domingo, 6 de marzo de 2016

I wanna be your Maria Popova #3


El domingo pasado se reeditó con el País un artículo muy bueno de Ander Izagirre en Jot Down sobre Chernobyl ("No sabíamos que la muerte pudiera ser tan bella", por Ander Izagirre), y dos días después rebotó por muchos medios el resultado de un estudio sobre el aumento de población de animales salvajes en la zona de exclusión alrededor de la central, desde que no hay humanos.
Oir hablar de Chernobyl dos veces seguidas en tan poco tiempo es perfectamente normal, por supuesto; pero si habéis leído el artículo de Izagirre os habréis dado cuenta de que cita en él a Svetlana Alexievich, galardonada con el premio Nobel de literatura este mismo jueves.
El tema de los lobos nos ha recordado, por cierto, un vídeo precioso: How wolves change rivers. Pero volviendo a los Nobel, merece la pena mencionar un par de enlaces sobre la búsqueda de neutrinos:
A la búsqueda de materia oscura en el túnel de Canfranc, por Antonio Martínez Ron
Elements, en Radiolab.
Night crossing, en Futility Closet
Incluso viene a cuento, aunque no tenga nada que ver con los neutrinos, enlazar este poema que hemos recordado: Resurrection, por Dylan Garity.
Lo que probablemente no tenga ya ningún sentido —además de ser probablemente ilegal— es dejaros también la opinión de Dara O'Briain sobre la película 2012.

viernes, 4 de marzo de 2016

Sobre "The Orchid Thief"

