miércoles 15 de abril de 2009

El caso de Ángel Serafín de Dios



"Serafín de Dios". Vale, es bastante gracioso. Aunque si lo piensas, es posible que los compañeros de clase del niño Serafín de Dios se riesen de él por sus apellidos, y entonces el asunto pierde parte de la gracia.
La segunda vez que lo miras empieza a llamarte la atención esa "A.": "A. Serafín de Dios". Si el bueno de A. se llamase Antonio, o Andrés, o si se llamase Andrea, le habría bastado con poner en su cartel "Andrea (o Antonio) Serafín", y se hubiese ahorrado revivir sus traumas infantiles. La única explicación que se me ocurre es que haya tenido que resignarse a poner el apellido completo -pese a los malos recuerdos- porque se llama Ángel. Ángel Serafín de Dios.
Si ése fuese el caso, se puede pensar que hay además una cierta lógica en que los padres se decidiesen a ponerle Ángel. Es decir, si la divina providencia dispuso que el hombre Serafín encontrase en su camino a una pía mujer de Dios y que surgiese el amor, ¿no es acaso ello una prueba de la existencia divina? ¿no es acaso una revelación, un milagro? ¿No era acaso justo y necesario que le consagrasen su hijo varón para devolverle el favor, para corresponder el honor de haber sido tocados con la gracia divina?
Es más, me pregunto si el apellido Serafín no será la marca sacra que unge a una estirpe de santos varones que se fueron pasando de generación a generación, de un mortal eslabón de la cadena al siguiente, la misión celestial de encontrar a una mujer con el improbable apellido "de Dios", para con ella engendrar a un ángel, a un ser bueno y puro. Me los imagino acechando en la sombras a la familia de Dios, por los siglos y los siglos protegiéndolos como sus ángeles guardianes, me los imagino infinitamente bellos y sonriendo con sonrisas inmaculadas, mirando a través del cristal de la sala de maternidad del hospital a la niña de Dios, bendita entre todas las mujeres, mientras acariciaban cariñosamente el pelo del joven Serafín que habría de fecundar el fruto de su vientre.
Hasta hace bien poco, era artículo sabido que los niños no bautizados, o aún los no natos, iban al paraíso directamente. En los últimos años de su vida, sin embargo, el Papa Wojtila decretó que, al no haber recibido la gracia de Dios, no podrían ir al paraíso, y tendrían que esperar el jucio final en el limbo. Según creo recordar, tal revelación divina se antojaba tan cruel para los cristianos al nuevo Papa Benedicto que poco después de ser ungido les volvió a conceder las llaves del cielo.
Le llamen como le llamen, supongo que ambos saben que en realidad los niños se van a la Coruña, a un 5º piso donde, en una sala de espera similar a la de la consulta de un pediatra o de un psicólogo infantil, el especialista en niños los vigila eternamente mientras resuena en el hilo musical la sucesión interminable de Serafines que pasaron por el mundo hasta que llegó el momento justo de su advenimiento.

