razona que la tormenta no habría sido tan dura con ellos de no haber perdido mucho tiempo al principio del viaje de vuelta. Scott dejó anotada su preocupación por esta lentitud inicial, que él achacaba a la desilusión que habían sufrido al darse cuenta de que los habían batido los noruegos. A partir de aquí, McKie prosigue su camino en sentido inverso, y el siguiente paso lo lleva a tres años antes, cuando Scott y Amundsen preparaban sus expediciones en paralelo.
El primero intentaría la conquista del Polo Sur, que los ingleses veían como suya por derecho: habían provocado los avances más significativos, a través de una estirpe de marineros que partía de Cook y Ross y llegaba a Scott y Shackleton, y eran los que más se habían acercado al Polo. Habían descubierto el mar de Ross, una gran bahía navegable que acortaba cientos de kilómetros el viaje terrestre; la isla de Ross, que constituía el mejor abrigo para un campamento; y el glaciar Beardmore, la manera más practicable de ascender a la barrera de hielo desde la isla.
El Polo Sur les pertenecía, y estaban a punto de lograrlo. Los noruegos podían quedarse con el Ártico. Despues de todo, Nansen debería haberlo logrado catorce años antes.
Y yo debería haberme dado cuenta. Llevaba tres o cuatro minutos conduciendo por la autovía, e iba tan apretado como queráis bajo la manta caliente de la resignación, pero no podía sacudirme la idea de que tendría que haberme dado cuenta en Mondoñedo que la entrada a la autovía no iba a estar justo antes del final del tramo. Si no por sentido común, porque seguramente me habían explicado en la carrera cómo se hace la división en tramos de una obra lineal.
Entré en el puente de Villamar, y ahí fue donde caí. Las autovías se dividen en tramos para adjudicar su construcción. Todos tienen que costar aproximadamente lo mismo para resultar igual de atractivos para las constructoras, con lo que suelen tener una longitud similar. Salvo el tramo de la A-8 en el que acababa de entrar. Era el más corto de la autovía, menos de la mitad que los demás, pero lo habían diseñado así porque casi todo era en viaducto, así que costaba lo mismo. Incluso nos habían traído de visita de obra en la clase de Prefabricación.
Para esto me había servido Caminos, para darme cuenta en ese momento de que todo lo que me quedaba por delante en los siguientes diez kilómetros era un puente tras otro, cinco minutos más conduciendo en el sentido equivocado, sin ninguna posibilidad de dar la vuelta antes de volver al cruce de A Espiñeira.
Amundsen habría querido conquistar el Polo Norte. Noruega era una nación de marineros, nacidos a los pies del Círculo Polar, herederos de los vikingos; conquistar el Ártico era lo que tenía sentido. Además Fritjof Nansen, su mentor y amigo, ya había estado a punto en 1896. La intención de Amundsen era culminar su labor; incluso le había comprado su buque.
Pero en 1909, cuando estaba ultimando sus preparativos, dos exploradores estadounidenses declararon, por separado y con semanas de diferencia, que habían llegado al Polo Norte. Con el tiempo se demostró que ambos habían mentido, pero el ruido del debate hizo que Amundsen decidiese que no le esperaba ninguna gloria en el Ártico, y se dirigiese a la Antártida, a competir con Scott.
Y lo demás es historia. Llegó antes que los ingleses, y el golpe moral que les infligió hizo que un temporal se les echase encima, y acabaron muriendo todos. De esta manera acaba el camino de McKie. A mí no me convence su línea de causas y consecuencias, y supongo que habrá decenas de datos que ha obviado para presentar su versión del caso. Pero es elegante, claro. 
La culpa cambia de sentido, desde unos británicos tímidos y desafortunados que tiraban de sus trineos para no molestar a los perros, a dos tramposos americanos, demasiado concentrados en sus respectivos ombligos para entender la que habían armado.  
La magia del asunto es que al final se cumple con los tópicos. Me fascina la manera en que cualquier historia, un derbi deportivo por ejemplo, se llena de significados a base de añadirle una mitología externa.
Se empieza con el enfrentamiento entre Coppi y Bartali. Después empieza a caer una lluvia constante de pequeños detalles, que acaban por ganar coherencia. El primero salía con una mujer divorciada y el otro era un cristiano ferviente; uno había luchado en la guerra y al otro lo habían dispensado para que sirviese de arma propagandística a Mussolini. Al final, una etapa de una carrera ciclista cualquiera resume la lucha entre la Italia moderna después de la guerra y el régimen antiguo, y para los ingleses que quieran creerlo la muerte de Scott es culpa del individualismo americano.
Estos significados espurios se pegan a todo como una grasilla. Hay que tener cuidado. Puedes acabar coleccionando periódicos viejos porque te da pena tirarlos. Y si llevas parado mucho tiempo corres el riesgo de ir juntando todas las desgracias que te pasan cerca y escribiendo una historia con una coherencia interna perfecta que te convenza de que es ridículo intentar cualquier cosa. Es peligroso.

