viernes 27 de enero de 2012

Fragmento de "Hacia el Polo", de Fridtjof Nansen

"La lucha de hielo contra hielo es, sin duda, un espectáculo extraordinario. Se siente uno en presencia de fuerzas titánicas.
Al comienzo de una gran presión parece que todo el globo ha de conmoverse con tales choques. Primero se oye como el retumbo de un terremoto muy lejano, luego el ruido se acerca y estalla a la vez en diversos puntos. Los ecos del gran desierto de nieve, hasta allí silencioso, repiten ese mugido con estampidos de trueno, los gigantes de la Naturaleza se preparan para el combate. El hielo cruje por todos lados, se rompe y se amontona formando torosses y, de repente, os encontráis en medio de esa lucha espantosa.
Todo rechina y muge, el hielo se estremece cuando pisáis; por todas partes terribles convulsiones. Envueltos en tinieblas, veis subir los témpanos como montañas, y acercarse a vosotros como olas amenazadoras. Fragmentos de cuatro o cinco metros saltan al aire en esas colisiones, y montan unos sobre otros ocaen pulverizados... Ahora os envuelven por doquier masas de hielo móvil prontas a desplomarse sobre vosotros. Para libraros de su estrujón mortal os disponéis a huir; pero delante de vuestros pies cede el hielo, se abre una negra sima y el agua fluye a oleadas por la abertura. Si queréis escapar en la otra dirección, a través de la oscuridad distinguís una nueva cordillera de moles que avanzan hacia vosotrros. Buscáis otro paso y encontráis cerrada toda salida."

jueves 26 de enero de 2012

El armario de mi habitación (...y II)

Antes de volver a colocar los cajones en el armario, los vacié sobre una sábana vieja: cayeron sobre ella una colección de postales, cromos de la liga del 76, mecheros de propaganda, un crucifijo roto y una gran cantidad de esa suciedad indefinida que acumula la casa con el tiempo, que no es ni polvo ni serrín sino una mezcla; también los mechones de pelo de mis tías, seguían allí.
Los tiré a la basura, también, qué otra cosa podría hacer con ellos.

miércoles 9 de noviembre de 2011

Neva

Os copos de neve son demasiado pequenos para caer a peso, así que van dun lado a outro movidos polo capricho do vento. Na súa loita coas cortas ráfagas que os guían sen dirección, semella sen embargo que son eles quenes remolonean no aire para non chegaren ó chan, e a decir verdade, aqueles que acaban caendo disólvense sen remedio, mollando o patio.
A poucos, sen embargo, vai desaparecendo o color verde deste, vai aclarándose, e ás once e vintecinco, cando ó sonar o timbre do recreo para de nevar e aparece lonxe no ceo moi brillante o sol, ilumínase un marabilloso tapiz fino e branco xusto antes da tormenta de nenos que xa saen das clases, ás miñas costas, e baixan correndo cara á saída do patio.
Un paso, dous pasos, tres pasos. A neve é esponxosa, seguro que cruxirá, e ten unha, dúas, tres marcas verdes con forma de bota. O neno sigue andando, e detrás veñen máis, cada vez máis, que corren deixando pisadas, unhas encima doutras, facendo desaparecer baixo os seus pés a neve.
Agárrana coas mans núas e alborozadamente tíranse bólas. A delicada capa que lograra callar está desaparecendo rabuñada do chan por pequenas mans de nenos, disolvéndose co sol e converténdose en auga sobre xeo, ensuciándose polas botas. Hai nenos correndo dun lado a outro, esvarando no xeo, empuxándose, berrando… agachados, algúns recollen montonciños de xeo marrón medio derretido que lles ensucia as mans, e que se lles escorre pola manga adentro.
Temo non ser capaz de explica-la situación: son hordas, son manchas movéndose en tódalas direccións seguindo algún tipo de orde oculto que non descifro dende aquí, coma as formigas en desbandada ó tirarlle unha pedra ó formigueiro, como estorninos debuxando formas no ceo.
Algún tipo de animal, en todo caso… Dáme pena non poder explicalo, que non sexan capaces de ver como eu vexo o estoupido violento das bolas de neve sucia contra os seus abrigos, que non oian como eu oio o rumor sordo que compoñen tódalas súas uñas rascando contra o chan, as puntas dos dedos roxas e insensibles.
Vexo a un deles resbalar e caer, coma unha presa fácil, unha gacela. E aínda que se levanta dun pulo e sen darse conta de nada, a súa nariz está a sangrar, un regueiro roxo que cae limpamente dende a súa cara ó infinito e sobre o chan. Cando se decata quédase parado no medio e medio do formigueiro, inclina a súa cabeza cara atrás e así espera a que pare a hemorraxia, respirando moi forte pola boca, moi forte e moi seguido, soltando bocanadas de vapor hacia arriba cada vez que o fai…
Cando sona o timbre de final do recreo, mentres todos se van do patio, o sol apágase tras deles como as luces dun espectáculo acabado, e a escena escurécese. A única neve que queda branca está nas sombrías esquinas do patio, cubrindo bolsas vellas de patacas, paquetes baleiros de tabaco. A imaxe prodúceme a sensación do fin dalgún tipo de experiencia catártica.
Despois comeza a nevar de novo na clase de Bioloxía, maxia, pequenas folerpas de neve brancas caen de novo bailando valses para min ó outro lado da ventá, optimistas, tapando a mancha de sangue do patio como si nada tivera pasado.