jueves 19 de febrero de 2009

El orgullo proletario

- Hoy me sentí proletario
- ¿Cómo? ¿Cómo puedes cambiar tanto de tema?
- Me sentí proletario, sentí de repente un instante de orgullo obrero.
No sé por qué, pero hay ciertas escenas, que las recuerdo como si fuesen secuencias de una película, y que ni siquiera sé por qué las retuve en su momento pero ahora, cada vez que pienso en una etapa de mi vida, me vienen siempre a la cabeza, y no sé, siento como si las resumiesen o fuesen... representativas. Por ejemplo, para mí pensar en los dos años que pasé en la residencia me recuerda un día que estaba... bueno, iba a freír patatas o algo así, y estaba pelándolas, complétamente... debruzado contra el cubo de la basura, y concentrado en que todas las mondas cayesen dentro, y mirando fijamente a la basura porque en la habitación también estaba Jose, y estaba tirado en la cama, y se estaba tirando a su novia. No estaba tirándosela, estaba liándose con ella, pero el caso es que yo me concentraba en el cubo y en las mondas porque al lado estaba Jose el ingeniero perfecto con su vida perfecta y práctica y sin problemas y su novia que era estúpida pero perfecta para lo que Jose la quería, porque lo único que le importaba era que estuviese buena... Y pasé como diez minutos así, te lo juro, no voy a ser tan exagerado de decirte que recuerdo exactamente qué era lo que había dentro del cubo, ni de decirte que me... veía a mí mismo desde fuera... Pero sí, estaba al lado de la ventana y la luz estaba encendida, y yo pensaba: "La gente me ve desde fuera, fijo que hay alguien que pasa por debajo de la habtiación y no tiene mucho que hacer y me está viendo", casi arrodillado y muy concentrado en que las mondas cayesen dentro de la bolsa... Porque la bolsa estaba dentro del cubo, pero no rodeándolo, ¿comprendes?, y estaba medio cerrada, y para mi Rialta es aquello, aquel cubo de basura, los dos años que viví con Jose son aquello... ¿lo entiendes?
Y hoy, limpiando el váter mientras Miguel tocaba el piano en su habitación, ¿sabes? pensé que por mucho que lleven toda la vida diciéndome que soy muy inteligente, y por mucho que todas las películas me digan que tengo talento; y me lo dicen, porque los protagonistas de las películas son gente muy genial porque el guionista le manda a alguien decir: "Cuánto talento tienes, qué inteligente eres", pero en realidad nunca demuestran nada, así que todos podemos creernos que lo conseguiremos, y que lo importante es tener un sueño. Pero el talento de verdad es tocar el piano como lo toca... y no me refiero a que lo toque bien o mal, que no tengo ni idea, si no a que lo que toca lo lee de un libreto que tiene en la portada el nombre de Franz Liszt escrito en cirilico, y es del conservatorio de Leningrado, o de Stalingrado... eso es el talento.
- ¿Y lo de sentirse proletario?
- Y si lo piensas son momentos simétricos, son momentos en los que de repente me choco contra la genialidad genuina de alguien, y me siento tan sobrepasado por lo bien que toca el piano Miguel o en el caso de Jose por su manera de vivir fácil y sin dudas y de tener la vida que se supone que todos queremos tener, que me doy cuenta de que la única manera de comportarse dignamente es eso, ser un proletario, un obrero, y limpiar el váter y tirar las mondas de las patatas dentro del cubo. No, pero te juro que en el momento me sentí estajanovista y sentí que el trabajo me dignificaba y que el trabajo me haría libre, y me sentí orgulloso de hacer cosas con las manos, y me he tirado cerca de dos horas limpiando el váter, que es ridículo lo limpio y reluciente y brillante que lo dejé, porque al fin y al cabo es el váter, pero estuve dos horas, y no me dio tiempo de acabar porque había quedado contigo y me tuve que venir corriendo para acá.

domingo 15 de febrero de 2009

Discurso viendo Ali

- Dios, tío, ¿cuándo dejamos de vivir esos momentos históricos?

- ¿Cómo?

- Sí, eso, ¿cuándo dejamos de vivir momentos históricos? ¿Cuándo pasamos de Alí peleando en Kinshasa contra George Foreman y con todo el público pidiéndole que lo matase, a Tyson mordiéndole la oreja a Holyfield? ¿Cuándo dejamos de vivir esos momentos excitantes en los que hasta el deporte tenía tintes épicos, en los que los deportistas eran casi héroes trágicos? Qué sé yo, ¿cuándo pasamos de Bahamontes, o de Ocaña… del que se suicidó, ya no me acuerdo cuál era… a los ciclistas de ahora, que van todos dopados? Piénsalo, los dos últimos Tours los ganaron los que iban segundos porque a los primeros los echaron… ¡Joder, ¿dónde quedó la leyenda?! ¿Qué ha pasado con la épica?

Vivimos en una época de Ronaldinhos que duran dos años en la élite, y luego se queman, nos buscamos a otros, y santas pascuas… Ahora tenemos a Messi, mientras no llega nos entretenemos con Kaká, y si falla Messi, nos tenemos guardado en la manga a Bojan… que es sólo un año más joven, pero ¿qué más da? Cada vez salen con la fecha de caducidad más corta, nos los producen en masa, tarugos sin cabeza, no opinan de nada ni protestan contra nada ni les importa nada… Alí era un activista político, amigo de Malcolm X, se negó a ir a Vietnam… ¿quién es ahora el campeón del mundo de los pesos pesados? ¿Qué es, ruso, croata?...

Todo es ordinario, todo es poco importante… El mundo del deporte está rodeado de cientos de periodistas que precisamente viven de buscarse constantemente nuevos héroes… que están obligados a ello, que no paran de repetirnos que los momentos que vivimos son históricos, y ni siquiera ellos son capaces de encontrar a un ídolo verdadero, a alguien perdurable, a alguien que vaya a quedar en los anales…

Los de la NBA de ahora, por buenos que sean, no son ni de lejos comparables a Michael Jordan, que por cierto era el baloncestista perfecto, era infalible, y ahora se ha retirado y ha perdido su dinero y se ha divorciado… Todo es pedestre, joder, común y ordinario. De hecho la NBA, que era un escenario mágico, que lo veíamos en la tele a las cinco de la mañana, ahora está llena de españoles. ¡Si hay un tipo de Badajoz, coño! ¡Es que se nos caen los mitos!

Y ningún futbolista es comparable con Pelé, ni con Maradona…. No sé, ¿se te ocurre algún deportista que hoy por hoy esté haciendo historia?