La periodista Susan Orlean leyó un breve en un periódico local de Florida sobre el juicio al responsable de un vivero, a quien habían detenido recolectando varias docenas de orquídeas protegidas del pantano Fakahatchee. La noticia le produjo curiosidad, no tanto por el caso en si, como porque los cómplices del ladrón pertenecían a la nación Seminola, y los indios tienen un estatus legal tan extraño en Estados Unidos que ni siquiera estaba claro que la ley que habían roto se les pudiese aplicar a ellos: era posible que el veredicto dictase que los Seminola no son ciudadanos americanos, sentando un precedente de magnitud imprevisible. Orlean decidió volar a Florida.
El resultado del juicio, sin embargo, no fue particularmente interesante. No se trató a fondo el asunto de la ciudadanía, nadie fue a la cárcel, se estableció una prohibición de acceso al pantano, hubo algunos culpables de faltas administrativas, se pagaron algunas multas.
Meses después, Orlean publicó un reportaje sobre el caso, "Orchid Fever". El texto habla de obsesiones y de las desilusiones que las siguen, y se centra en el protagonista del robo, John Laroche, un tipo brillante y marginal que adquiere pasiones insanas, vuelca su vida en ellas de forma enfermiza, y las acaba abandonando bruscamente.
Me da la sensación, aunque qué sé yo, de que Orlean le dedicó tan específicamente su texto a Laroche para salvar un reportaje que estaba en riesgo porque el veredicto del juicio había resultado ser irrelevante; pero, al hacerlo, se vio con un montón de detalles y curiosidades que había ido acumulando con paciencia de sub-sub-bibliotecaria mientras trabajaba en el reportaje, y que se habían quedado finalmente sin sitio en el texto.
Tenía una lista de todos los robos de orquídeas que se habían producido en los últimos veinte años, y otra con las muertes de los recolectores de platas victorianos, y otra con los nombres y las formas de las orquídeas del Fakahatchee. Conocía estafas inmobiliarias, envidias, cuernos y diputas personales entre orchid men; contrabandistas, exploradores, o un jefe indio que dirigía un holding empresarial y había ganado un Grammy.
Así que, a partir de una nota breve en un periódico regional, sobre un tema tan poco atractivo como la compra-venta de orquídeas en Florida, con un caso judicial que se había desinflado mientras trabajaba en él, y después de haberle dedicado ya un texto de 6500 palabras, Susan Orlean decidió escribir un libro entero, como una nota al pie en la que poder estirar las piernas y explayarse.
The great Victorian-era orchid hunter William Arnold drowned on a collecting expedition on the Orinoco River. The orchid hunter Schroeder, a contemporary of Arnold's, fell to his death while hunting in Sierra Leone. The hunter Falkenberg was also lost, while orchid hunting in Panama. David Bowman died of dysentery in Bogotá. The hunter Klabock was murdered in Mexico. Brown was killed in Madagascar. Endres was shot dead in Rio Hacha. Gustavo Wallid died of fever in Ecuador. Digance was gunned down by locals in Brazil. Osmers vanished without a trace in Asia. The linguist and plant collector Augustus Margary survived toothache, rheumatism, pleurisy, and dysentery while sailing the Yangtzé only to be murdered when he completed his mission and traveled beyond Bhamo.
"The Orchid Thief" es como un libro de Jacinto Antón o de Cunqueiro, como "The thrilling adventures of Lovelace and Babbage", de Sydney Padua, como las notas ficticias de "Jonathan Strange & Mr. Norrell" de Susanna Clarke: una celebración de la minuciosidad y de la curiosidad del chapón de clase.
Está lleno de enumeraciones, como la de arriba, y aunque están escritas con ritmo y gracia, siempre hay más listas de las que uno anticipa, y cada una dura más de lo que se espera. En el párrafo anterior, Orlean cita a once exploradores, detallando cómo sucedieron sus muertes y dónde, y enumerando —listas dentro de listas— todas las enfermedades que había pasado Augustus Margary antes de ser asesinado más allá de Bhamo. Opino que, a partir del cuarto caso —David Bowman, muerto de disentería en Bogotá—, la lista ya no es necesaria para explicar el peligro que corrían: simplemente se está pegando un gustazo.
El libro es un pantano: una maravilla de la naturaleza, lleno de vida, espeso de historias escondidas en la maleza, con una sorpresa a la vuelta de cada hoja; se avanza palmo a palmo, hundiéndose a cada paso en un lodo espeso de datos y nombres, con un machete en la mano y una enorme sonrisa de felicidad. 
Orchids have diverse and unflowerlike looks. One species looks just like a German shepherd dog with its tongue sticking out. One species looks like an onion. One looks like an octopus. One looks like a human nose. One looks like the kind of fancy shoes that a king might wear. One looks like Mickey Mouse. One looks like a monkey. One looks dead. One was described in the 1845 Botanical Registry as looking like "an old fashion head-dress peeping over one of those starched-high collars such as ladies wore in the days of Queen Elisabeth, or through a horse-collar decorated with gaudy ribbons". There are species that look like butterflies, bats, ladies' handbags, bees, swarms of bees, female wasps, clamshells, roots, camel hooves, squirrels, nuns dressed in their wimples and drunken old men. The genus Dracula is blackish-red and looks like a vampire bat. Polyrriza lindenii, the Fakahatchee's ghost orchid, looks like a ghost but has also been described as looking like a bandy-legged dancer, a white frog and a fairy. Many wild orchids in Florida have common names based on their looks: crooked-spur, brown, rigid, twisted, shiny-leaf, cow horn, lipped, snake, leafless beaked, rat tail, mule-ear, shadow witch, water spider, false water spider, lady tresses and false lady tresses. [...]