Continuación y final en el capítulo siguiente
Versión en gallego

REFERENCIAS
"Scott of the Antarctic: The lies that doomed his race to the Pole" de Robin McKie 

sábado, 20 de septiembre de 2014

Detour (El desvío)

Solo te tienes que distraer un segundo. Lo que dura un parpadeo a destiempo, un aleteo de mariposa. La carretera es así. Pierdes la concentración un momento y cuando te quieres dar cuenta te has saltado el desvío a la autovía y tienes que seguir por la nacional otros veinte minutos.
En el cruce de la Espiñeira me despisté por una Berlingo blanca que llevaba detrás y tardó demasiado en frenar y también porque en general tiendo a hacer cosas así, para ser franco. Me incorporé a la carretera hacia la derecha, en dirección a Lugo, en lugar de meterme en el otro sentido para coger la autovía.
Iba distraído, pensando en un artículo muy curioso que acababa de leer sobre la muerte del capitán Scott, pero no tengo excusa. He hecho ese camino cientos de veces. Me fastidió bastante, me parecía mentira haberme equivocado en algo tan obvio.
Traté de dar la vuelta, pero los apartaderos que fui encontrando eran demasiado pequeños o estaban en curva, o justo se me acababa de pegar un coche detrás o eran perfectamente válidos, en plena recta, con visibilidad y nadie detrás y el cielo azul con un arco iris señalándome el camino, pero para cuando me di cuenta de todo eso ya estaba pasando de largo.
Mi frustración aumentaba por momentos. Iba pegando frenazos y acelerones, preguntándome si podría dar la vuelta o meterme por alguna carretera secundaria que fuese a dar a la autovía… El caso es que iba a Lugo de todas formas, así que la nacional me servía perfectamente. Además, en aquel momento la autovía todavía no estaba completa, había un par de tramos cerrados, incluso aunque consiguiese meterme en ella tendría que salir en Mondoñedo, y prácticamente estaba llegando de todas formas.
Pero ya me había hecho a la idea, y no me la podía sacar de la cabeza. Iba en la dirección equivocada. Estaba tan cabreado conmigo mismo que apagué la radio. No es mucho, la verdad. En el momento me apetecía ponerme a gritar, pegarle a un saco de boxeo, apuñalar un pollo de goma con una polea. Pero si vas conduciendo te tienes que exasperar bajito, sin aspavientos y agarrando el volante a las nueve y cuarto; lo cual irónicamente es frustrante de por sí, aunque en el momento no te des cuenta. Con el tiempo, por suerte, se te acaba cayendo encima la resignación, como una manta pesada sobre la cabeza.
Abrigado por mi recién adquirida resignación seguí camino, y crucé Villamar sin que se me ocurriese dar la vuelta en la entrada de la casa de mi tía. Iba a cumplir mi condena. Me quedaban diez kilómetros hasta Mondoñedo, solo tenía que sentarme bien en el asiento, pensar en otra cosa, y seguir adelante.
Me falta información sobre Scott para saber si Robin McKie tiene razón. Escribo esto y me doy cuenta de que estoy metiéndome por otro desvío sin saber muy bien dónde acaba. Supongo que tiendo a hacer cosas así. Pero el artículo me resulta curioso: para defender a Scott, al que a menudo se acusa de incompetente, McKie dibuja una línea zigzagueante de causas y consecuencias que tarda varios años en producirse y atraviesa el globo de punta a punta. Me parece demasiado alambicada para creer en ella, pero me resulta divertida.
Iba pensando en esto cuando vi de refilón un cartel azul de desvío, justo al salir del puente de Vilanova. Estaba a punto de llegar al final del último tramo abierto, calculé mentalmente que me quedaría como mucho medio minuto de autovía antes de que me echase; y me había prometido dejarme de tonterías e ir por carretera. Pero decidí coger el desvío, de todas formas. Era una cuestión de orgullo.
Con una rapidez extraña en mí terminé de hacer mis cálculos mentales, puse el intermitente, me coloqué en el carril de la derecha, frené, reduje marcha, encendí la radio para ocupar la mano izquierda mientras hacía el juego de pies de frenar y embragar, y después reduje otra marcha. Me tomé un momento para apreciar la eficiencia y la coordinación de mis movimientos y para sentirme, en general, satisfecho conmigo mismo, y me dispuse a recorrer mis merecidos 400 metros de autovía non-fucking-chalantly, besando bebés y saludando por la ventana del coche como un Papa.

