sábado, 16 de febrero de 2008

La semana pasada atropellaron a una niña en la esquina de mi calle con la Avenida de la Coruña. Una niña de tres años, que iba de la mano de su tía, andando por la acera... en fin, tampoco es cuestión de dar detalles.
Lo que me llama la atención es que estos últimos días han aparecido un montón de velas, ramos de flores, unos folios con mensajes escritos a mano con rotulador rojo, una foto (supongo que de la niña)... Hay un banco, en la esquina de mi calle. Nunca sirvió de mucho, la verdad: de cuando en cuando se sentaba allí un señor mayor, aprovechando la sombra, pero normalmente estaba vacío. Bueno, ahora está ocupado con flores y velas, hay una frase torpemente pegada al respaldo con cinta celo...
En fin, casi dan escalofríos al pasar por delante, se ha convertido en una especie de capilla cutre en medio de la calle que recuerda a todo el mundo que camina por allí, ya vaya a comprar el pan o al cine, que en ese sitio murió una persona.
Me pregunto quién habrá puesto todo eso, y qué lo habrá impulsado a hacerlo.
Desde luego, si hubiera sido su madre o algún familiar directo, no habría nada que objetar, cada uno sobrevive como puede, y hay que comprenderla y respetarla.
Lo grave del asunto, lo que me temo, es que no sea su familia quien ha instalado la capilla ardiente, si no alguien distinto, alguien ajeno a ellos. Y si es así, caramba, me parece de mal gusto: en primer lugar, porque es un sitio público, lo que da la sensación de que a quien lo puso le gustaría que la gente le reconociese su dolor.
Mi padre es hijo de labrador, y una de sus máximas es que no se debe llorar en público. Quizá suene rancio, pero pienso como él: a todos nos ha pasado algo, así que hay que ser honesto y mesurado, al menos todo lo posible.
Por supuesto que quien ha pegado el folio al respaldo del banco estará entristecido, no lo dudo, pero hay una mujer que cada vez que pase por delante tendrá un escalofrío recordando a su hija y a su hermana, y lo tendría aunque no hubiera nada, aunque fuera sólo una esquina cualquiera de una calle, con un banco vacío al lado bajo una farola. Y todas las cartas, las flores, las velas, o, más aún, la fotografía (sobre todo si están colocados sin que ella lo sepa) no le harán sino más daño.
También hay otras dos mujeres que se sienten culpables de la muerte de la niña. Mirad, la cuestión es que fue un accidente. Triste, trágico, pero un accidente. Según parece, lo que pasó fue que uno de los coches se saltó un semáforo (el cual, si no me equivoco, está además medio oculto tras un árbol), chocó contra otro que se le cruzaba y la inercia del golpe, éste invadió la acera... las dos conductoras dieron negativo en la prueba de alcoholemia, y no hay pruebas de que ninguna fuera a excesiva velocidad. Según creo, salieron ilesas del choque, aunque recordarán siempre el día del accidente. De nuevo, lo recordarían aunque no hubiese ninguna velita.
En cuanto a nosotros, en fin, para qué negarlo, acabaríamos olvidándolo. Es duro, pero es así. A base de comprar el pan en la tienda de enfrente, de buscar aparcamiento en esa calle, de ver pasar a los niños del colegio por delante, al final acabaríamos olvidándonos del accidente, y sinceramente no creo que pudiera ser de otra manera. El caso es que todo el mundo es consciente de que seguimos adelante sin preocuparnos de los que se nos mueren, que todo el mundo sabe que esto no debería ser así, y que nadie cree que pudiera ser de otra manera. Y lo cierto es que, ante este sentimiento trágico, la beatería, las buenas intenciones, las muestras de dolor tan públicas y notorias, no nos ayudan lo más mínimo, no nos sirven de nada. Incluso, a gente tan cínica y egoista como yo, nos molesta.
De todos modos, es un tema delicado. Quizás lo estoy sacando todo de contexto, quizás es la madre quien puso todo, y aunque sea, qué sé yo, una vieja jubilada que leyó la noticia en el Progreso, es imposible tener por completo la razón. Porque es imposible, por ejemplo, poner un límite, decidir a quién le ha afectado cuánto el hecho, y quién exagera. O establecer quién tiene derecho a que le concedamos la venia de expresar publicamente su dolor, y quién no. Es posible que todos tengamos derecho a llorar y a rasgarnos las vestiduras y a perder la compostura cuando algo no nos guste, y es posible, también, que yo sea un mostruo porque me molesten las velitas.
En fin. Me cambiaré de panadería...

1 comentario:

Bartleby dijo...

A decir verdad, cuando escribí esta entrada estaba todavía bastante influenciado por la polémica de la crítica a "Salvador". Ahora, años después, tengo la sensación de que fui demasiado cuidadoso, y por ejemplo, no acabo de estar completamente de acuerdo con esa idea de que si quien ponía las flores y los peluches era la madre no habría nada que objetar, que tenía derecho a ponerlas...
Todavía no lo tengo muy claro, pero ya no hay restos del accidente: ni flores, ni folio, ni peluches; se ha quedado el banco vacío, seco...