jueves, 12 de junio de 2014

Tres dinosaurios en el trineo (I)

Tres hombres llegaron al monte Terror tras diecinueve días caminando sobre el mar en plena noche. Arriesgaron su vida, y dos de ellos morirían menos de un año después, pero volvieron de su viaje al Terror arrastrando tres pequeños dinosaurios.

Un volcán extinto en medio de ninguna parte.
El monte Terror hace honor a su nombre. Es un imponente volcán extinto de 3.000 metros, situado al Este de la isla de Ross, en el extremo de la barrera de hielo del mismo nombre; el viento en esta zona es uno de los peores de la Tierra, el volcán cae sobre el mar por su cara Norte formando acantilados de centenares de metros y bajo ellos hay un mar siempre en tormenta que rompe con fuerza sobre las cuevas y las grietas de la Barrera, desprendiendo témpanos enormes que caen con estrépito desde las alturas.
Esto solo es lo que se ve en la superficie, pero existe otra lucha soterrada todavía más dura, un silencio tenso que estalla con violencia en rugidos y temblores y luego se vuelve a ocultar.
Uno puede pensar en el hielo de la Antártida como algo estable, inmóvil, que se acumula capa a capa a lo largo de los milenios; pero lo cierto es que forma corrientes, igual que el agua líquida, que fluyen a través de glaciares desde el centro del continente hacia las Barreras, inmensas plataformas flotantes de hielo que se extienden a lo largo de la costa. En ellas la lengua de hielo pierde velocidad, como un río en su desembocadura, pero sigue avanzando hacia el mar sin que nada pueda detenerla.
La mayor de estas placas es la Barrera de Ross. A ella llega una lengua de hielo compuesta por decenas de glaciares que se encuentra un único obstáculo en su camino al mar: el cabo Crozier, un brazo de tierra de 300 metros de altura a la sombra del monte Terror que a estas alturas simplemente ya no debería estar allí.
El Crozier y el hielo son engranajes atascados, dientes rozando uno contra otro desde hace milenios. La lengua de hielo serpentea alrededor  del cabo y amenaza con desbordarlo, se acumula con la fuerza seca y simple de las reglas de la naturaleza al cumplirse sobre él; pero el Crozier la frena en su camino y hace que se produzcan crevasses, grietas de presión provocadas por la diferencia de velocidades entre el hielo que puede avanzar libremente y el que se queda encajonado por la montaña. Estas grietas son muy verticales y pueden llegar a tener decenas de metros de profundidad, y habitualmente se tapan muy rapidamente con puentes de nieve joven, lo cual las hace muy peligrosas, incluso a plena luz del día.

El peor viaje del mundo
Los tres hombres habían salido de su base en el Suroeste de la isla de Ross el 27 de junio de 1911, con la intención de rodearla caminando sobre el mar de crevasses, en la oscuridad del invierno antártico, hasta llegar al cabo Crozier.
Antes de dar cada paso necesitaban tentar con el pie y guiarse por el sonido que les devolvía el suelo para intuir si podían cargar todo su peso, así que permanecían callados. Los dientes se les partían al castañear por el frío; el sudor se congelaba sobre su piel antes de llegar a la ropa. Arrastraban 300 kilogramos en dos trineos, y en ocasiones la nieve era tan blanda que tenían que dejar uno atrás mientras avanzaban con el otro, para después volver a recuperarlo. Varias veces por día alguno de los tres tenía que parar y empezar a golpearse metódicamente las piernas o un brazo para evitar que se les congelasen; mientras tanto, los otros continuaban caminando sin esperarlo. Todas las noches el aire que exhalaban al dormir iba formando una capa de escarcha sobre su cara y haciendo que cada vez respirasen con más fatiga. Al día siguiente tenían que levantar el campamento y continuar caminando, paso a paso.
Su viaje se lee boqueando desesperado por aire al final de cada párrafo. No hay momentos emocionantes, y por peligrosas que fuesen las grietas en el hielo no cayeron en ninguna y su vida no pendió nunca de un cabo. Solo hay una desesperación creciente e irremediable. Pasaron frío porque lo hacía, sueño porque no podían dormir, hambre porque gastaban mucha energía y comían poco. Durante esos diecinueve días vivieron el horror seco y simple de las reglas de la naturaleza al cumplirse sobre ellos recordándoles en cada momento que no deberían estar allí. Esto era cierto para los tres, pero especialmente para Apsley Cherry-Garrard. 

Continuación en el capítulo siguiente
Versión en gallego del texto (más extensa) aquí y aquí
 
REFERENCIAS
"El peor viaje del mundo" de Apsley Cherry-Garrard.

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