Continuación en el capítulo siguiente
Versión en gallego

REFERENCIAS
 

viernes, 4 de julio de 2014

Fragmento de "Like, totally", de Dylan Moran

"They say to themselves: 'Why, I can't get it right in this lifetime, but in the next life it'll be right; in the spiritual afterlife'. Which makes no sense at all, really. It's your choice, of course, if you want to believe all this; but why would you want a spiritual afterlife? Surely you should sort your spirit out now, while you're here.
If you are going to have an afterlife, why not just have a physical afterlife? The spirit is what's challenged, the spirit is what suffers all the knocks, the spirit is the thing you have to master. Just come back as a tentacle and a set of lips looking for huge lumps of chocolate to fuck..."

jueves, 12 de junio de 2014

Tres dinosaurios en el trineo (I)

Tres hombres llegaron al monte Terror tras diecinueve días caminando sobre el mar en plena noche. Arriesgaron su vida, y dos de ellos morirían menos de un año después, pero volvieron de su viaje al Terror arrastrando tres pequeños dinosaurios.

Un volcán en el campo de batalla.
El monte Terror hace honor a su nombre. Es un imponente volcán extinto de 3.000 metros, situado al Este de la isla de Ross, en el extremo de la barrera de hielo del mismo nombre; el viento en esta zona es uno de los peores de la Tierra, el volcán cae sobre el mar por su cara Norte formando acantilados de centenares de metros y bajo ellos hay un oleaje siempre en tormenta, que rompe con fuerza sobre las cuevas y las grietas de la Barrera, desprendiendo témpanos enormes que caen con estrépito desde las alturas.
Esto solo es lo que se ve en la superficie, pero bajo ella existe otra lucha todavía más dura, un silencio tenso que estalla con violencia en rugidos y temblores y luego se vuelve a ocultar.
Uno puede pensar en el hielo de la Antártida como algo estable, inmóvil, que se acumula capa a capa a lo largo de los milenios; pero lo cierto es que forma corrientes, igual que el agua líquida, que fluyen a través de glaciares desde el centro del continente hacia las Barreras, inmensas plataformas flotantes de hielo que se extienden a lo largo de la costa. En ellas la lengua de hielo pierde velocidad, como un río en su desembocadura, pero sigue avanzando hacia el mar sin que nada pueda detenerla.
La mayor de estas placas es la Barrera de Ross. A ella llega una lengua de hielo compuesta por decenas de glaciares que encuentra un único obstáculo en su camino al mar: el cabo Crozier, un brazo de tierra de 300 metros de altura a la sombra del monte Terror que a estas alturas simplemente ya no debería estar allí.
El Crozier y el hielo son engranajes atascados, dientes rozando uno contra otro desde hace milenios. La lengua de hielo serpentea alrededor del cabo y amenaza con desbordarlo, se acumula con la fuerza seca y simple de las reglas de la naturaleza al cumplirse sobre él; pero el Crozier la frena en su camino y hace que se produzcan crevasses, grietas de presión provocadas por la diferencia de velocidades entre el hielo que puede avanzar libremente y el que se queda encajonado por la montaña. Estas grietas son muy verticales y pueden llegar a tener decenas de metros de profundidad. Se tapan habitualmente con puentes de nieve joven, lo cual las hace muy peligrosas, incluso a plena luz del día.

