domingo, 4 de octubre de 2015

La lista

Hace dos años y medio, después de recibir los regalos de navidades, me llegó un envío de Book Depository que ni recordaba haber pedido y, entre unas cosas y otras, me vi con un montón de libros por leer.
Dediqué la mañana del 10 de enero (estaba en el paro, tenía tiempo) a recorrer la casa de estantería en estantería, anotando en un post-it todos los libros que había ido comprando a lo largo de los años y había dejado abandonados en cualquier hueco libre de los estantes, posiblemente sin haberlos abierto. Salieron unos veinte.
Aquel día me prometí no comprar ningún libro más hasta que los hubiese leído todos. "A ver si acabo antes de las próximas navidades", recuerdo que pensé. Arranqué el post-it de su taco, lo doblé en un cuadrado más pequeño, y lo metí en la cartera, en lugar del dinero que había malgastado.
No suelo llevar cosas innecesarias en la cartera —no soy de la clase de personas que va cargando con fotos personales, ni de los que llevan condones—; pero puse dentro la lista de libros, por si acaso entraba en una librería, curioseaba durante minutos, escogía un libro y me acercaba con él al mostrador, tentándome la cartera en el bolsillo.
Entonces recordaría el post-it que iba dentro, dejaría el libro en su sitio, volvería a casa lleno de remordimientos, y comenzaría a leer el siguiente libro de mi lista; de ese modo, iría tachándolos uno a uno. Cuando hubiese acabado con todos, tiraría el papelito y sería de nuevo libre.
Hoy —4 de octubre de 2015: un año, diez meses y cuatro días más tarde del límite que me había impuesto—, voy a tirar por fin el post-it.
Me he quedado sin espacio para anotar libros nuevos.


A veces escribir es buscar aparcarmiento.

Llevo toda la tarde paseando solo por Lugo, llena de gente de fiesta, así que me ha ido dando la sensación de que tenia un texto en ciernes.
Nunca he necesitado mucho más que eso. No una historia, no una tesis que demostrar, sino dos frases con algo rascándome dentro de la cabeza y la intuición de que valía la pena ahondar en ellas. En otro momento me habría lanzado al folio, empezando la casa por la ventana, huyendo hacia adelante durante horas, escribiendo y reescribiendo —dando vueltas, buscando un hueco, arando en círculos, malgastando metáforas— y os habría castigado con un texto sin sentido, sudado e innecesario, labradísimo, lleno de adverbios metidos al toque, y que en definitiva —después de todo el esfuerzo— no llegaría a ninguna parte.
No lo voy a hacer porque he comprendido hace tiempo que nunca escribo nada que importe demasiado—o me he convencido, tal vez; me pregunto en realidad qué porcentaje de comprender algo es simplemente convencerse de ello (como cuando "comprendes" tras una ruptura que no te convenía, y qué ciego estabas, o "comprendes" que es el amor de tu vida tras la reconciliación, qué tonto has sido—, y he decidido que para eso no me apetece escribir.
Y luego he pensado (sin recordar —lo juro, lo juro— a Michi Panero), que si algo bueno tengo es que ni siquiera entendéis el coñazo que sería si no fuese tan vago.