domingo, 28 de febrero de 2016

I wanna be your Maria Popova #2

En 2009, Evan Ratliff  desapareció sin dejar rastro, y ofreció una recompensa a quien lo encontrase. Vanish, por Evan Ratliff.
Hablando de este tema, tres años después apareció un mensaje con un acertijo en 4chan. Fue el principio de Cicada 3301, sea lo que sea.
Muchos años antes, por cierto, cuando internet todavía no era internet, Cliff Stoll descubrió a un ciberespía por un desfase de centavos de dólar en su factura de teléfono, y después concedió una entrevista gloriosa en C-SPAN. Booknotes: Clifford Stoll.
Y ya que estamos dando vueltas por el vecindario, mencionemos también un par de episodios de dos podcasts, for good measure: Darkode, en Radiolab, y Chasing the Dread Pirate Roberts, en Planet Money.
Pero volvamos atrás un momento. Merece la pena, si me dejáis irme por una tangente, mencionar la fenomenalmente obsoleta web de Stoll, a través de la cual vende botellas de Klein: Acme Klein Bottles.
En Numberphile podéis ver algunos vídeos en los que trisca y saltarica por su laboratorio promocionando sus botellas de Klein, pero también desmontando calculadoras Curta(1), o cortando cristal con una sierra improvisada con velcro y un imán. Sirva el siguiente como ejemplo, pero hay más: The man with 1000 Klein bottles under his house.
No sé si me creo a Stoll, pero me encanta. Su entusiasmo me recuerda, por cierto, al protagonista de uno de mis episodios favoritos de This American Life, Amusement Park.
Para compensar el alboroto, dejadme terminar con vídeos de artesanos que construyen cosas con las manos, modesta y pacientemente.
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(1) Me acabo de acordar, releyendo esta entrada, de este tweet mío, que surgió de un hilo precioso.
(2) Creo que este buen hombre merece que lo incluya en esta lista: Frank Howarth, carpenter.

lunes, 22 de febrero de 2016

I wanna be your Maria Popova #1

El año pasado empecé con mi amiga M. una newsletter de recomendaciones. Nació en cierta medida destinada al fracaso y ha ido languideciendo hasta ahora, pobrecita, entre la indiferencia de los lectores y mi propia pereza al escribirla. La he cerrado. Voy a ir colgando aquí los boletines que enviamos.

Cuando le tiro una pelota para que la recoja, mi perro me devuelve un limón maduro que se ha encontrado en el prado, una manzana, u otra pelota de la que se había desentendido días antes.
Los siguientes enlaces han sido escogidos y agrupados con la mentalidad de mi perro Pachín: la forma de unos recuerda levemente a la de los otros, o pesan lo mismo, o huelen parecido.
Os los presento nervioso y moviendo la cola y esperando que os resulten lo suficientemente interesantes como para que sigáis jugando conmigo dentro de dos semanas.

The boy who loved transit, por Jeff Tietz.

The Race for Space, por Public Service Broadcasting.

2 on 5, por Thomas Lake.
Shadow of a Nation, por Gary Smith.

martes, 9 de febrero de 2016

Qué habrá sido de mi disco de Edgar Oliver

Texto publicado originalmente en gallego aquí, el 16/01/2015.

A finales de octubre de 2014 encontré en Barcelona una habitación pequeña, interior y barata, en un piso de principios de siglo lleno de libros de segunda mano y goteras y discos de jazz y basura en las esquinas, a compartir con una cantante de tangos argentina y una mexicana muy simpática que trabajaba por las noches y bebía vino por las mañanas, con ventiladores estropeados y una lavadora vieja en el salón como mesita de la tele. El piso me encantó desde el momento en el que entré por la puerta. Parecía un sitio donde ser pobre y feliz, como un Vila-Matas en París.
Les dejé pagada una fianza y me fui a Galicia un par de semanas. El día que volví, antes de que pudiese dejar las cajas de la mudanza en la habitación, mis flamantes compañeras de piso me explicaron que en ese tiempo habían decidido volverse a sus respectivos países antes de final de año, y que me devolverían la fianza si quería irme y buscar piso en otra parte.
Y posiblemente debería haberlo hecho, pero en un arrebato bohemio y optimista me imaginé bebiendo vino blanco barato en copas rotas y comiendo tamales con un sol de noviembre en la cara, mientras la argentina ensayaba "Nostalgia" en el salón, y decidí quedarme a disfrutar de la vida.
Metí las cajas de la mudanza en mi cuarto y ni siquiera me preocupé de desempaquetarlas, porque me sentía decadente; encendí el ordenador, me conecté a la wifi del piso y celebré que ya había acabado la mudanza contribuyendo improvisadamente a la campaña de Indiegogo del disco nuevo de Edgar Oliver, como un Ephrussi en canotier.
Después cerré la puerta de la habitación y basicamente no salí en todo el mes, porque más allá de los arrebatos momentáneos soy tirando a gris, y no hay cantante de tangos que me haga cenar viendo el Intermedio.
Tampoco fue todo tan pedestre como suena, mind you: cierto es que no bebí absenta ni vino blanco en copas rotas, pero las chicas querían vender todos sus muebles antes de marcharse, así que estuve dos semanas sin mesa en el salón, y cinco o seis días sin microondas, comiendo pasta fría sobre la lavadora vieja como un escritor en Ménilmontant.
El doce de diciembre salí del piso sin haber  comido ni un solo tamal, con las mismas cajas de cartón que un mes antes y dos detalles más, que recuperé de la basura por salvar algo del espíritu bohemio con el que me había mudado: una botella del mejor alcohol del piso, y uno de los libros de segunda mano.
A falta de absenta la botella tuvo que ser de cava brut, que nunca me ha gustado; en cuanto al libro, una novelita de Ben Elton de cuando pretendía ser joven y provocador, tenía una pinta francamente atroz. Acabé bastante satisfecho.
____