El peor viaje del mundo
Los tres hombres habían salido de su base en el Suroeste de la isla de Ross el 27 de junio de 1911, con la intención de rodearla caminando sobre el mar de crevasses, en la oscuridad del invierno antártico, hasta llegar al cabo Crozier.
Antes de dar cada paso necesitaban tentar con el pie y guiarse por el sonido que les devolvía el suelo para intuir si podían cargar todo su peso, así que permanecían callados. Los dientes se les partían al castañear por el frío; el sudor se congelaba sobre su piel antes de llegar a la ropa. Arrastraban 300 kilogramos en dos trineos, y en ocasiones la nieve era tan blanda que tenían que dejar uno atrás mientras avanzaban con el otro, para después volver a recuperarlo. Varias veces por día alguno de los tres tenía que parar y empezar a golpearse metódicamente las piernas o un brazo para evitar que se les congelasen; mientras tanto, los otros continuaban caminando sin esperarlo. Todas las noches el aire que exhalaban al dormir iba formando una capa de escarcha sobre su cara y haciendo que cada vez respirasen con más fatiga. Al día siguiente tenían que levantar el campamento y continuar caminando, paso a paso.
Su viaje se lee boqueando desesperado por aire al final de cada párrafo. No hay momentos emocionantes, y por peligrosas que fuesen las grietas en el hielo no cayeron en ninguna y su vida no pendió nunca de un cabo. Solo hay una desesperación creciente e irremediable. Pasaron frío porque lo hacía, sueño porque no podían dormir, hambre porque gastaban mucha energía y comían poco. Durante esos diecinueve días vivieron el horror seco y simple de las reglas de la naturaleza al cumplirse sobre ellos recordándoles en cada momento que no deberían estar allí. Esto era cierto para los tres, pero especialmente para Apsley Cherry-Garrard. 

Continuación en el capítulo siguiente
Versión en gallego del texto (más extensa) aquí y aquí
 
REFERENCIAS
"El peor viaje del mundo" de Apsley Cherry-Garrard.

jueves, 10 de abril de 2014

También somos los goles que no hemos vivido (I)

El 14 de mayo del 94 yo tenía siete años y me había hecho del Dépor sin querer, oyendo las retransmisiones de la TVG en el televisor que mi abuelo tenía sobre la nevera.
Nos habíamos mudado a Lugo un par de años antes, pero todos los fines de semana volvíamos a la aldea y el sábado íbamos a cenar con mis abuelos. Siempre era sábado, siempre cenábamos caldo, había partido en la Gallega y nos sentábamos igual a la mesa. Mi prima ocupaba el cabecero; a su izquierda se sentaban su abuelo, su padre y su tío, en un banco pegado a la pared. Los cuatro R. estaban concentrados en el fútbol, sus miradas sobrevolaban la cocina esquivando las cabezas de mi madre, mi tía y mi abuela, que estaban sentadas a mi lado de espaldas al televisor.
Somos los goles que hemos vivido, pero también son importantes los que no llegamos a ver porque estábamos dándole la espalda a la televisión, mirando mirar el partido. Viéndolos levantar de repente la cabeza y tensar el cuello, gritarle a la tele que tirase y danzar abrazados en un instante infinito; viéndonos ajenos al grupo, sintiendo curiosidad y envidia.
A mí me hacía gracia oir el nombre de Bebeto y empecé a fijarme en lo que decía el hombre a mis espaldas, esperando oir "¡Bebeto!". Así se empieza a deshacer una madeja, tirando de un hilo. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que casi siempre que el periodista gritaba "¡Bebeto!" había un gol, así que me giraba en mi silla cada vez que lo oía. En cuestión de semanas, mi padre acabó por hacerme un hueco en su lado de la mesa, rodeado de los demás R., frente a mi madre.