martes, 14 de julio de 2015

Variaciones en el guión

En verano, desde que abren las flores, nos pasa al menos una vez por fin de semana.
Siempre hay algún dominguero que, al pasar frente a mi casa por la carretera, frena el coche, lo arrima un poquito a nuestro muro y lo deja parado al ralentí. Es necesario tener un oído entrenado para separar el zumbido de fondo de un motor al ralentí del ruído normal de una carretera. Es como oír un jaguar en la selva, hay que detectar la ausencia de ruído alrededor. Por suerte, mi madre es implacable, después de tantos años. Cuando yo estoy todavía empezando a notar el cosquilleo en la nuca, y a preguntarme si no habra algo acechándome a mis espaldas, mi madre ya ha salido de la casa a vigilar.
De vez en cuando es alguien que está llamando por teléfono, o que quiere tirar algo en el cubo de basura, pero normalmente es un espabilado con unas tijeras en la mano, robándonos hortensias del cierre de la finca.
El sábado cayó la primera del año. Yo estaba con mi padre en el jardín, y ni aún así me había dado cuenta de que hubiese parado ningún coche (me lo tapaba, honestamente, una hortensia), hasta que vi a mi madre acercarse al muro de la carretera, saludando con los brazos abiertos como si acabase de aparecer la tía de Vitoria.
- ¡¡Hola!!
- ¡Hola! —le contestó la del coche, sorprendida, y le llevó un momento volver a hablar—. Ay, te cogí un par de flores...
- Ya veo, ya. A ver, dámelas entonces, que las meto en agua.
La señora después siguió hablando, porque las conversaciones en la vida real no paran en el punchline. Y a estas alturas ya sabemos lo que nos van a decir; son las mismas que le dan a mi padrino cuando pilla a alguien robándole higos, las mismas que le daban a mi tía Elena, que en paz descanse, por las naranjas. La señora siguió hablando y cumpliendo sin saberlo todos los puntos de un guión que tiene cientos de años, "qué más te da si solo es un par, mujer" y whatnot, hasta que, en un golpe genial de desfachatez, le preguntó a mi madre —en confianza, de amiga a amiga— si no era cierto que las hortensias se dan solo con clavarlas en el suelo.
Que es una pregunta ambiciosa, hay que concedérselo: pretende a la vez desviar la atención, normalizar la situación, y dejar un regusto condescendiente. “Y los relojes estos que me habéis pillado robando, entonces, ¿vosotros reparáis o solo vendéis?”. Sensacional, la pirueta.
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Con estos antecedentes, cuando ayer paró otro coche delante de la casa nos acercamos los tres a la pared de la finca –los tres y el perro, de hecho- dispuestos, demontres, a la batalla.
Yo iba preparando sarcasmos que soltarle al conductor cuando lo pillásemos in fraganti. Mi padre iba a quedarse callado y severo. Mi madre tenía ganas de montarle un escándalo. El perro tenía una pelota y más que nada creo que quería saber si podía jugar con el señor del coche; aunque cabía la posibilidad de que le diese de repente por guardar la casa y rompiese a ladrar, mi perro es imprevisible.
El caso es que el señor del coche —lo había dejado, por cierto, clavado en mitad del carril, sin apartarlo al arcén, parando el tráfico de un final de domingo de playa— se bajó delante de nosotros, correteó por la cuneta unos quince metros, se metió hacia monte que tenemos al lado de la finca, y se puso a cagar entre dos pinos.
Nos pilló bastante desprevenidos, francamente. Nos quedamos los tres mirándolo atontados. El perro no, el perro fue a llevarle la pelota por si había suerte.

miércoles, 1 de julio de 2015

Fragmento de "Wild Ones", de Jon Mooallem

(Después de insistir durante semanas en Twitter para que la gente oyese mi capítulo favorito de 99% Invisible, with quite meager a result, se me ha ocurrido traducirlo y colgarlo aquí, simplemente por celebrar algo que me ha fascinado.
Está más parafraseado que propiamente traducido, y francamente suena mucho mejor en 99% Invisible: completo, en el inglés original, con música de fondo -que por cierto podéis oír también aquí-, y con una introducción de Roman Mars en la que se oye la pura fiebre de su entusiasmo. En todo caso, aquí lo dejo).

Sucede cada verano. Un grupo de pequeñas tortugas de espalda de diamante salen del agua cerca del aeropuerto JFK, en Nueva York, y comienzan a caminar hacia el Oeste.
Se dirigen a un banco de arena en el que les gusta desovar, y para hacerlo tienen que cruzar una de las pistas del aeropuerto, la 4L. A veces hay tantas tortugas cruzando al mismo tiempo que la torre de control tiene que retrasar vuelos.
A la prensa le encanta hacer reportajes sobre lo divertido que es ver un montón de aviones enormes frenado por un puñado de tortuguitas.
Con esta imagen en la cabeza, pensad en el Mar Caribe en 1492. Había entonces casi mil millones de tortugas marinas viviendo en él. Los marineros de Colón, anclados allí, se quejaban en sus diarios de que no podían dormir por el golpeteo constante de las conchas de tortuga contra el casco del barco.
Daos cuenta de cómo esta escena es la opuesta a la del JFK. No es una flota de aviones gigantes detenida por unas pequeñas tortugas, sino una flota gigante de tortugas bombardeando unos pocos barcos, relativamente pequeños.

