domingo, 12 de octubre de 2014

Tres dinosaurios en el trineo (II)

Viene del capítulo anterior

El chico que se compró un pasaje en el Terra Nova.
Apsley Cherry-Garrard era un chaval torpón y miope, cobarde como cualquiera de nosotros. Era el único hijo varón entre cinco hermanas del Major-General Apsley Cherry, héroe en dos guerras, que acababa de morir dejándole una herencia con la que podría dedicar el resto de sus días a discutir con su mayordomo sobre la conveniencia de usar salacot en las batidas de caza de zorro.
Entre muchas otras posesiones, además de la mansión familiar de Denford Park en Berkshire, que era tan grande que años después fue una boarding school, heredó también la mansión de Lamer Park en Hertfordshire solamente por incorporar a su apellido original el Garrard de una tía abuela, para que no se perdiese. De esta clase eran las preocupaciones en su familia, este era el clima que lo rodeaba. Pero era joven, y no tenía la intención de vivir en los caserones familiares protegido entre faldas y con el fantasma condecorado de su padre mirando sobre su hombro.
Una noche de verano de 1907 conoció a un amigo de la familia, llamado Edward Wilson. Este era ya un explorador polar reconocido, veterano de la primera expedición de Scott a la Antártida, y estaba organizando una segunda en la que ejercería como jefe científico.
Tengo la teoría de que cuando Wilson decidió cenar con Cherry-Garrard probablemente tuviese la intención de acabar pidiéndole una donación. Le habló de la gran aventura del continente de hielo, de esfuerzo, camaradería y disciplina, del avance de la ciencia. Lo convenció sin medias tintas: en lugar de simplemente ofrecerle dinero, Cherry decidió anotarse como voluntario para la expedición.
Pero Wilson buscaba hombres formidables a los que poder confiar su vida, científicos de prestigio y militares, y Cherry era un pipiolo de 21 años grandullón pero torpe y recién salido de Oxford con un título de Historia Clásica completamente inservible en el hielo. Dejando a un lado el incómodo tema del dinero, era uno de los nuestros. No valía. Wilson se lo explicó lo más cortesmente que pudo, pero siguió dándole largas durante unos meses
O tal vez no, yo qué sé. El libro de Cherry es una medida del cinismo del lector. Para él las amistades son profundas y verdaderas, los hombres formidables y sus motivaciones honradas. Y tal vez tenga razón, aunque uno puede interpretar tanto que Wilson le cogió cariño con el paso de los meses y acabó por hacerse a la idea de llevarlo, como que lo que hacía era darle esperanzas para quedarse con su dinero.
El proceso fue, en todo caso, desesperante para Cherry. Una tarde, en una polvorienta oficina de Victoria Street, Wilson le confió sus planes: en la expedición del Discovery había tenido a su alcance la mayor oportunidad científica de su carrera y se le había escurrido entre los dedos, pero pretendía intentarlo de nuevo. Volvería diez años después al cabo Crozier, aunque fuese un viaje casi imposible en pleno invierno polar. Merecía la pena; sería la culminación de una década de esfuerzos, y podía ser un hito histórico para la ciencia. Y quería que Cherry lo acompañase.
Apenas unos minutos más tarde, Scott le explicó que los médicos no lo consideraban apto para la aventura, y por tanto no podrían llevarlo.
Al final, fuese por resignación, esperanza o convencimiento, Cherry decidió donar a la expedición mil libras, una fortuna en la época. A partir de aquí el capítulo puede leerse como un baile de amagos, el equivalente eduardiano de una pelea de amigos en la barra de un bar por ver quién paga la ronda.
Scott y Wilson necesitaban dinero y no podían renunciar a una cantidad tan importante, pero no querían llevar a un chico desvalido al que tuviesen que estar constantemente cuidando en el hielo, así que Scott le gritó a Wilson, en un susurro reprimido "¡Agárrame! ¡Agárrame o le devuelvo el dinero!", mientras se palpaba ostensiblemente la dinner jacket en busca de bolsillos que hubiesen podido surgir en ella; Cherry estampó el cheque sobre la barra figurada del gentlemen's club con un manotazo cortés y comedido, diciendo que el dinero estaba para gastarlo y que en cualquier caso querría mantener la donación por el bien común y el avance de la ciencia aunque no le dejasen participar, pero le gustaría repetir que sería awfully nice of them llevarlo; Scott, repentinamente impresionado por el amor a la ciencia que demostraba el joven Cherry-Garrard, recordó que los bolsillos estaban en el pantalón justo a tiempo para meter el dinero en ellos, y prometió con los ojos empañados reconsiderar su candidatura.
Es solo una manera cínica de contarlo, claro; pero el caso es que Cherry acabó embarcado en el Terra Nova con un puesto de ayudante de zoólogo, que no le otorgaba ninguna responsabilidad en concreto y lo colocaba bajo el ala protectora de su mentor Wilson. No sería injusto resumir la historia hasta ese momento en que un chico rico y desocupado se compró un paquete de vacaciones de aventura.
Pero Cherry, que muestra en su libro una humildad en la cual me gustaría creer,hizo en el viaje todo lo que supo y pudo. Se esforzó por sacarle de encima trabajos pesados o engorrosos a sus compañeros; fue atento, amable, entusiasta, y honrado en el esfuerzo, y se convirtió en uno de los expedicionarios más queridos.
Y cuando Wilson, honrando la promesa que había hecho en aquella oficina en Victoria Street, le pidió que marchase con él al Terror, Cherry-Garrard arriesgó la vida para acompañar a su amigo en el peor viaje del mundo, precisamente porque se reconocía torpón y cobarde, porque pensaba que no debería estar allí. 

Continuación en el capítulo siguiente
Innecesario interludio expositivo

REFERENCIAS
"El peor viaje del mundo" de Apsley Cherry-Garrard

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