sábado, 22 de marzo de 2014

Ruta 60

Un chico de unos veinte años caminaba por la cuneta de una carretera de montaña estrecha y zigzagueante, haciéndole gestos a todos los coches que pasaban para que parasen. Vestía una chaqueta de lana con capucha completamente inútil bajo la lluvia, tenía mechones rubios pegados sobre la frente, parecía un pájaro con las alas mojadas.
Un coche oscuro de cristales tintados paró a unos metros de él, y poco después se abrió la puerta del copiloto, al tiempo que un rayo cruzaba el cielo. El joven dudó un instante pero acabó por subirse. Tras esto, el coche reanudó la marcha mientras el agua continuaba cayendo pesada sobre la carretera.
- No llovía tanto…
- Ya, no se veía venir, ¿verdad?…
El joven dejó caer la chaqueta en el suelo del coche y miró a su interlocutor, un hombre de unos treinta años de gesto serio, bien peinado. Llevaba las mangas de la camisa cuidadosamente dobladas hacia arriba; se había desabrochado el botón superior y aflojado la corbata. Agarraba el volante con fuerza, con seguridad, y parecía muy concentrado en conducir: no desviaba la vista de la carretera, ni siquiera lo miraba con el rabillo del ojo. Componiendo un gesto de fastidio con la boca, el joven le dijo:
- Menos mal que llevas puesto Pearl Jam; si no, me habría costado reconocerte…
- Ha pasado mucho tiempo.
- Quince años, casi. Has hecho bien en volver, se te ha echado mucho de menos por aquí. Pero mírate: coche nuevo, traje, gomina… Pareces un ejecutivo.
- Me lo exigen en el trabajo nuevo, no es cosa mía. Es algo engorroso, pero me gusta el trabajo y me alegro de poder vivir en casa y bajar al pueblo en un cuarto de hora, sin los atascos y los problemas de aparcamiento de la ciudad, que son… - en ese momento lo miró directamente a los ojos, y dejó la frase sin terminar- Te veo todos los días. Todas las mañanas al ir a trabajar, y otra vez por las noches, caminando por esta carretera como si estuvieses esperándome, exactamente igual que aquel día.
- Sí, y pasas de largo…
- Pues claro; enciendo la radio, intento distraerme con cualquier cosa y paso de largo. Dios, sí, ¿qué quieres? Tú harías lo mismo. Pero hoy he tenido que parar, por la tormenta, la lluvia…
- No, aquel día no llovía tanto.
Tras decir eso, el joven se quedó callado mirando por la ventana. Al cabo de un tiempo el hombre apagó la radio y le preguntó:
- ¿No vas a decir nada?
- ¿Qué quieres que te diga? No tenemos que hablar. Yo estoy aquí y tú me llevas contigo.
- Aquel día tampoco hablabas… -el hombre parecía estar pensando en voz alta-. Te subiste al coche, echaste el petate en el asiento de atrás, y luego te callaste  y me dejaste llevarte de vuelta a casa. Ni siquiera me dijiste adónde tenías pensado ir…
- ¿Tener pensado? No tenía pensado nada, qué iba a pensar, tenía veinte años… Quería irme, no sé, lejos. Tampoco es que quisiera conscientemente escaparme de casa, sólo vivir un tiempo por ahí a mi aire…
- Ya, pero ese día, caminando por esta carretera bajo la lluvia, ¿hasta dónde esperabas llegar? ¿Por qué venías por aquí?
-Yo qué sé, no sé, no importaba demasiado. Me habría valido cualquier cosa: si alguien se hubiese parado y me hubiese llevado al primer pueblo, o a la primera gasolinera, me habría bastado para empezar. Pero el único coche que paró fue el de papá. Lo llevabas tú, pero no importaba; y entonces lo vi claro, ¿lo comprendes? Yo no quería que me vieses y sabía que tú tampoco querías verme, pero pasó porque tenía que pasar, porque era lo único que podía pasar. La única puta opción era volver a casa, y así fue toda la vida, y no tenía sentido decir nada, no sé, no tenía sentido intentarlo…