Escribí un libro sobre animales salvajes y personas en América, y lo que pretendía al comenzarlo era enseñarle a mi hija especies en peligro de extinción, antes de que desapareciesen.
Como mucha gente, creo, notaba un regusto amargo. Hay partes preciosas del mundo muriéndose ahora mismo, a nuestro alrededor, y las generaciones futuras puede que ni se den cuenta. Para ellos será normal un mundo sin ballenas, o sin vegetación. Quería contrarrestar el olvido que va a acabar apoderándose de nosotros con el tiempo.
Este olvido tiene un nombre; los científicos lo llaman Síndrome del Paradigma Cambiante. Quiere decir que todos aceptamos como normal la versión del mundo que hemos heredado, y con los años nos damos cuenta de cómo desaparecen especies o se talan bosques; pero la siguiente generación, cuando llega, acepta como normal su versión reducida de la realidad.
Es difícil alejar el zoom y darnos cuenta de todos los cambios que van acumulándose a lo largo de las generaciones. Yo ni siquiera soy capaz de imaginar lo que sería un océano con mil millones de tortugas; el invierno pasado estuve en Hawaii, vi tres tortugas marinas, y me quedé alucinado, como si estuviese en el Edén.

No hace tanto tiempo, sin embargo, América era una especie de edén en el que el hombre podía verse rodeado y empequeñecido por animales salvajes, de una manera que ahora nos resulta casi inimaginable.
A finales del siglo XIX, los trenes tenían que parar en ocasiones durante 4 o 5 horas mientras manadas de búfalos cruzaban las vías. A veces una estampida chocaba contra los trenes y los hacía descarrilar. Un testigo describió una de estas escenas, en 1871 en Kansas:
“Los búfalos atacaron con irracionalidad y desesperación, cargando contra la locomotora y los vagones según los dirigía su locura ciega. Después de que sus trenes fuesen descarrilados dos veces en una semana, los conductores aprendieron a respetar las idiosincrasias del búfalo.”
El testigo era William Temple Hornaday, un zoólogo grandilocuente del Medio Oeste, con un bigote muy trabajado. Hornaday era Jefe de Taxidermia del Smithsonian, y viajaba por todo el globo cazando animales y disecándolos para el museo.
En la India, después de cazar un elefante, se montó en su cadáver y se tomó una cerveza Bass. En otra ocasión atrapó un orangután, le puso de nombre “Little Man” y se lo regaló a Andrew Carnegie como mascota.
Suena raro, pero para Hornaday matar a estos animales era un tipo de conservación. Creía que al embalsamarlos lo que hacía era preservar especímenes en peligro para las futuras generaciones, que no llegarían a conocerlos antes de que se extinguiesen. A través de la taxidermia los podría hacer inmortales.
En 1886, Hornaday se dio cuenta de que los americanos estaban matando tantos búfalos, y tan rápido, que las praderas se estaban quedando vacías; estimó que quedarían menos de 300 búfalos en libertad. Así que hizo lo que creía más lógico y más útil: fue a Montana a matar varias docenas de ellos.
Hornaday cazó 25 búfalos en Montana y construyó con los mejores especímenes un diorama en el museo. Los colocó agrupados en torno a una charca de mentira, con cara de pena.
Pero a partir de aquí su pensamiento evolucionó. Se dio cuenta de que su trabajo era embalsamar a los animales que América exterminaba, como el del director de funeraria. Pensó: "¿Qué pasaría si en lugar de esto tratásemos de mantenerlos vivos?"
Y así se convirtió en el primer conservacionista verdadero de América, en un activista, en una celebridad. América estaba matando toda clase de animales y Hornaday dio la cara por todos ellos, desde iconos como el grizzly a otras especies menos majestuosas, como las ardillas.
Solo había una animal en el continente que no le preocupaba. Parecía demasiado poderoso para ser derribado por hombrecillos con pistolas, y vivía en un ambiente frío y brutal que el ser humano nunca podría conquistar.
“El oso polar es el rey del Norte. No es muy probable que vaya a ser exterminado por los hombres”
Hornaday escribía esto en 1914. Entonces, nadie podía haber previsto un problema tan abstracto como el cambio climático.
Pero pensad en lo rápido que ha cambiado la reputación del oso polar, de asesino sangriento a víctima indefensa. Hace 200 años los exploradores árticos contaban historias de osos polares que saltaban dentro de sus barcos y los atacaban aunque les prendiesen fuego. Pero hace poco, cuando visité un pequeño pueblo canadiense que se hace llamar “la capital mundial del oso polar”, coincidí allí con Martha Stewart. Iba a grabar a los para su programa en el canal Hallmark.