Me acordé de repente del disco ayer a las tres de la mañana, después de dos meses sin prestarle atención a la página de Kickstarter ni al par o tres de correos que me habían ido mandando. 
Resultó que la campaña se había financiado exitosamente. Tenía derecho a que me mandasen un email con una copia digital del disco y una postal antigua de Coney Island firmada por Edgar, que posiblemente ya estuviese de camino. La dirección que les había dado, en los días de vino y rosas, era la del piso de la cantante de tangos.
Cuando lo leí en la web de la campaña me entró un pánico de madrugada; traté de buscar la fecha del envío y, al no encontrar nada, les escribí con creciente nerviosismo un correo confuso y con párrafos densos como la fraga de Eirís —donde todas las noches el lobo saluda a la gente—, espesos como solo puede producir, con la combinación justa de sueño y nerviosismo, alguien que incluso en su mejor momento acaba hablando de absenta y lavadoras estropeadas cuando se había sentado inocentemente a escribir exclusivamente sobre una postal antigua; de alguna manera perdí el hilo a medio camino —os sorprenderá saber—, y se me olvidó mencionarles que me había mudado y que la dirección que ellos tenían no era la correcta.
Cuando me levanté hoy —a una hora, por cierto, francamente bohemia—, me esperaba en el buzón un email de la organizadora de la campaña. "Estimado Noé", me decía. "Sentimos mucho el retraso en el envío de su postal. Hoy mismo acabamos de reenviarla, y me alegra informarle de que hemos incluido adicionalmente una copia física del CD como muestra de buena voluntad".
Así que le he dado un disco de Edgar Oliver y una postal antigua de Coney Island a los nuevos inquilinos del piso, como regalo de bienvenida. Ya pueden merecerlo. Ya pueden ser escultores, o nobles austríacos venidos a menos.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Como una moneda rodando cuesta abajo

Me desperté a las 8:30 —espantosamente tarde si pretendía llegar al trabajo a las nueve—, y la mañana ha seguido a partir de ahí como una carrilana rodando hacia el puerto en una carrera de las fiestas patronales de un pueblo pintoresco en agosto.
He decidido no desayunar y he valorado no ducharme, si he de ser sincero, pero al final por lavar la conciencia me he dado una ducha rápidísima de la que salí resbalando cuesta abajo y sin frenos por el pasillo a las 8:41.
A las 8:43 agarré unos pantalones con la mano que saqué por el cuello del polo mientras me colocaba un calcetín; al ponerlos caí en la cuenta de que tenían un agujero en el bolsillo, pero eran de repente las 8:48 y no tenía tiempo de cambiarlos.
Salí corriendo de la habitación a las 8:50, y volví a entrar diez segundos después porque me había dejado las llaves de casa, las del coche, la cartera, el reloj, el zapato izquierdo y las gafas.
Me lo metí todo apresuradamente en el bolsillo del pantalón, y también los cascos, que estaban enganchados al móvil y quedaron colgando por fuera. Iba a meter también el monedero, pero como eran demasiados bultos pensé que sería mejor vaciar directamente las monedas en el bolsillo, para que ocupasen menos.
El caso es que todas esas decisiones (poner el despertador, desayunar o no, ducharme...) son tan pequeñas que ni siquiera tengo el recuerdo de haberlas tomado; como esa lluvia fina que parece no estar cayéndote encima pero te acaba mojando igualmente.
Las cosas me fueron pasando por el sueño y la vagancia y la falta de tiempo, y yo mal que bien seguí corriendo hasta las 8:51, cuando un chaparrón de monedas de cinco y diez céntimos se coló por el agujero del bolsillo de mi pantalón y se me escurrió por la pierna, sin que hubiera ningún momento clave en el que todo se hubiese ido al traste, ninguna decisión consciente a la que echarle la culpa.
Acabé entrando en el trabajo pasadas las nueve y cuarto, atribulado y cojo como Ahab, pisando sobre dos euros y pico en moneda pequeña que llevaba metidos en el zapato y haciéndome preguntas muy serias sobre el sentido de mi vida.

