sábado, 16 de febrero de 2008

"La vida de los otros"

Estaba siendo perfecta. Estaba siendo una máquina de relojería precisa, una obra de ingeniería cinematográfica. Una película sutil y riquísima en pequeños detalles cuyo cuerpo mayor os voy a explicar, más que nada por las ganas que tengo de hablar de ella:
Se nos presenta a un frío y eficiente agente de la Stasi. En la primera escena de la película, enseña a unos jóvenes aspirantes a espías cómo interrogar a un sospechoso: defiende la privación de sueño como un método útil, da consejos extraños ("si grita es inocente, pero si llora es culpable") y, en fin, se comporta como un fanático perro de presa.
Este hombre tiene una cierta cota de poder y prestigio, provocada por su rango de capitán y por ser amigo de su superior (otro personaje muy bien planteado, un trepa cualquiera sin más talento que el de saber aparentar y aprovecharse de sus amigos, descrito de una manera quizás un tanto burda al principio, pero eficaz, en todo caso). Es perfectamente consciente de ello, y se siente cómodo: es alguien que sabe lo que se hace, y cómo se hace. Todo un hombre de aparato, en fin.
Sin embargo, fuera del trabajo, su vida es vacía e insípida. Vive en un socialista apartamento impersonal, no conoce más mujeres que las prostitutas que contrata de vez en cuando, cena arroz blanco con salsa de tomate mientras ve en la televisión lo bien que va la economía de la república, y se viste siempre, por cierto, con la misma cazadora gris, extrañamente informal. También es consciente de su forma de vida, y la amargura o la desazón que ello le provoca es lo que hace que, al comienzo de la historia, se decida a espiar a un dramaturgo de éxito que sale con la actriz más famosa del país, un bohemio, un triunfador, todo lo opuesto a él, en definitiva.
Pese a que la película camufla esta decisión como un ejemplo de su instinto policial lo cierto es que sólo está provocada por las pasiones: por la envidia del policía (quizás incluso por su deseo de ver desnuda a la actriz), y por la avaricia de sus superiores.
Y este acto pasional se ve continuado por otro, un momento clave de la película, en el que el espía, dueño y señor de monitores y micrófonos, se siente tan seguro, tan omnisciente, que decide bajar a la arena y cambiar la vida de los otros. A la larga sus actos hacen que el dramaturgo, que vivía abotargado por su éxito personal, gane conciencia y madure, convirtiéndose así en el enemigo que el Estado quería ver en él. Sin embargo, tambén hacen que el vigilante comience a empatizar con su vigilado (este proceso está narrado de una manera bastante sutil, desde mi punto de vista).
En fin, a partir de ahí nada es frío, ni calculado, todo es humano y pasional sin ambages, y todo se va acelerando y complicando hasta llegar a un clímax en el que mágicamente, con un golpe de guión genial, aunque un tanto artificioso, todo se cierra.
Si la película hubiese acabado en el plano del periódico con un Gorbachov sonriente al llegar al poder, o incluso en el que, al caer el muro de Berlín, el eficaz espía sale de su trabajo ya inexistente rumbo a un futuro imposible, entonces habría sido redonda. Perfecta, ingeniería cinematográfica alemana.
Pero se alarga innecesariamente: se nota que el deseo del director es que veamos colocados a sus personajes para así poder irnos tranquilos. Juega con el encuentro aplazado de los dos protagonistas, pero tampoco parece saber cómo resolverlo. El final que elige es para mí falso, y me deja buen sabor de boca.
Pero bueno, eso es sólo el último cuarto de hora. E incluso los coche alemanes acaban por estropearse, al final.

1 comentario:

Bartleby dijo...

En otra página en la que tengo colgado esto, hay un comentario de mi amigo Diego, que pregunta: "¿Pero que coño significa ambages? ¿Lo habrás escrito bien?"
Lo más extraño es que hubiese llegado tan lejos. Y de todas formas, menudo ladrillo de crítica, le hubiera sido mejor ver la película y santas pascuas