El pueblo se llama Churchill, Manitoba, y está en las costas de la bahía de Hudson. Cada otoño, justo antes de que la bahía se congele, Churchill es ocupada por 900 osos polares, y por 10.000 turistas.
Los osos caminan habitualmente por el centro del pueblo. Les encanta pasar el rato en la escuela, sobre todo. Si la gente marca el número 675BEAR, una patrulla de Control de Osos llega y los espanta hacia la tundra. Los que se resisten son sedados y trasladados a un recinto cerca del aeropuerto.
Una vez que esta “cárcel de osos” se llena, los animales son dormidos de nuevo y llevados en helicóptero, uno por uno, a un área deshabitada al Norte del pueblo. Cuando esto sucede, montones de turistas se acercan a ver estos traslados de osos; yo mismo fui a uno.
Tenía algo de ceremonia. La manera en que los oficiales colocaban al oso sedado en el centro de la red; cómo le cruzaban las zarpas sobre el pecho, como a un tío borracho tras la cena de Acción de Gracias. Era muy cuidadoso, bello, confuso. Un par de turistas lloraron. Era lo opuesto a un sacrificio animal: un ritual para salvar al oso, para demostrar lo lejos que estamos dispuestos a llegar para no matarlo. Y Martha Stewart estaba allí, filmándolo todo.
Es francamente impresionante ver a un oso levantar el vuelo. Las alas del helicóptero comienzan a batir, las esquinas de la red se levantan, la masa peluda dentro de ella se contrae en forma de U, y de repente todo el paquete está volando hacia las nubes, con el oso girando levemente en el aire, como una bolsa de té.

Ya, ya lo sé; trasladar osos en helicóptero. Es raro, nadie se habría planteado que llegaríamos a esto. La forma en la que ayudamos a los animales se ha transformado en un tipo surrealista de performance artística: llevamos salamandras en migración a través de autopistas, monitorizamos poblaciones de conejos mediante drones...
En la Universidad de Cornell, los científicos encargados de criar halcones peregrinos llevaban sobre la cabeza un depósito al que llamaban “sombrero de cópula”, e hicieron que un pájaro llamado "Beer Can" se pasase la mayor parte de los 70 eyaculando en sus cabezas, varias veces al día.
Este es otro paradigma que cambia con el tiempo: lo lejos que estamos dispuestos a llegar. Cada generación plantea lo que a la anterior le hubiese parecido una lucha ridícula por una causa perdida, y luego llega la siguiente y va todavía un poco más allá.
Y así continúa la Humanidad, colocándose el sombrero de cópula una y otra vez.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Es que ni para ir a por el periódico

Entro en el ascensor y aprieto automáticamente el botón de la segunda planta. Me doy cuenta al momento de que me he equivocado, y marco también el de la quinta; todavía tengo que acostumbrarme al piso nuevo. Me miro en el espejo mientras subo. Me queda corto en las mangas, el jersey este; ha debido de encoger al lavarlo. Cuando el ascensor para, salgo de él empujando la puerta con el talón y me fijo en que además ha hecho bolitas en la espalda. Lo he estropeado, definitivamente; debería haberlo lavado a mano, o meterlo en una bolsa como hace A. con sus blusas. Trato de abrir la puerta, pero la llave no gira; parece mentira que aún no controle bien qué llave va en cada puerta. La siguiente que intento ni siquiera entra en la cerradura. Miro bien mis llaves. Miro bien la cerradura. Miro bien la puerta.
La puerta es de un color distinto al que recordaba.
En ese momento se pone en marcha un engranaje en mi cabeza. Pasa un segundo. Una rueda dentada gira lentamente y acaba cayendo en posición. Vuelvo corriendo al ascensor, pero he tardado demasiado tiempo y el mecanismo de bloqueo de la puerta ya no me deja entrar. Subo caminando tres pisos. Cuando llego al quinto, el ascensor está esperándome con la puerta abierta.

