
La segunda vez que lo miras empieza a llamarte la atención esa "A.": "A. Serafín de Dios". Si el bueno de A. se llamase Antonio, o Andrés, o si se llamase Andrea, le habría bastado con poner en su cartel "Andrea (o Antonio) Serafín", y se hubiese ahorrado revivir sus traumas infantiles. La única explicación que se me ocurre es que haya tenido que resignarse a poner el apellido completo -pese a los malos recuerdos- porque se llama Ángel. Ángel Serafín de Dios.
Si ése fuese el caso, se puede pensar que hay además una cierta lógica en que los padres se decidiesen a ponerle Ángel. Es decir, si la divina providencia dispuso que el hombre Serafín encontrase en su camino a una pía mujer de Dios y que surgiese el amor, ¿no es acaso ello una prueba de la existencia divina? ¿no es acaso una revelación, un milagro? ¿No era acaso justo y necesario que le consagrasen su hijo varón para devolverle el favor, para corresponder el honor de haber sido tocados con la gracia divina?
Es más, me pregunto si el apellido Serafín no será la marca sacra que unge a una estirpe de santos varones que se fueron pasando de generación a generación, de un mortal eslabón de la cadena al siguiente, la misión celestial de encontrar a una mujer con el improbable apellido "de Dios", para con ella engendrar a un ángel, a un ser bueno y puro. Me los imagino acechando en la sombras a la familia de Dios, por los siglos y los siglos protegiéndolos como sus ángeles guardianes, me los imagino infinitamente bellos y sonriendo con sonrisas inmaculadas, mirando a través del cristal de la sala de maternidad del hospital a la niña de Dios, bendita entre todas las mujeres, mientras acariciaban cariñosamente el pelo del joven Serafín que habría de fecundar el fruto de su vientre.
Hasta hace bien poco, era artículo sabido que los niños no bautizados, o aún los no natos, iban al paraíso directamente. En los últimos años de su vida, sin embargo, el Papa Wojtila decretó que, al no haber recibido la gracia de Dios, no podrían ir al paraíso, y tendrían que esperar el jucio final en el limbo. Según creo recordar, tal revelación divina se antojaba tan cruel para los cristianos al nuevo Papa Benedicto que poco después de ser ungido les volvió a conceder las llaves del cielo.
Le llamen como le llamen, supongo que ambos saben que en realidad los niños se van a la Coruña, a un 5º piso donde, en una sala de espera similar a la de la consulta de un pediatra o de un psicólogo infantil, el especialista en niños los vigila eternamente mientras resuena en el hilo musical la sucesión interminable de Serafines que pasaron por el mundo hasta que llegó el momento justo de su advenimiento.