domingo, 22 de noviembre de 2015

No creo que conocer la historia te ayude a no repetirla

Bear with me on this, cause it's gonna be a ramble. Sé que en la mayor parte de los casos es una trampa de la mente, un sesgo. Le habrás pasado por delante decenas de veces, por ejemplo, al nombre de O Barqueiro, pero hasta que he escrito esto nunca te había llamado la atención. Sin embargo ahora, solo por  el hecho de que acabo de comentártelo, la próxima vez que leas en algún sitio "O Barqueiro" pensarás "anda, qué casualidad, justo de este pueblo estuvo hablando Noé hace poco". El caso es que sé que existe este sesgo mental; pero también hay modas y tabúes y hay veces que un tema realmente viene volando hacia ti en bandadas; se habla más de él, por el motivo que sea. 
Por ejemplo, hace un par de meses oí un episodio de Futility Closet en el que hablaban de los americano-japoneses durante la segunda guerra mundial, que fueron internados en campos de concentración por su gobierno, acusados de que había espías japoneses entre ellos.
Unos días después, vi un capítulo viejo de "Caso abierto" en el que hablaban precisamente de los campos de refugiados japoneses. Y hasta ahí se puede explicar perfectamente volviendo a la trampa mental de la que hablaba antes: en cualquier otro momento no le habría dado mayor importancia al tema ese, y me llamaba la atencion simplemente porque lo tenía en la cabeza.
Pero poco después escuché una entrevista a George Takei, que nació en EEUU y pasó varios años de pequeño en un campo de concentración. Y luego escuché otro reportaje, en 99% Invisible, sobre las galletitas chinas de la fortuna. Resulta que, pese al nombre, son una tradición americana; y originalmente eran "galletitas japonesas", hasta que el gobierno confiscó a los japoneses todos sus negocios y los echó de sus casas; cuando volvieron, años después, las galletitas habían pasado a ser chinas en el imaginario colectivo estadounidense.
Por cierto, creo que ya he utilizado esta metáfora en otra parte, pero me gusta 99% Invisible por lo que tiene de ola: es un programa sobre diseño, que es a la vez un paraguas muy amplio pero no da la sensación de ser particularmente interesante. Sin embargo, son capaces de hacer un episodio sobre un tema tan poco atractivo a priori como las fortune cookies que arrastra escondida una historia tan potente como esta; como una ola pequeña, de esas que rompen en las playas de ría, que no levantan un palmo del suelo y no parecen merecer el apelativo de olas, pero han movido miles de metros cúbicos de agua para llegar hasta allí.
El caso es que no es sólo la entrevista de Takei y los otros podcasts. El nuevo libro de James Ellroy también trata sobre el tema, e incluso el nuevo de Isabel Allende, fwiw.
Así que, sea por el sesgo o porque está sucediendo de verdad, he ido acumulando la sensación de que EEUU había abierto la veda sobre los campos de concentración, de que han decidido como nación hablar de ese tema y de la barbaridad histórica que supuso, asumir su culpa y etc.
Pues bien, en medio de la polémica que se está montando aquí por los planes de Obama de acoger refugiados sirios, un alcalde ha dicho lo siguiente:
"I'm reminded that President Franklin D. Roosevelt felt compelled to sequester Japanese foreign nationals after the bombing of Pearl Harbor, and it appears that the threat of harm to America from Isis now is just as real and serious as that from our enemies then."