Versión en gallego aquí 


martes, 5 de mayo de 2015

La soledad del corredor de fondo

El otro día, en el aeropuerto, le eché una carrera a una chica por ver quién llegaba antes al Aerobús que baja a Barcelona. Una carrera tácita, quiero decir.
Cuando vuelvo desde Galicia trato de viajar siempre en el último vuelo del día, que sale de Coruña a las diez y llega al Prat a las doce menos cuarto. He adquirido la costumbre recientemente, por hacer más entretenido el viaje, de agobiarme mientras aterrizamos pensando que el último Aerobús se va a las doce y si no me doy prisa tendré que bajar en taxi.
En cuanto me veo fuera del avión cojo velocidad de crucero y empiezo a adelantar a todos los que desembarcaron antes que yo. Con eficacia, sin echar a correr ni montar escándalos.
Ellos pasean por la terminal bromeando o poniéndose abrigos o quitándoselos porque acaban de llegar a Barcelona; yo camino solo y concentrado, y conozco mejor el entorno: recorto esquinas, me meto por atajos, soy eficiente en los giros, soy rápido y despiadado.
Una vez recorrí toda la terminal en la dirección equivocada, también es cierto —los había dejado atrás a todos, estaba solo en el aeropuerto, iba impresionado por mi eficacia—, pero generalmente doy cuenta de ellos con facilidad, y después me marco nuevos objetivos; siempre hay en el horizonte pasajeros de otros vuelos que perseguir.
Cuando llego a la cola del autobús recuerdo de pronto que el servicio dura hasta la una y cuarto y no había ninguna puñetera necesidad de darse tanta prisa. Entonces noto el cansancio, el hormigueo en los gemelos, el sudor en la nuca. Mientras estoy atascado en la cola, mis presas se van colocando una a una a mi lado. Siguen bromeando, hablan del tiempo y llaman a sus familias para decirles que ya han llegado. Yo trato de recordar cómo se hacía lo de respirar.
Es un hobby como cualquier otro, supongo.
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Llevaba el otro día tres o cuatro minutos adelantando a buen ritmo a los demás pasajeros de mi avión cuando vi que me había surgido un rival. Una chica caminaba igual de rápido, y con la misma voracidad, a unos metros de distancia  Había dejado pasar a demasiada gente en el avión, me iba a costar recuperar la ventaja que me llevaba. Esforzándome por no romper a correr, apuré el paso.
Fui recortando distancias con ella a través de grupos de pasajeros ociosos mientras pasábamos por la zona de tiendas. Iba comiéndole terreno solo porque mis zancadas eran más largas, pero su trayectoria era impecable. Desde detrás, vi cómo acortaba la esquina del Desigual, por donde lo haría yo, e inmediatamente después se cruzaba delante de una marea de gente para arrimarse a la pared derecha del pasillo. Con frialdad, sin dudar, controlando las distancias.
En un pasillo sin salidas obvias a la vista, entre decenas de incautos que caminaban aborregados hacia el cartel luminoso del fondo, ella se preparaba para una curva a derechas. Eso solo podía significar una cosa: conocía el atajo.
Dejé de verla un momento, tapado por la gente que ella acababa de adelantar, y cuando conseguí rebasarlos ya se había esfumado del pasillo. Una demostración impresionante; se trataba de una rival de altura.
Me deslicé por el atajo yo también y conseguí alcanzarla en la zona de equipajes. Atravesé el control policial con ventaja, pero en la valla de separación que hay a la salida de las puertas me abrí demasiado, y ella aprovechó para trazar una curva cerrada y colocarse delante de mí.
Se me ocurrió por primera vez la posibilidad de que se hubiese dado cuenta. Después de todo iba adelantando a todo el mundo por pura eficacia, sin correr; siguiendo las mismas reglas arbitrarias que yo. Y ahora se había fijado en mí. La carrera de verdad acababa de comenzar.
Cruzamos la sala de espera felices en la competición, navegando a la par las riadas de viajeros, sorteando trolleys y familias que amenazaban con incluirnos en su abrazo.
La chica maniobró hacia la izquierda para esquivar a un guía y se encontró de frente con un monitor de llegadas que la frenó en seco. Yo me escabullí hacia la derecha y pasé de largo, y al dejarla atrás la perdí de vista
Justo antes de la rampa de bajada a la dársena de los autobuses quise dejarle pasar a una madre que empujaba un carrito de bebé, y la chica aprovechó la oportunidad para aparecer de la nada y cruzarse delante de mí. Intenté devolverle el adelantamiento mientras bajábamos, pero había colocado la maleta hacia su izquierda, maliciosamente, para cerrarme el paso.
Al salir de la rampa solo me quedaban quince metros para adelantarla antes de llegar a la fila del autobús; parecía casi imposible. Imaginé que ella iría regodeándose en su victoria y eso le haría cometer un error, igual que a mí antes. Me abrí a la derecha y aceleré, esperando que aflojase el paso. Llegué a colocarme en paralelo, pero ella estaba alerta y mantuvo el ritmo.
El final de la cola, nuestra línea de meta, se me estaba echando encima cada vez más rápido según se iba incorporando más gente. Iba un paso por detrás, mi gemelo izquierdo gritaba de dolor, y me estaba quedando sin margen.
En el último segundo no pude evitar perder la compostura y romper a correr. Me coloqué delante de ella en la cola con tres saltitos ridículos, impropios de la carrera que habíamos mantenido, y al llegar dejé caer mi bolsa de viaje al suelo como un corredor de maratón tras la línea de meta. Había vencido, aunque me pesase.
Mientras esperábamos a que la gente fuese entrando en el autobús, pensé en darme la vuelta y pedirle perdón; le debía al menos una sonrisa amable, un gesto de señorío en la victoria. En todo caso, debía asegurarme definitivamente de que ella también se había dado cuenta; pero tendría que esperar hasta más tarde, porque la cola iba avanzando y prácticamente me tocaba entrar en el autobús. Cuando me acababa de montar y estaba buscando la cartera para pagar, el conductor cerró la puerta justo detrás de mí, y no le dejó subirse a ella.
Creo que la chica tenía que saber por fuerza que estábamos echando una carrera, tácita y amistosa. Pero cabe la posibilidad de que, mientras el autobús se alejaba, se preguntase por qué el capullo que se le acababa de colar delante y la había dejado tirada en tierra se le quedaba encima mirando con ojillos de perro abandonado al otro lado de la puerta de cristal.