sábado 23 de abril de 2011

El armario de mi habitación (I...)

Mi habitación en la Espiñeira estaba amueblada con sobras y restos. Tengo la sensación de que de alguna manera crecí demasiado rápido y la cuna se me quedó pequeña, y entonces tuvieron que armarme una habitación infantil a toda prisa.
Así que me pusieron una cama de matrimonio que había venido de casa de mi tío, y con cinco años podía nadar dentro de ella durante horas sin llegar a los bordes, podría haberme echado a bucear bajo las mantas y nadie me habría encontrado nunca; me pusieron una estantería y una mesilla que ya venían llenas: patos de porcelana, postales de santos y un crucifijo de latón, y las escrituras de la casa en el segundo cajón de la mesilla; pintaron las paredes de azul celeste, y como colofón al despropósito me pusieron a mi de guinda, coronando el pastel, y se quedaron satisfechos pese a que nada tenía sentido.
Lo único que no había venido de otra habitación, si no que había estado siempre allí, era un armario de roble, enorme y oscuro, tan pesado que el día que lo trajeron a casa fueron necesarios cinco hombres para ponerlo en su sitio, y echó raíces, y llevaba allí durante décadas, viendo sucederse en su habitación a mis tías, después mi madre, nadie durante diez años, yo, y después el futuro que le esperase a la humanidad, por los siglos de los siglos.
Mi madre no me dejaba andar en él. Estaba lleno de pesadas mantas de cama de matrimonio que acumulaban polvo año tras año, y de cosas sucias y trastos viejos, arañas, incluso es posible que una colonia de ratas hubiese entrado en él haciendo un agujero en el tablón del fondo y ahora reinase en los rincones oscuros del armario. Por si fuera poco, un día mi prima me contó que, cuando mis tías eran pequeñas, antes de que mi madre naciese, se habían cortado una trenza cada una y la habían guardado en el armario.
Misterio y suciedad, esas eran las sensaciones. No sé si tenía miedo o jugaba a tenerlo, pero convivía con el armario sin tocarlo nada más que lo necesario: si necesitaba coger algo de él, una camiseta vieja por ejemplo, abría la puerta cuanto podía, y se me ponía la piel de gallina, agarraba la camiseta lo más rápido posible y volvía a cerrar de un portazo. En las noches de verano se oían crujidos de madera y tenía la sensación de que era la madera del suelo rompiéndose bajo el peso del armario, de que podría caérseme encima y tragarme, de que podría abrir un agujero por el que nos escurriríamos la cama y yo. Se oían crujidos y yo pensaba en ratas mordiendo la madera hasta abrir un pasadizo por el que bajar al suelo y meterse en mi cama enorme cuyas fronteras desconocía. Misterio y suciedad.
Y ahora hemos vuelto a la casa, a hablar cara a cara con nuestros recuerdos. Mi madre me dio un par de guantes de látex, una escoba, un bote de limpiamuebles y un trapo hecho con una camiseta vieja y me mandó limpiar el armario. Así que en primer lugar lo vacié, saqué de los estantes todas las mantas, sábanas y edredones; recuperé el vestido de novia y los zapatos de mi madrina, que metí en una bolsa para devolvérselo; tiré mucha ropa vieja de cuando era niño, y desmonté los cajones de sus raíles y los aparté a un lado, y después vacié el enorme arcón que sirve de fondo al armario, que estaba lleno también de mantas y ropa de cama.
El armario estaba vacío, la madera desnuda. ¿Habéis leído ese cuento de Quim Monzó? En el que acaba picando las paredes, tirando los tabiques, arrancándose la piel... Yo quería hacer algo así, no detenerme en la superficie. Desmonté las baldas, levanté el tablón que tapa el arcón y luego saqué el arcón entero. Incluso desarmé una puerta, lo habría partido con un hacha para pegarlo después de haber podido, lo habría quemado para moldearlo de nuevo con sus cenizas.
Pero sólo tenía los guantes, la escoba, el bote de limpiamuebles, la camiseta vieja, así que tuve que conformarme con limpiar el armario: pasar el trapo húmedo por todas las esquinas, sacudir el polvo y el serrín y después barrer el suelo.
Tan prosaico, tan poco catártico, tan tedioso. Para cuando hube acabado, estaba ya anocheciendo y no se podía trabajar más. Antes de irme, vi el último rayo de sol del día reflejado en el suelo bajo el armario, a través de su armazón vacío.
Me sentí más o menos bien. Supongo que tendré que conformarme con eso.