>> Y tenías que ser tú… No sabes cuánto te odié en ese viaje, me fastidiaba que me estuvieras llevando como si el hermano pequeño fuese yo, porque tú eras el responsable, el que se había sacado el permiso de conducir con dieciséis añitos recién cumplidos; y además papá te dejaba usar el coche mientras que yo tenía que ir por ahí haciendo autostop…
- Dios, pero yo no quería llevarte a casa, no tenía ni idea de qué hacer. Y si me hubieras dicho: “llévame a la ciudad”, o lo que fuera lo habría hecho, o “vente conmigo”. Pero simplemente te quedaste callado. Conduje a casa por pura costumbre, podría haber ido a otro sitio, sin ser consciente, como un autómata…
- Hey, está bien, no te disculpes, de una u otra forma todo habría sucedido igual, no estoy aquí por eso.
El joven acercó su mano al hombro de su hermano para palmearle en la espalda, pero éste, al darse cuenta, se apartó gritando:
- ¿Y por qué estás, entonces? Dios, ¿por qué sigues aquí, dando vueltas? Me cruzo todos los días contigo por el barrio, en cualquier sitio: ayer pasé por delante de la librería de la señora Fletcher y allí te vi, reflejado en el escaparate. Te ví de refilón pero eras tú, al otro lado de la calle, sonriendo como un niño y tomando carrerilla para lanzarte contra el cristal, como el día que papá te echó de casa… Y ahora te has metido en mi coche… ¡En mi coche! ¿Te das cuenta?... No te entiendo, no sé qué haces aquí, ¿por qué me persigues?
 - No te asustes, estoy... porque no puedo estar en otro sitio, no me queda más remedio.
- ¿Pero qué significa eso, me lo quieres explicar? ¿Qué haces dentro de mi coche, de este coche? ¿Por qué estoy hablando contigo?
El joven le contestó:
- Escucha, no tenemos por qué hablar de todo aquello si te vas a poner así, pero el caso es que estaba haciendo autoestop porque tengo que ir a un sitio y tú has parado, deberías ayudarme...
- Jesús, esto ya no tiene ningún sentido.
- ¿Tú te acuerdas de mi canario? No creo, tú eras todavía muy pequeño y supongo que nunca te contaríamos la historia, pero el caso es que cuando estaba en tercer grado mamá convenció a papá para que me dejasen tener una mascota. Y me compraron un canario, lo trajeron de la tienda metido en una jaula enorme, de esas que tienen forma de carpa de circo. Era muy bonita, luego la vendimos un verano en el rastrillo de la comunidad; pero el caso es que a mí me daba mucha pena el pájaro, tenerlo encerrado y todo eso, así que cuando mamá no estaba le abría la portezuela y lo dejaba volar por toda la habitación. A veces se posaba en el borde de tu cuna y te cantaba desde allí.
Pero un día se marchó volando por una ventana abierta, y yo lo seguí corriendo hasta el parque O'Donnell. Se quedó allí, posado en una rama de un árbol, inmóvil, como esperándome. Yo trepé hasta él, y lo cogí para traerlo de vuelta a casa. Recuerdo que lo agarré con las dos manos, lo apretaba para que no se me escapase, y él trataba de aletear para irse volando, pobrecito. No entiendo cómo fui capaz de bajarlo del árbol. Yo lo apretaba mucho porque además estaba cabreado con él por intentar escapárseme y porque seguía insistiendo todavía. Joder, pero no quería hacerle daño, no me daba cuenta de lo que estaba pasando…