Versión en galego  aquí

viernes, 1 de mayo de 2015

Bit of a conundrum, here

Son las cuatro de la mañana y estoy en ese punto dulce de sueño en el que debería apagar el ordenador, dejarlo en la mesilla, y echarme a dormir. Pero entonces dejaría de oir la música, claro.
El problema es que me dejé la radio encendida, antes de coger el portátil y abrir Spotify. Y en la radio está Iker Jiménez hablando de las pruebas científicas de la existencia de la telequinesia.
Y ya me está molestando ahora mismo lo poco que oigo en las pausas entre canción y canción, acolchado el sonido por los auriculares, pero es que la posibilidad de tener que escucharlo a viva voz, por poco tiempo que sea, me cabrea hasta el punto de no dejarme dormir. Es un problema ridículo, estoy de acuerdo, un guisante bajo la almohada; pero a las cuatro de la mañana mi cerebro es como un rinoceronte en estampida, incapaz de girar. Puedo echarme horas debatiendo si salir de cama para beber un vaso de agua o ir al baño.
La única solución que se me ocurre, y no consigo escapar de ella, es levantarme cuidadosamente de la cama con el portátil en la mano, sin sacarme los cascos ni desenchufarlos para seguir oyendo música mientras camino, y apagar la radio sin sufrir las chorradas de Jiménez.
Antes de acostarme, antes incluso de encender la radio, fregué los platos de la cena, lo cual no es una labor de riesgo; pero una taza consiguió escapárseme de las manos, saltó hacia arriba y cayó describiendo una parábola preciosa hasta estrellarse contra el suelo.
Llegué a la habitación cabreado conmigo mismo, me distraje un momento y cuando me quise dar cuenta tenía el móvil en la mano y estaba mirando twitter, como Homer Simpson pegándole a un gato. Espantado, lo dejé caer sobre la mesita de noche, en concreto encima de las gafas; se deslizó sobre ellas y cayó por la parte de atrás de la mesa.
Al apartarla para recoger el móvil, la lámpara se vio sin ninguna mesa debajo y se precipitó al suelo, decidida, amenazando romperse ella también; pero yo la agarré en el aire —con una agilidad completamente impropia de mí, francamente—, y la volví a colocar sobre la mesa, de donde la tiré con el codo medio minuto después. 
Con estos antecedentes, comprenderéis que no me fíe de ser capaz de sujetar el portátil con una mano mientras sigo conectado a él a una distancia fija mediante los auriculares, dar tres pasos en la oscuridad y depués una vuelta sobre mí mismo para apagar la radio con la mano libre sin acabar enredado con el cable o tropezándome con la alfombra o tirando el ordenador por la ventana.
Me resulta imposible de imaginar, a estas horas de la mañana; así que aquí estoy, oyendo de fondo cuando para la música a Iker Jiménez hablar de gente que mueve objetos con la mente.

Versión en gallego aquí