martes, 9 de febrero de 2016

Qué habrá sido de mi disco de Edgar Oliver

Texto publicado originalmente en gallego aquí, el 16/01/2015.

A finales de octubre de 2014 encontré en Barcelona una habitación pequeña, interior y barata, en un piso de principios de siglo lleno de libros de segunda mano y goteras y discos de jazz y basura en las esquinas, a compartir con una cantante de tangos argentina y una mexicana muy simpática que trabajaba por las noches y bebía vino por las mañanas, con ventiladores estropeados y una lavadora vieja en el salón como mesita de la tele. El piso me encantó desde el momento en el que entré por la puerta. Parecía un sitio donde ser pobre y feliz, como un Vila-Matas en París.
Les dejé pagada una fianza y me fui a Galicia un par de semanas. El día que volví, antes de que pudiese dejar las cajas de la mudanza en la habitación, mis flamantes compañeras de piso me explicaron que en ese tiempo habían decidido volverse a sus respectivos países antes de final de año, y que me devolverían la fianza si quería irme y buscar piso en otra parte.
Y posiblemente debería haberlo hecho, pero en un arrebato bohemio y optimista me imaginé bebiendo vino blanco barato en copas rotas y comiendo tamales con un sol de noviembre en la cara, mientras la argentina ensayaba "Nostalgia" en el salón, y decidí quedarme a disfrutar de la vida.
Metí las cajas de la mudanza en mi cuarto y ni siquiera me preocupé de desempaquetarlas, porque me sentía decadente; encendí el ordenador, me conecté a la wifi del piso y celebré que ya había acabado la mudanza contribuyendo improvisadamente a la campaña de Indiegogo del disco nuevo de Edgar Oliver, como un Ephrussi en canotier.
Después cerré la puerta de la habitación y basicamente no salí en todo el mes, porque más allá de los arrebatos momentáneos soy tirando a gris, y no hay fantasía artística parisina que me haga cenar viendo el Intermedio.
Tampoco fue todo tan pedestre como suena, mind you: cierto es que no bebí absenta ni vino blanco en copas rotas, pero como las chicas querían vender todos sus muebles antes de marcharse estuve dos semanas sin mesa en el salón, y cinco o seis días sin microondas, comiendo pasta fría sobre la lavadora vieja como un escritor en Ménilmontant.
El doce de diciembre salí del piso sin haber  comido ni un solo tamal, con las mismas cajas de cartón que un mes antes y dos detalles más que recuperé de la basura por salvar algo del espíritu bohemio con el que me había mudado: una botella del mejor alcohol del piso, y uno de los libros de segunda mano.
A falta de absenta la botella tuvo que ser de cava brut, que nunca me ha gustado; y el libro, una novelita de Ben Elton de cuando pretendía ser joven y provocador, tenía una pinta francamente atroz. Acabé bastante satisfecho.
____

Me acordé de repente del disco ayer a las tres de la mañana, después de dos meses sin prestarle atención a la página ni al par o tres de correos que me habían ido mandando. 
Resultó que la campaña se había financiado exitosamente. Tenía derecho a que me mandasen un email con una copia digital del disco y una postal antigua de Coney Island firmada por Edgar, que posiblemente ya estuviese de camino. La dirección que les había dado, en los días de vino y rosas, era la del piso de la cantante de tangos.
Cuando lo leí en la web de la campaña me entró un pánico de madrugada; traté de buscar la fecha del envío, para comprobar que no venía ya de camino y, tras no encontrar nada, les escribí con creciente nerviosismo un correo confuso y con párrafos densos como la fraga de Eirís donde todas las noches el lobo saluda a la gente—, espesos como solo puede producir, con la combinación justa de sueño y nerviosismo, alguien que incluso en su mejor momento acaba hablando de absenta y lavadoras estropeadas cuando se había sentado inocentemente a escribir exclusivamente sobre una postal antigua; de alguna manera perdí el hilo a medio camino —os sorprenderá saber—, y se me olvidó mencionarles que me había mudado y que la dirección que ellos tenían no era la correcta.
Cuando me levanté hoy —a una hora, por cierto, francamente bohemia—, me esperaba en el buzón un email de la organizadora de la campaña. "Estimado Noé", me decía. "Sentimos mucho el retraso en el envío de su postal. Hoy mismo acabamos de reenviarla, y me alegra informarle de que hemos incluido adicionalmente una copia física del CD como muestra de buena voluntad".
Así que le he dado un disco de Edgar Oliver y una postal antigua de Coney Island a los nuevos inquilinos del piso, como regalo de bienvenida. Ya pueden merecerlo. Ya pueden ser escultores, o nobles austríacos venidos a menos.

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