- No me digas que lo mataste.
- Para cuando llegué a casa ya estaba muerto. Mamá me vio nada más entrar por la puerta, con el pájaro estrangulado en la mano, y no supe qué decirle. Me eché a llorar, no sé si por ella o por el pájaro o por qué… Al final lo metí en una caja de zapatos y le pedí a mamá que me llevase al parque, para enterrarlo bajo el árbol. Que tontería, ¿te das cuenta?, fue un viaje de ida y vuelta…
El hombre vio por el espejo retrovisor que en el asiento de atrás del coche se acababa de sentar un niño pequeño, de unos ocho o nueve años, vestido con un uniforme escolar. Era exactamente igual a su hermano en la foto del colegio que tenían en casa, sobre la repisa de la chimenea.
El niño hacía pucheros y se limpiaba los mocos con la manga de la chaqueta. Llevaba sobre su regazo una caja de zapatos abierta, y finalmente sacó de ella una mancha amarilla informe, gelatinosa.
- ¿Qué es eso?
- Es el pájaro. Es bastante raro, lo sé, ya suponía que no te acordarías de él. Tú eras muy pequeño entonces…
- Dios, qué asco.
El niño jugueteaba con la gelatina amarilla, pasándosela de una mano a la otra y pringándose los dedos. A veces la estrujaba con ambas manos, y entonces algunos chorros salían disparados manchando la tapicería del coche y también su uniforme.
- Mamá va a pasar por el parque dentro de unos veinte minutos, y el niño tiene que estar allí. Pasa por allí todos los jueves al volver de la reunión parroquial, y últimamente, desde que le dijiste que aquel día había intentado escaparme de casa, se acuerda siempre de lo del canario... no sé, supongo que es lógico si tienes en cuenta lo que pasó después...
Así que lo tengo que llevar todas las semanas, porque es pequeño y no puede andar solo por los sitios, claro, y además el él... ¿sabes?, de pequeño era un trasto, me estoy dando cuenta últimamente… Bueno, y la verdad es que necesito que nos lleves, he tenido que esperarte aquí y se nos ha hecho tarde -el joven sonreía tímidamente a su hermano al decirle esto. 
El niño había abierto la ventana trasera del automóvil, y se limpiaba la gelatina amarilla de los dedos con el agua de la lluvia. Después sacó la cabeza para que el aire le diese en la cara.
- ¿Sabes? Creo que sí que me acuerdo del canario… Recuerdo un pájaro que se posaba en la mesilla del cuarto y cantaba, es una imagen que tengo grabada desde pequeño; pero en casa no se habló nunca de él, así que supongo que acabé pensando que había sido simplemente un sueño de beb...
En ese momento una sombra amarilla apareció volando de frente al coche, y, sin que el hombre pudiera hacer nada por evitarlo, se estampó contra el parabrisas con un sonoro golpe, dejando en el cristal una enorme mancha roja.
- ¡¿Pero qué ha sido eso?! ¿Tú has visto que nos tirasen una piedra o algo así?
-  No, me parece que te acabas de cargar al canario.
- ¡Dios! Pero… pero el cristal está roto, ¡pero cómo es posible…!
- Sí, la verdad es que ha sido un buen golpe… -concedió su hermano-. Vas a tener que llevarlo al taller…
Luego encogió los hombros, y se dio la vuelta en su asiento para acariciarle la cabeza al niño, que se había puesto a llorar de nuevo, mirando al pajarillo, muerto del todo dentro de su caja. Le pellizcó los mofletes y le hizo carantoñas. Fuera del coche la lluvia continuaba cayendo fuerte, real y sin motivo, y en poco tiempo lavó la sangre del parabrisas. En el cristal había quedado una marca circular, como una telaraña.