viernes, 13 de febrero de 2015

El milagro de Stevenson en Lugo (I)

El deporte, en realidad, no es tan interesante. Para hacer atractivo un partido cualquiera —explican Jad Abumrad y Robert Krulwich en un capítulo reciente de Radiolab— es necesario fabricar una historia alrededor. La más extendida y asimilable es la de señalar a uno como el claro favorito, el Goliat, y al otro como un David que parte en desventaja. Esto hará que la mayoría de los espectadores neutrales nos decantemos automaticamente por el que tiene menos posibilidades, y a partir de ahí estaremos interesados, sin querer.
Al final del episodio Jad y Robert narran un partido de baloncesto que se jugó en Stevenson, Alabama, el día de San Valentín de 1992.
No había ningún título en juego ni era un playoff, y ninguno de los dos equipos era particularmente bueno, ni siquiera para los estándares de su liga regional de instituto. Incluso exageré al decir que eran pueblos vecinos: Stevenson y Fort Payne están a unos 70 kilómetros de distancia, más o menos como Lugo y Ribadeo.
A ningún oyente de Radiolab le importa el partido (y a vosotros, me doy cuenta, tampoco), precisamente porque el deporte, la pura competición atlética entre dos partes, en realidad no es tan interesante.
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El encuentro se desarrolla por cauces perfectamente mediocres, como cabría esperar, salvo por la cantidad de faltas personales que ambos equipos van acumulando: al final de los 40 minutos sumarán 75, una cada 32 segundos. Se trata de una constante sucesión de faltas enlazada por breves momentos de juego, en los que por otra parte abundan las pérdidas de balón y los fallos. El marcador se mantiene muy bajo durante todo el partido, pero llega apretado al final.
Cuando queda aproximadamente medio minuto, los North Jackson Chiefs pierden de tres; pero Travis Smith, su base, roba la pelota y anota fácilmente al contraataque. La diferencia se reduce a un punto.
En ese momento, Nacho pide tiempo muerto. Nosotros estamos empatados con Ribadeo, la última posesión es nuestra y a ellos solo les quedan tres jugadores en cancha. Podemos ganar nuestro primer partido de liga, en la última jornada.
Mientras nos aclara esto, se le va poniendo una sonrisa canchera que aún no entendemos. Podemos ganar,  nos explica, y volvernos a casa satisfechos por el día, o bien podemos dejar pasar la posesión.
Y a estas alturas posiblemente Bieito, que es la estrella del equipo, haya cogido a qué se refiere el entrenador. Pero Bieito está eliminado por faltas, como otros cuatro, así que la responsabilidad del partido cae sobre los cinco suplentes de fondo de banquillo que todavía podemos jugar, y nosotros miramos a Nacho como vacas al tren.
De esta manera —sigue explicándonos, paciente— tendremos diez minutos de prórroga por delante, contra tres jugadores; y no solo les ganaremos el partido, sino que podremos remontarles los seis puntos de basket-average que nos sacaron en la primera jornada, y que los han mantenido penúltimos de la liga hasta ahora, semana a semana, a lo largo de meses de derrotas en paralelo.
Está en juego, en definitiva, acabar la temporada sin ser el peor equipo de la provincia. No es un gran premio, pero lo tenemos en la mano. Nosotros decidimos. En esta pequeñaventana de tiempo, nosotros somos Goliat.
El árbitro nos llama a la pista antes de que le contestemos a Nacho, y a la salida del tiempo muerto los Wildcats plantean una jugada larga para gastar tiempo. Cuando han consumido practicamente su posesión, y quedan unos cinco segundos en el reloj de partido, los Chiefs cometen una falta ridícula, que los puede dejar a tres puntos y además provoca otra eliminación.
La situación es desesperada, pero el tirador de los Wildcats falla el segundo de sus tiros libres y abre una pequeña posibilidad. Los Chiefs atrapan el rebote y se lanzan a un contraataque alocado en los pocos segundos que quedan. Pero Travis Smith consigue llegar con la pelota a la línea de 6,25, armar el brazo a toda prisa y lanzar un triple sobre la bocina.
Lo falla, pero los árbitros pitan falta sobre el tiro, la número 75 del partido. Smith tiene tres tiros libres sin tiempo en el reloj para ganar el partido
Nosotros estamos confusos por lo emocionante que se acaba de poner el partido en Alabama, y porque no acabamos de asimilar completamente lo que nos ha dicho Nacho.
Probablemente por eso, estamos también convencidos, contra la opinión del entrenador y francamente contra el sentido común, de atacar deportivamente, de tratar solo de meter canasta y llevarnos la victoria.
Nos reunimos en un corro antes de sacar y de alguna manera todos caemos en la cuenta de que no vamos a gastar la posesión para arrastrar el partido innecesariamente a la prórroga. "Vamos a ganar", nos repetimos, "sin gilipolleces".
Somos los cinco suplentes habituales del equipo malo de Estudiantes, en cualquier categoría en la que estemos; llevamos años sentados en el mismo banquillo en el fondo de la clasificación, viendo perder a nuestros titulares y sabiendo que nosotros no podríamos hacerlo mejor. Tenemos sobrepeso, gafas, pluma, problemas de movilidad en las muñecas. Estamos ante la ocasión única de abusar del otro equipo, de ver sangre y lanzarnos al cuello con instinto asesino.
Pero en lugar de eso decidimos hacer lo correcto y enfrentar cara a cara a nuestros rivales, con romanticismo adolescente en la mirada.

Continuación aquí
Versión en gallego aquí

REFERENCIAS
"2 on 5" de Thomas Lake 
"On the winning side"

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