- Federer…

- Joder, es verdad, Federer.

- O no sé, Gebreselassie. O Phelps, o la saltadora esa rusa de pértiga…

- Bueno, vale, no te lances, igual me pasé con la última pregunta, pero la cosa iba más allá… Federer es sólo un tipo que juega de puta madre al tenis, pero las figuras antiguas del deporte eran colosos con poderes divinos, y tenían ese concepto del deber… de saberse históricos, de perseguir un fin último, casi místico.

Además, Federer es sólo un deportista. Bueno, hace anuncios de moda, parece que eso le interesa mucho, ya me dirás… ¿pero qué piensa? ¿No tiene nada que decir de los ultraderechistas esos que quieren echar a los negros de Suiza?

Y amplío la reflexión, porque el deporte es lo de menos, ¿sabes? Te estoy hablando de la MTV, de Zapatero y de Rajoy, y de los publicistas, de que ya no pasa nada, y todos son insulsos…

No hay figuras individuales que destaquen… Te pongo ejemplos de otro tipo… Piensa en el cine, por ejemplo. El cine tiene cien años, y a lo largo de ese tiempo se ha ido creando una mitología… bueno, precisamente el cine se basa en esa mitología, ¿no?: John Ford, Howard Hawks, Lubitsch, Wilder… Ahora no hay directores a ese nivel: es decir, Bergman y Antonioni se murieron el año pasado; y hay algunos que quedan vivos y en activo, digamos Francis Ford Coppola, Woody Allen, no sé, Rohmer… pero no hay ninguno que sea genuinamente de esta época.

No tenemos iconos, ¿comprendes? Se nos caen los mitos, y no encontramos otros nuevos… El icono de esta época, ¿quién va a ser? ¿Federer, tú crees? Una saltadora de pértiga rusa no, desde luego… ¿George Clooney, Tarantino?

jueves 25 de diciembre de 2008

Camina siempre con el viento a favor y los semáforos se abren a su paso; o se cierran, si adivinan que le apetece cruzarlos en rojo. Y no es la primera vez que un perro deja a su dueño desamparado y con una bolsa de excrementos en la mano para seguirlo, marcando respetuosamente las distancias.

jueves 2 de octubre de 2008

Extracto de "Las invasiones bárbaras", de Denys Arcand

"- Contrariamente a lo que la gente cree la inteligencia no es una cualidad individual. Se trata de un fenómeno colectivo, nacional e intermitente...
- Vaya, una nueva teoría...
- Absolutamente. Atenas, 416 a. C. Estreno de "Electra" de Eurípides. En las gradas, sus dos rivales, Sófocles y Aristófanes; y sus dos amigos, Sócrates y Platón. La inteligencia estaba allí.
-Tengo algo mejor: Florencia, 1504, Palazzo Vecchio. Dos muros opuestos, dos pintores. A mi derecha, Leonardo da Vinci; a la izquierda, Miguel Angel. Un aprendiz, Rafael, y un mecenas, Nicolás de Maquiavelo. ¡Forza Italia!
- Filadelfia, EEUU, 1766-1787. Declaración de Independencia y Constitución de los Estados Unidos...
- "Cuando en el transcurso de los acontecimientos de la Humanidad"...
-... Adams, Franklin, Jefferson, Washington, Hamilton, Madison... Ningún país ha tenido tanta suerte.
- Yo nací en Chicoutimi, Canadá, en 1950.
- Es un milagro que no seas más gilipollas."

miércoles 9 de julio de 2008

Sensación extraña

Es extraño cómo la gente se apega a las rutinas: yo por ejemplo, llevo en torno a tres años comprando el País todos los viernes, aunque en ocasiones ni siquiera lo hojeo; durante este año, además, adquirí la costumbre de ir colocando los números viejos en un cajón. Con el tiempo éste acabó llenándose, de manera que los saqué y formé con ellos un montón que puse en una esquina de la habitación, en donde siguió creciendo y acumulando polvo viernes a viernes.
También padezco, sin embargo, ciertos arranques volcánicos en los que, por ejemplo, resuelvo sin ninguna razón o excusa en particular deshacerme de los aproximadamente 20 números del País que laboriosamente estuve acumulando durante todo el año.
Y es muy fácil, muy justificable, tirar un periódico que tiene seis o siete meses, Dios sabe que no lo necesitas para nada. Pero en el momento de hacerlo no fui capaz, y me reconozco débil: no entiendo qué vi en las parrillas de televisión de días pasados, o en las previas de partidos que a duras penas recordaba cómo habían quedado, pero en todo caso no conseguí desprenderme completamente de ellos, y al final, negociando conmigo mismo acabé por aceptar tirar los periódicos conservando, sin embargo, la última página de cada número, en la que Juan José Millás publica su columna semanal.
Como quiera que de todas formas no es muy lógico guardar veinte hojas huérfanas de periódico, en otro arranque inesperado hace dos días me decidí a tirarlo todo. Pero en fin, de nuevo tengo que reconocer mi debilidad: no entiendo qué he visto en las columnas de Millás, pero he acabado negociando conmigo mismo y si finalmente me he rendido a tirar lo que queda de los periódicos, fue a condición de escribir concienzudamente todos los hallazgos que me pareciesen interesantes de los textos.
Y así empecé por tanto a pagarme mi rescate autoimpuesto:

"Somos tan hijos de la carne y de la sangre como de los raskolnikofs y de los bartlebys, por no hablar de los Soprano (...) Desde que el mundo es mundo, mientras unos amasan el pan que comemos por la mañana, otros urden las historias que devoramos por la noche. Estamos hechos de pan y de novelas."

Este texto estaba bien, fue el primero que decidí conservar. Después de él, sin embargo, encontré otros tres artículos ("La columna", "Masoquismos" y "Ser rey"), que no supe cómo trocear: o los conservaba enteros o no tendrían ningún mérito en particular. Y a parte de ésos, a la hora de ponerme a teclear aquí ninguno más parecía justificar el esfuerzo.
Con lo cual me encontré con un único texto de tres líneas, y me asaltó el sentimiento de que, para haber sido destilado de 20 hojas que a su vez venían de un total de 800, no había gran enjundia en lo que había resultado. Si al final del alambicado proceso de... en fin, de extracción de lo sobrante, de búsqueda de lo esencial, lo único que conservaba era el párrafo anterior, que está bien escrito pero no resulta particularmente inteligente, ¿qué sentido tenía? ¿Por qué conservar éste y no cualquier otro, cualquier noticia, o incluso nada en absoluto? Si ya había deshechado el periódico por quedarme con la hoja, la hoja por el artículo, el artículo por el extracto... ¿Por qué no seguir? Quizás todo lo verdaderamente perdurable de mi colección de periódicos era un punto, o quizás una vocal acentuada...
He estado pasando hojas, leyendo por encima los artículos de Millás mientras pensaba que la gracia está en el conjunto, y que de la misma manera que sus libros nunca me gustaron hasta que leí "El mundo" porque los compacta todos (porque los libros de Millás nacen y mueren en la ocurrencia y nunca cuentan grandes historias de iniciación o de superación personal; y la única manera de entenderlos es como parte del total de su literatura, y ésta a su vez como parte de su mundo interior), quizás sería entonces necesario mantener laboriosa y pacientemente una colección de números del País, durante 10 12 años por ejemplo, para que juntos y compactados formen un mapa de la sociedad o de la realidad.
Pues en esas estaba cuando me he estrellado contra el último de los artículos que tenía guardado, uno que ni siquiera había mirado en su momento, y que se titula "La conciencia", del 9 de Mayo:

"En la antiguedad teníamos más metros cuadrados que cosas. Ahora, en cambio, tenemos más cosas que metros cuadrados. Hace años, podías recorrer un pasillo de 15 metros sin tropezar con un solo mueble. Ahora no puedes dar dos pasos sin estrellarte contra una bicicleta estática, una vajilla de Chillida o la armadura de una tienda de campaña. Mucha gente cambiaría los objetos por metros cuadrados; el problema es que la mayoría de esos trastos sólo tiene un valor romántico, que no cotiza ni en los mercadillos de pueblo. Ya me dirán para qué sirve la maleta con la que papá se fue a Alemania, o el televisor en blanco y negro que conservamos absurdamente debajo de una cama (...) Construir viviendas pequeñas por sistema es como escribir con frases cortas por obligación. La frase corta funciona bien como desván, como altillo en el que introducir una o dos ideas pequeñas. Pero para vivir, para respirar para estar a gusto, nada como un piso de seis o siete habitaciones, cuatro exteriores, además de la cocina, el baño y los aseos (...) Hemos vendido el alma a cambio de cosas que brillaban, de espejuelos con los que no sabemos qué hacer. Deberíamos regresar a la frase larga, a la oración compuesta, al pasillo de 15 metros de largo. A la conciencia"

Y me he quedado con una entrada a medio escribir, y con cara de tonto.

martes 24 de junio de 2008

Un rapaz sentado nun banco do parque axita un carabullo diante do seu can, que espera ansioso a que llo tire. Cando o fai, corre detrás do pao movendo o rabo, nervioso e feliz; pero leva posto un bozal, así que non o pode morder. Rabúñao impotente, da voltas ó seu redor, escarva na terra co fuciño... Mentras tanto, ás súas espaldas o dono agáchase parsimoniosamente no seu banco e recolle outro pao do suelo. Despois bota un silbido e o can dáse a volta no momento, movendo a cola no momento...