miércoles 13 de abril de 2011

Cuando le pides a alguien que se defina a sí mismo (por ejemplo, en una entrevista de trabajo), una de las primeras cosas que te contestará es que es una persona simpática. Luego vendrán otras: será también responsable, amante de la lectura y los viajes, y etc. Es la respuesta protocolaria, todos la conocen y nadie le da la menor importancia.
La cuestión es que se han proclamado simpáticos, entre otras cosas porque es lo que se dice; si se lo han planteado un poco más a fondo, les habrá cruzado la cabeza un recuerdo fugaz y difuso de gente riendo sus chistes, de esa sensación de satisfacción cuando tienes una ocurrencia, y habrán decidido al instante que sí, que son simpáticos, probablemente sin darse cuenta de que les gusta el humor que tienen, y les hace gracia, porque es el que tienen y han cultivado durante años; y tienen ese humor porque es el que les gusta y el que les gusta a sus amigos, que lo son entre otras cosas porque comparten el mismo humor.
Reconozco que el párrafo me ha quedado embrollado, pero estoy escribiendo con prisas y no he sabido hacerlo mejor: tuve que perseguirlo a la carrera, tropezándome con bivalencias sobreyectivas mientras se me escapaba una y otra vez trazando espirales que iban y venían y se alejaron para volver de nuevo, ahora mismo, al punto de origen, al hecho fundamental del asunto, que es una verdad tautológica, un cogito ergo sum, sota caballo y rey: soy simpático porque pienso, soy simpático porque existo. Es una perogrullada, ¿no?
No lo he leído en ningún sitio, pero parece cierto. Es una verdad. A lo mejor exagero, tal vez me esté dejando llevar por una idea atractiva, pero tengo la intuición de que hay una verdad que no me cabe en la cabeza y que tiene que ver o que va en esta dirección.
Pero no sé qué hacer con ella. Es decir, aparte de escribirla aquí.
Es curioso, no hace ni dos semanas Lucía me preguntó por qué escribo, y no supe qué contestarle (es decir, le dije que no lo sabía, que no tenía ninguna razón buena para hacerlo); y ahora, tras almacenar esta idea en la cabeza durante años, y sin ninguna razón buena para ello, estoy sentado frente al ordenador improvisando este texto a salto de mata (y mira que he tenido años para meditarlo), porque tengo que escribirla.
Tengo que hacerlo porque no lo he leído en ningún sitio, y puede que no se le haya ocurrido a nadie. Y tengo que darme prisa en escribirla antes de que sea mentira, antes de darme cuenta de que me equivoco; o antes de darle tantas vueltas que la idea se acabe secando. Tengo que escribirla para dejarla quieta y fija y ponerme a pensar en cualquier otra cosa.
Ahora mismo, aquí, sentado al ordenador, estoy tentado a empezar a generalizar; ¿soy, por ejemplo, realmente inteligente, o sólo tan inteligente como soy capaz de cuantificar? Desde luego, conozco a gente más inteligente que yo, aunque no sé cuánto más y creo que no mucho. ¿Acaso en realidad el problema es que no sé asimilar niveles de inteligencia muy superiores a los míos?
Me viene a la cabeza (fugaz y difusamente) una teoría que viene a decir que no se produce empatía entre gente cuyo coeficiente intelectual difiere en un 5%, o en 5 puntos o algo así. Es lo mismo, ¿no? Soy tan inteligente como mis amigos porque mis amigos son tan inteligentes como yo. De nuevo, en esencia, soy inteligente porque existo.
A estas alturas, incluso yo que estoy en el medio de la vorágine, me doy cuenta de que me he dejado seducir por la idea, y me he alejado a millas de donde había empezado. Lo cual supongo que está bien, porque escribo desde el principio sin saber a dónde voy a llegar, escapando de algo mientras estallan en el cielo fuegos artificiales.

lunes 4 de abril de 2011

Extracto de "El peor viaje del mundo", de Apsley Cherry-Garrard

"Y le diré una cosa: Si tiene usted el deseo de saber y el poder para hacerlo realidad, vaya y explore. Si es usted un hombre valiente, no hará nada; si es un hombre miedoso, es posible que haga mucho, pues sólo los cobardes tienen la necesidad de demostrar su valor. Hay quien le dirá que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: "¿Para qué?". Y es que somos una nación de tenderos, y ningún tendero está dispuesto a cuestionarse una investigación que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán tenderos, y eso tiene gran valor. Si hace usted su correspondiente Viaje de Invierno, obtendrá su recompensa., siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino."

jueves 2 de diciembre de 2010

Lo peor del asunto es que no hay ninguna mano negra a la que culpar. Si tu madre (o tal vez tu profesora de párvulos) te contó la historia de Pedro y el Lobo fue simplemente porque ya no recordaba de qué trataba en realidad y bueno, ella la había oído también en su momento y parecía una buena historia para explicarte que las mentiras son malas.
Así que te contó el cuento de Pedro y el Lobo y al final, Pedro moría ante la desidia de sus vecinos , que se habían reído de él, y la muerte de Pedro el mártir los dejaba consternados, con la sonrisa helada y llenos de remordimientos.
Tu madre (y también tu profesora de párvulos) ya lo habían asumido desde muy jóvenes así que al contártelo no se dieron ni cuenta, pero fue entonces cuando tú lo aprendiste, y se te quedó grabado para el resto de tu vida:
Que no hay que pasarse de listo, ni hay que ser suspicaz; que hay que esperar en fila a pasar de uno en uno por el arco magnético y llevar botes de menos de 50 cl.: porque tú eres bueno, ya lo sabes, pero el que va detrás de ti en la fila, o tal vez tu profesora de párvulos, puede ser el lobo.